Panamá, 16 de agosto de 2004
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Cuando los Sánchez fueron robados

Dalvis Xiomara Sánchez, funcionaria de la Presidencia de la República, sufrió un robo en el 2002. El origen de ese dinero está en duda. Esta es la historia de los ‘durodólares’

Rolando Rodríguez B.
rrodriguez@prensa.com

Bernardino Freire/La Prensa

En esta casa, la 13-G de la calle 73, de Altos del Chase, se cometió el hurto de más de 30 mil dólares de Dalvis Xiomara Sánchez. Esta casa fue remodelada por completo.

Normalmente, alguien que gana más de lo que gasta se preocuparía de sacar provecho al dinero que no usa. Seguramente lo depositaría en uno o varios bancos con intereses convenientes. La única condición que piden los bancos es, básicamente, justificar su procedencia.

Hay otros, en cambio, que pretenden esconderlo, precisamente porque justificarlo sería un problema. Y están los que no quieren correr riesgos: no confían siquiera en el secreto bancario. Recurren a métodos de sofisticación tan refinada como enterrar el dinero, ocultarlo bajo el colchón o en el fondo del cesto de la ropa sucia.

Hace poco más de un año, dos empleados domésticos fueron condenados a 14 meses de prisión por el hurto de varias decenas de miles de dólares sustraídos de la casa de su patrona. Los robaron de una bolsa que la “señora” de la casa guardaba debajo del lavabo de su recámara.

Sitio innovador en la lista de escondites, pero burdo para guardar dinero, en especial si son más de 30 mil dólares.

Aunque el dinero fue hurtado del lavabo, no era el único sitio en esa casa donde se almacenaba. La “señora” también solía congelar grandes cantidades de dinero en las neveras de su residencia. Lugar más creativo aún, pero igual de ineficaz, pues el servicio doméstico lo “pellizcaba” a espaldas de la dueña, –que nunca se dio cuenta–, a peser de que el pellizco fue de varios miles de dólares.

Las generalidades de esta historia son conocidas, así como la que resultó su “víctima”: Dalvis Xiomara Sánchez, directora administrativa de la Presidencia de la República. Los detalles –la propia realidad– superan con creces la ficción.

El dinero del lavabo

El hurto se perpetró el viernes 16 de agosto de 2002, en la tarde. Nicolás Valdés –que trabajaba desde hacía dos años y medio en el mantenimiento de la casa de Dalvis Xiomara Sánchez, en Altos del Chase, Bethania– fue seducido por la tentación. “En la casa existía cualquier cantidad de dinero, en todas partes. Usted abría la nevera y encontraba”, relató.

Tuvo como cómplice a Gloria Hernández, que trabajaba junto con él como doméstica desde hacía unos seis meses en esa casa.

Valdés trató de justificar el robo con el argumento de que Dalvis Xiomara Sánchez –su patrona– no les pagó su décimo tercer mes. “Nunca se nos dio, y nosotros, como gente humilde, teníamos el propósito de salir de varios problemitas económicos”, afirmó en un interrogatorio.

Así, supuestamente armado con más necesidades que de ganas, Valdés tomó un fajo de dinero del mueble del lavabo de la recámara de Sánchez. Sin saber cuánto contenía –que resultaron ser unos 22 mil dólares– dejó los billetes en casa de una amiga de nombre Eustaquia Pérez.

La bolsa de la que tomó el dinero en casa de Sánchez aún contenía billetes. Eso preocupó a Valdés, pues la patrona seguramente sospecharía que el ladrón era de “casa” al ver que no se habían llevado toda la plata.

Urdió un plan para despistar. Habló con Hernández para que le diera las llaves de la casa para volver en la noche, tomar lo que restaba del dinero y simular un robo.

Y, efectivamente, Valdés retornó esa noche o más bien, en la madrugada, con un cómplice: el “señor Cara de Hierro”. Valdés, en su declaración, dijo no acordarse de su nombre. Era un “conocido” al que se topó en una cantina, cerca de su casa, en la 24 de Diciembre, donde había ido a tomarse el “arranque”, tras varias horas de farra. El “señor Cara de Hierro” –Rufino Villa Sanjur– accedió a ir con él a la casa donde trabajaba.

“A todo eso, iba bien nervioso y bien borracho, la conciencia misma me acusaba”, recordó Valdés. Llegaron en un taxi, a cuyo conductor le pidieron que los recogiera minutos después. Con las llaves, abrieron la casa y, en presencia de Hernández, sacaron el dinero restante y simularon el robo.

El taxista –Robinson Alonzo Gutiérrez– recibió por esa carrera “un paquetito” con 3 mil 500 dólares. A su amigo, “el señor Cara de Hierro”, le tocaron 2 mil 700 dólares.

‘Ella traía bolsas de dinero’

Valdés retornó temprano la mañana del sábado –seguramente ebrio todavía– a la residencia de Sánchez. Tenía que ir a trabajar, pero aún llevaba consigo parte del botín: 3 mil 680 dólares.

