Cuando los Sánchez fueron
robados
Dalvis Xiomara Sánchez, funcionaria de
la Presidencia de la República, sufrió un robo en
el 2002. El origen de ese dinero está en duda. Esta es la
historia de los ‘durodólares’
Rolando Rodríguez B.
rrodriguez@prensa.com
| Bernardino Freire/La
Prensa |
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En esta casa, la 13-G de la calle
73, de Altos del Chase, se cometió el hurto de más
de 30 mil dólares de Dalvis Xiomara Sánchez.
Esta casa fue remodelada por completo.
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Normalmente, alguien que gana más de lo
que gasta se preocuparía de sacar provecho al dinero que no
usa. Seguramente lo depositaría en uno o varios bancos con
intereses convenientes. La única condición que piden
los bancos es, básicamente, justificar su procedencia.
Hay otros, en cambio, que pretenden esconderlo,
precisamente porque justificarlo sería un problema. Y están
los que no quieren correr riesgos: no confían siquiera en
el secreto bancario. Recurren a métodos de sofisticación
tan refinada como enterrar el dinero, ocultarlo bajo el colchón
o en el fondo del cesto de la ropa sucia.
Hace poco más de un año, dos empleados
domésticos fueron condenados a 14 meses de prisión
por el hurto de varias decenas de miles de dólares sustraídos
de la casa de su patrona. Los robaron de una bolsa que la “señora” de
la casa guardaba debajo del lavabo de su recámara.
Sitio innovador en la lista de escondites, pero
burdo para guardar dinero, en especial si son más de 30
mil dólares.
Aunque el dinero fue hurtado del lavabo, no era
el único sitio en esa casa donde se almacenaba. La “señora” también
solía congelar grandes cantidades de dinero en las neveras
de su residencia. Lugar más creativo aún, pero igual
de ineficaz, pues el servicio doméstico lo “pellizcaba” a
espaldas de la dueña, –que nunca se dio cuenta–,
a peser de que el pellizco fue de varios miles de dólares.
Las generalidades de esta historia son conocidas,
así como la que resultó su “víctima”:
Dalvis Xiomara Sánchez, directora administrativa de la Presidencia
de la República. Los detalles –la propia realidad– superan
con creces la ficción.
El dinero del lavabo
El hurto se perpetró el viernes 16 de agosto
de 2002, en la tarde. Nicolás Valdés –que
trabajaba desde hacía dos años y medio en el mantenimiento
de la casa de Dalvis Xiomara Sánchez, en Altos del Chase,
Bethania– fue seducido por la tentación. “En
la casa existía cualquier cantidad de dinero, en todas partes.
Usted abría la nevera y encontraba”, relató.
Tuvo como cómplice a Gloria Hernández,
que trabajaba junto con él como doméstica desde hacía
unos seis meses en esa casa.
Valdés trató de justificar el robo
con el argumento de que Dalvis Xiomara Sánchez –su
patrona– no les pagó su décimo tercer mes. “Nunca
se nos dio, y nosotros, como gente humilde, teníamos el
propósito de salir de varios problemitas económicos”,
afirmó en un interrogatorio.
Así, supuestamente armado con más
necesidades que de ganas, Valdés tomó un fajo de
dinero del mueble del lavabo de la recámara de Sánchez.
Sin saber cuánto contenía –que resultaron
ser unos 22 mil dólares– dejó los billetes
en casa de una amiga de nombre Eustaquia Pérez.
La bolsa de la que tomó el dinero en casa
de Sánchez aún contenía billetes. Eso preocupó a
Valdés, pues la patrona seguramente sospecharía que
el ladrón era de “casa” al ver que no se habían
llevado toda la plata.
Urdió un plan para despistar. Habló con
Hernández para que le diera las llaves de la casa para volver
en la noche, tomar lo que restaba del dinero y simular un robo.
Y, efectivamente, Valdés retornó esa
noche o más bien, en la madrugada, con un cómplice:
el “señor Cara de Hierro”. Valdés,
en su declaración, dijo no acordarse de su nombre. Era un “conocido” al
que se topó en una cantina, cerca de su casa, en la 24 de
Diciembre, donde había ido a tomarse el “arranque”,
tras varias horas de farra. El “señor Cara de Hierro” –Rufino
Villa Sanjur– accedió a ir con él a la casa
donde trabajaba.
“A todo eso, iba bien nervioso y bien borracho,
la conciencia misma me acusaba”, recordó Valdés.
Llegaron en un taxi, a cuyo conductor le pidieron que los recogiera
minutos después. Con las llaves, abrieron la casa y, en
presencia de Hernández, sacaron el dinero restante y simularon
el robo.
El taxista –Robinson Alonzo Gutiérrez– recibió por
esa carrera “un paquetito” con 3 mil 500 dólares.
A su amigo, “el señor Cara de Hierro”, le
tocaron 2 mil 700 dólares.
