Apremios
sospechosos
Se irán por la puerta de la cocina con sus finanzas personales robustecidas repentinamente en cinco años, pero con la conciencia enturbiada Carlos M. Arango Jr.
Toda administración pública debe terminar su periodo en orden, sin apremios de última hora y con sus funcionarios dedicados celosamente a cumplir hasta el último momento el compromiso como servidores de la comunidad. Pero eso, que es una manera decente y honesta de una administración transparente y entregada a cumplir hasta el fin lo que en un momento fueron sus promesas de campaña, no es el caso de la administración Moscoso.
Leo con preocupación en los medios de comunicación nacionales, cómo se están apresurando en algunas instituciones públicas los contratos directos –inclusive nombramientos de última hora– para cerrar algunos convenios antes de que termine la presente gestión.
Si este fuera un gobierno que se hubiera distinguido por su seriedad y celo administrativo en terminar las obras emprendidas, podría concluir que se trata de procesos normales. Pero el desempeño a lo largo de cinco años de administración en los cuales han salido a la luz pública grandes escándalos, en los que se presume que ha habido corrupción, deja mucho que pensar, y más aún sospechar, que algo anda mal con esos apremios.
La suspicacia ciudadana está fundamentada en que son los allegados a palacio los que ahora, a trastienda, aceleran arreglos de procedimientos administrativos regulares, que obviamente no parecen favorecer los intereses nacionales. La fobia a la transparencia de los funcionarios del actual gobierno parece ser el escudo protector de aquellos que se aferran a una desmedida codicia. Hace mucho tiempo que los panameños abandonamos la patria boba y nos estamos dando perfecta cuenta de qué es lo que está pasando con estas movidas relámpago.
Ciertamente que en este periodo han demostrado no tener vergüenza alguna. Pero una cosa es no tener vergüenza en el ejercicio del poder público, donde siempre encuentran la aprobación de los aduladores y oportunistas allegados, y otra muy diferente es quedar como sinvergüenzas fuera de la papa gubernamental, cuando reciban el merecido rechazo de la sociedad decente. La ciudadanía debe promover esta justificada sanción moral como una reprimenda pública, en ausencia de sanciones penales debido a la complaciente impunidad que reina en el país, y como un escarmiento para el gobierno entrante en el que habrá algunos a quienes no les cae bien aquello de cero tolerancia a la corrupción.
Como si todo esto fuera poco, y para mayor insulto a la ciudadanía, el folclore presidencial se concentra ahora en una febril actividad por inaugurar obras no terminadas, aparentar ser los guardianes morales de la sociedad atiborrando las cárceles de gente que merece mejor suerte, y con esto pretenden salir por la puerta ancha de la historia. Nada más alejado de la percepción nacional. Se marcharán por la puerta de la cocina con sus finanzas personales robustecidas repentinamente en cinco años, pero con la conciencia enturbiada y los apremios que les hacemos los panameños, que tenemos sobradas razones para encontrarlos sospechosos.
El autor es ejecutivo retirado
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