Panamá, 17 de agosto de 2004
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PSICOLOGO EN CASA
La ansiedad de la embarazada

Los pequeños, aún estando en el útero, son capaces de recibir mensajes relacionados con el estado emocional de la madre

Alicia Rego
Especial para La Prensa

revista@prensa.com

Si hay alguien que sabe de diferencias individuales es mi amiga Arlene. Ella tiene cuatro hijos y cada uno es más distinto que el otro.

El palmarés en cuanto a peculiaridades se lo lleva Greta, la mayor. Ella es puro nervio.

A diferencia de los otros que son más sosegados, siempre está ansiosa y preocupada por cosas que para otros niños pasarían inadvertidas.

Arlene —a la que gusta mucho leer sobre psicología— dice que todo esto se debe a la situación que la niña vivió cuando estaba en la barriga.

Al parecer ese embarazo lo llevó muy mal debido a los momentos tan tensos que vivía por aquel entonces en el trabajo. Los problemas con el jefe la traían por la calle de la amargura y pasaba muy malos ratos.

La angustia en que derivó esto —según cuenta— no solo le afectó a ella, sino que le fue transmitida a la pequeña de tal forma que aún después de siete años todavía arrastra un estrés que no la deja vivir en paz.

Y yo no me atrevo a contradecirla.

De hecho, cada vez estoy más convencida de que los pequeños, aún estando en el útero, son capaces de recibir —a manera de energía e impulsos— muchos mensajes relacionados con el estado emocional de la madre. Algo que explicaría un montón de características que manifestará a lo largo de su existencia.

Pero esto no es algo que ni Arlene ni yo hayamos inventado. Hay mucha bibliografía al respecto.

Sin ir más lejos me remito a un estudio reciente publicado en una de esas revistas científicas que traen lo último en cuanto a avances en el campo de la salud mental.

El mismo concluye que la ansiedad experimentada durante el estado de buena esperanza puede tener serias consecuencias sobre el recién nacido, sobre todo si se produce durante los tres o cuatro primeros meses de gestación (las 12 y 22 semanas después de la última regla).

La investigación que se hizo para probar esto supone la segunda parte de otra realizada en la década del 90. Esta abarcó un total de 86 embarazadas a las que se analizó durante los tres y ocho primeros meses de barriga y tras haber dado a luz durante la primera, décima y vigésimo octava semana.

El nuevo trabajo estudió a 71 de las anteriores participantes y a los hijos de éstas (38 niños y 34 niñas de entre ocho y nueve años) para conocer la presencia de trastornos mentales que pudiesen haber sido causados por un cuadro ansioso.

Los autores argumentan que ciertos agentes que se dan en este período pueden actuar sobre el comportamiento o capacidad cognitiva de la descendencia.

En el caso de esta patología psicológica se hablaría de una alta probabilidad de que el menor desarrolle un trastorno como el síndrome de hiperactividad o ansiedad desmedida. Algo que aboga por la necesidad de que las embarazadas con altos niveles de angustia reciban apoyo, ya sea profesional o familiar.

Tiempo de temores

Hay que tener en cuenta que, ya por sí misma, esta época acarrea para la mayoría de mujeres una serie de temores que según el estado emocional previo y los rasgos de personalidad las afectarán en mayor o menor medida.

Uno de ellos es que el embarazo llegue a buen puerto. Esto implica no tener un aborto o alguna complicación. Algo que se puede transformar en pánico si ha tenido alguna experiencia negativa previa.

Otro es que el bebé sea normal, que no desarrolle alguna anomalía durante la gestación o sufra a la hora del parto.

También hay otros miedos que se relacionan con la autoestima de la misma mujer, por ejemplo los que afectan sus sentimientos de valía en cuanto al ejercicio de roles. Aquí entraría el poder amamantar adecuadamente a su hijo o desempeñarse como una buena madre.

Algunas además temen ser incapaces de compaginar el trabajo dentro de casa con el que llevaban a cabo fuera.

Eso por una parte. Por otra están los que tienen que ver con su imagen física. El quedar con unas libras de más atormenta a no pocas, en especial las que temen no gustar al hombre con el que comparten su vida después de que el cuerpo haya experimentado tantos cambios.

En definitiva, el embarazo para ciertas féminas no supone un camino de rosas. Y menos si no encuentran el apoyo y la comprensión de las personas que están a su alrededor.

Lo peor es que con el tiempo más de una quizás vea en su prole el reflejo de su propio estado de angustia.

No en balde dicen que de padres cojos, hijos rencos.

En este caso se diría que —para ser más específicos— "de embarazadas ansiosas, niños nerviosos".


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