La
crisis del Seguro Social
El problema de la seguridad social, sumado al déficit acumulado del desempleo, son los retos gigantescos que enfrentará el nuevo gobierno Carlos Iván Zúñiga Guardia
El país se encuentra enterado de la crisis que azota a la Caja de Seguro Social. Se ha anunciado en todos los tonos que de no surgir políticas rectificadoras, mediante ley, la primera entidad social sucumbiría y entrarían en quiebra algunos servicios.
La crisis institucional de los seguros sociales producida por el abuso y la imprevisión (corrupciones, errores administrativos, deficiencias actuariales), ya ha aparecido en otras sociedades y las convulsiones populares provocadas han sido terribles. Es aconsejable estudiar todo lo ocurrido en la Argentina y en México con motivo del colapso de las prestaciones sociales. No hay crimen mayor del Estado que dejar en el desamparo a la población asegurada. Como se sabe, el mayor porcentaje de beneficiarios de la Caja pertenece a la clase popular, la que no tiene otra alternativa para hacerle frente a sus males que acogerse a la sanidad pública.
La naturaleza de la crisis ha trascendido a entidades internacionales, como la ONU, que tienen un concepto muy claro de la tragedia que se cierne sobre la desventurada población asegurada. Previsoramente, como corresponde, han convocado a las tres fuerzas pilares de la organización social para buscar soluciones consensuadas. Si bien no se han acordado recetas finales para todo, ha quedado entre los dialogantes la fría percepción de que el máximo estamento de seguridad se encuentra en los umbrales de la agonía. Si las partes no obtienen los acuerdos sobre las soluciones que deben adoptarse, hay una responsabilidad superior, la del Estado, y en virtud de ella debe dar curso a aquella alternativa que a su juicio es la más idónea para conjurar la tormenta que todos los panameños presienten, pero no se impide institucionalmente su curso de final apocalíptico.
Si el paciente para su recuperación exige alta cirugía, si se trata de amputar órganos o servicios o si se trata de insertar trasplantes de urgencia, el protagonismo estatal no debe refugiarse en la censurable política del avestruz.
Las soluciones oficiales deben estar dirigidas a salvar el Seguro Social como un ente público sin vocación de lucro. Todos los servicios que ofrece el Seguro Social deben salvarse, vigorizarse, previo replanteamiento de la magnitud de los deberes de empleadores y asegurados, sin dejar de racionalizar el renglón de los derechos, tan descomedida y demagógicamente abultados, pero todo al compás de una política ejemplar de los gobernantes, de modo que el pueblo adquiera conciencia de que quien ejerce el mando tiene autoridad moral para exigir sacrificios. El Seguro Social no puede ser, nunca más, como ocurría durante la dictadura, ni la caja menuda de la fuerza pública ni la caja fuerte de los gobiernos intoxicados de burocracia. Ni debe alimentar con sus depósitos bancarios las inversiones de los grandes capitalistas, sin mayores réditos por el uso de sus bienes.
No solo el renglón de Invalidez, Vejez y Muerte debe reforzarse con talento actuarial, sacrificio y firmeza. Igual política debe seguirse con relación al sistema hospitalario. El hospital del Seguro Social es una institución generosa y profundamente humanitaria por todos los servicios que dispensa. Es el hospital del pueblo y los mayores aportes deben estar destinados al mejoramiento de sus prestaciones. En estos días he estado muy motivado para tomar distancia de los dardos tan habitualmente disparados por otros contra el hospital del Seguro para, en cambio, exaltar la destreza científica de sus galenos y personal auxiliar. El 10 de agosto en curso, uno de mis empleados se lesionó accidentalmente la arteria femoral. El hecho ocurrió en Boquete. El terrible episodio tuvo su primera estación en la agencia del Seguro Social de la localidad. Allí el Dr. Guillermo Meneses y sus enfermeras, con eficiencia y rapidez propias para enfrentar el daño tan delicado, hicieron lo conducente y con la velocidad del rayo la ambulancia, con el Dr. Meneses en la cabecera del paciente, estimulando su corazón, cubrió la distancia que separa Boquete de David. En la sala de cirugía del hospital del Seguro, ubicado en David, el Dr. Anel Sandoval hizo lo que tenía que hacer con capacidad y destreza para detener la hemorragia que llevaba más de media hora de fluidez, y posteriormente el Dr. Juan José Sánchez, con la mano de Dios en su bisturí, y con la sabiduría de un Moisés Ríos, de un Sibauste o de un José Hernández, colocó la prótesis salvadora en la lesión que es casi siempre mortal.
Traigo lo que antecede a colación simplemente para destacar lo que significa para la vida y protección de la población pobre del país la existencia de un hospital a su servicio, para lo sencillo o extremadamente grave, gracias al sistema de la cotización obligatoria.
Los panameños que por razón de la edad pueden hacer análisis retrospectivos de la seguridad social, tendrán que aceptar y postular que la Caja de Seguro Social representa la iniciativa más trascendente del siglo XX en materia de protección, salud y seguridad del pueblo. Hoy sigue cumpliendo esa misión. Abandonarla a su suerte o someterla a los rigores de una destrucción premeditada constituiría un caso de negligencia inexcusable.
Este problema de la seguridad social sumado al déficit acumulado del desempleo, son los retos gigantescos que enfrentará el nuevo gobierno y para resolverlos cuenta con la ventaja de que los panameños se encuentran resignadamente conscientes de las soluciones que implican alta y profunda cirugía reparadora. Toda omisión se traduciría en alternativas privatizadoras, las que podrían culminar con atesoramientos para unos a costa de la economía y salud del pueblo. Se consumaría el más grande retroceso social del siglo XXI.
El autor es abogado y ex rector de la Universidad de Panamá
Además en opinión
• Movimiento de Acción Panameñista: Jorge Gamboa Arosemena • Mano Dura o alto al vandalismo y al caos: Ligia M. Justavino • La crisis del Seguro Social: Carlos Iván Zúñiga Guardia • Linda Watt, una panameña más: Rafael Cozzarelli
|