No fue al banco a abrir una cuenta de ahorros: lo ocultó –tal como es la costumbre en esa casa– en un macetero en el jardín de su patrona. Luego pidió a Hernández que despertara a la hija de Sánchez, Lizt Karina Jaimes, para informarle del robo.

Lizt Karina era fiel a la tradición familiar de servir a la patria: por entonces, de 23 años de edad, era jefa de protocolo del Ministerio de Economía y Finanzas.

Con menos de cuatro horas de sueño, la también funcionaria –que había llegado a casa a las 3:53 de la madrugada por culpa de un concierto de Sergio Vargas– recibió las malas noticias.

“No toquen nada”, le advirtió a Valdés y a Hernández. Llamó a su madre, que se había ido al interior desde el jueves. Minutos después, la casa de Sánchez parecía un cuartel. Acudieron al llamado de auxilio el jefe del Servicio de Protección Institucional (SPI), Alejandro Garuz; el jefe de la zona policial de Bethania, capitán Miguel García; detectives de la Policía Técnica Judicial (PTJ), agentes y oficiales de la Policía y el director de la Dirección de Información e Investigación Policial (DIIP), capitán Alonso Vega Pino.

La confesión

Con tantos uniformados husmeando allí, Valdés sucumbió. Aterrado, decidió confesar, pues el robo parecía que lo enviaría de por vida a la cárcel. “Yo solicité –declaró Valdés– hablar con un agente presente, porque en realidad ya me sentía demasiado nervioso y frustrado y la conciencia no daba más”.

Valdés condujo a la policía a todos los que habían recibido dinero: a su amiga, al taxista y al “señor Cara de Hierro”. Todos devolvieron el dinero: algo así como 32 mil dólares, incluido el dinero del macetero.

“¿Cómo es que había tanto dinero en esa casa?”, le preguntó el fiscal que interrogaba a Valdés: “... Ella [Dalvis Xiomara Sánchez] traía bolsas de dinero y las metía en la nevera o congelador, pero [lo hacía] con malicia”, reveló.

Tradiciones familiares

Lizt Karina, la hija de Sánchez, fue a presentar la denuncia ese sábado 17 de agosto a la PTJ. Declaró que el robo había sido de 50 mil dólares en efectivo, de los cuales 3 mil eran suyos, producto “de mi salario y de los ahorros de mi madre”.

Para probar la “propiedad y preexistencia” de lo robado, Lizt Karina presentó un talonario de su quincena –de 900 dólares– con una deducción de 235 dólares del banco de la familia del gobierno: la Caja de Ahorros.

Su declaración fue apoyada por otro miembro de la familia: Carlos Ramírez, el esposo de Sánchez, quien técnicamente no trabajaba para el Gobierno, sino para la Fundación Mar del Sur –en calidad de coordinador de proyectos–. Esta fundación recibe fondos públicos de Taiwan para financiar proyectos del Estado panameño, lo cual lo convierte a él en virtual servidor público. Y no podía ser de otro modo: hay tradiciones familiares simplemente inflexibles.

Ramírez no es persona que tenga simpatía por la transparencia. Cosas de familia también. Reiteradamente –y con el apoyo de la mayoría de los magistrados de la Corte Suprema– se ha negado a informar sobre los fondos que recibe la fundación con el argumento de que se trata de una institución privada y no está sujeta a las regulaciones de la Ley de Transparencia.

La Corte Suprema lo ha apoyado en dos ocasiones, al negar igual número de hábeas data sobre contratos, terrenos, salarios, etc.

Ramírez parece más dispuesto a hablar de las joyas de su esposa que de los fondos que recibe su fundación. “Señor inspector –le dijo al agente de la PTJ que le tomó declaración– el motivo de mi presencia en este despacho tiene como finalidad certificar mediante mi testimonio sobre la existencia del bien hurtado, lo cual consistía en collares, aretes, pulseras, las cuales eran de oro, las cuales tienen como procedencia algunos regalos que yo le hice, que ella (mi esposa Dalvis Xiomara [sic] Sánchez Vergara) ha comprado y otras que le han regalado...”.

Ramírez olvidó aclarar un pequeño detalle, y por el que tampoco nadie le preguntó: ¿Por qué había tanto dinero en efectivo en su casa?

1996

De los casi 500 billetes recuperados –fotocopiados o reportados en el expediente– el 90% correspondía a la serie del año 1996.

Hay unos 50 billetes que no son del año 1996, aunque 36 de esos corresponden también a un solo año: 1999.

Casi todos los billetes fotocopiados o listados son de denominación de 20 dólares, y el resto son de cien, en su gran mayoría.

Las copias de los billetes recuperados no representan ni la mitad del dinero robado, pues cerca de 22 mil dólares no fueron fotocopiados ni su número de serie reportado en el expediente.

¿Qué posibilidad hay de que los billetes de los ahorros de dos años sean casi todos de la serie de un mismo año? “Muy, muy pocas”, afirmó un banquero.

Con fondo de color amarillo de la gráfica superior muestra un grupo de billetes del robo con numeración consecutiva. Y, en color rojo, dos letras –AA– indican el año de la serie (la primera A), el banco al que pertenece (siguiente letra A).

Continúa mañana...


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