‘Ella traía bolsas de dinero’
Valdés retornó temprano la mañana
del sábado –seguramente ebrio todavía– a
la residencia de Sánchez. Tenía que ir a trabajar,
pero aún llevaba consigo parte del botín: 3 mil 680
dólares.
No fue al banco a abrir una cuenta de ahorros: lo
ocultó –tal como es la costumbre en esa casa– en
un macetero en el jardín de su patrona. Luego pidió a
Hernández que despertara a la hija de Sánchez, Lizt
Karina Jaimes, para informarle del robo.
Lizt Karina era fiel a la tradición familiar
de servir a la patria: por entonces, de 23 años de edad,
era jefa de protocolo del Ministerio de Economía y Finanzas.
Con menos de cuatro horas de sueño, la también
funcionaria –que había llegado a casa a las 3:53
de la madrugada por culpa de un concierto de Sergio Vargas– recibió las
malas noticias.
“No toquen nada”, le advirtió a
Valdés y a Hernández. Llamó a su madre, que
se había ido al interior desde el jueves. Minutos después,
la casa de Sánchez parecía un cuartel. Acudieron
al llamado de auxilio el jefe del Servicio de Protección
Institucional (SPI), Alejandro Garuz; el jefe de la zona policial
de Bethania, capitán Miguel García; detectives de
la Policía Técnica Judicial (PTJ), agentes y oficiales
de la Policía y el director de la Dirección de Información
e Investigación Policial (DIIP), capitán Alonso Vega
Pino.
La confesión
Con tantos uniformados husmeando allí, Valdés
sucumbió. Aterrado, decidió confesar, pues el robo
parecía que lo enviaría de por vida a la cárcel. “Yo
solicité –declaró Valdés– hablar
con un agente presente, porque en realidad ya me sentía
demasiado nervioso y frustrado y la conciencia no daba más”.
Valdés condujo a la policía a todos
los que habían recibido dinero: a su amiga, al taxista y
al “señor Cara de Hierro”. Todos devolvieron
el dinero: algo así como 32 mil dólares, incluido
el dinero del macetero.
“¿Cómo es que había
tanto dinero en esa casa?”, le preguntó el fiscal
que interrogaba a Valdés: “... Ella [Dalvis Xiomara
Sánchez] traía bolsas de dinero y las metía
en la nevera o congelador, pero [lo hacía] con malicia”,
reveló.
Tradiciones familiares
Lizt Karina, la hija de Sánchez, fue a presentar
la denuncia ese sábado 17 de agosto a la PTJ. Declaró que
el robo había sido de 50 mil dólares en efectivo,
de los cuales 3 mil eran suyos, producto “de mi salario
y de los ahorros de mi madre”.
Para probar la “propiedad y preexistencia” de
lo robado, Lizt Karina presentó un talonario de su quincena –de
900 dólares– con una deducción de 235 dólares
del banco de la familia del gobierno: la Caja de Ahorros.
Su declaración fue apoyada por otro miembro
de la familia: Carlos Ramírez, el esposo de Sánchez,
quien técnicamente no trabajaba para el Gobierno, sino para
la Fundación Mar del Sur –en calidad de coordinador
de proyectos–. Esta fundación recibe fondos públicos
de Taiwan para financiar proyectos del Estado panameño,
lo cual lo convierte a él en virtual servidor público.
Y no podía ser de otro modo: hay tradiciones familiares
simplemente inflexibles.
Ramírez no es persona que tenga simpatía
por la transparencia. Cosas de familia también. Reiteradamente –y
con el apoyo de la mayoría de los magistrados de la Corte
Suprema– se ha negado a informar sobre los fondos que recibe
la fundación con el argumento de que se trata de una institución
privada y no está sujeta a las regulaciones de la Ley de
Transparencia.
La Corte Suprema lo ha apoyado en dos ocasiones,
al negar igual número de hábeas data sobre
contratos, terrenos, salarios, etc.
Ramírez parece más dispuesto a hablar
de las joyas de su esposa que de los fondos que recibe su fundación. “Señor
inspector –le dijo al agente de la PTJ que le tomó declaración– el
motivo de mi presencia en este despacho tiene como finalidad certificar
mediante mi testimonio sobre la existencia del bien hurtado, lo
cual consistía en collares, aretes, pulseras, las cuales
eran de oro, las cuales tienen como procedencia algunos regalos
que yo le hice, que ella (mi esposa Dalvis Xiomara [sic] Sánchez
Vergara) ha comprado y otras que le han regalado...”.
Ramírez olvidó aclarar un pequeño
detalle, y por el que tampoco nadie le preguntó: ¿Por
qué había tanto dinero en efectivo en su casa?
1996
De los casi 500 billetes recuperados –fotocopiados
o reportados en el expediente– el 90% correspondía
a la serie del año 1996.
Hay unos 50 billetes que no son del año 1996,
aunque 36 de esos corresponden también a un solo año:
1999.
Casi todos los billetes fotocopiados o listados
son de denominación de 20 dólares, y el resto son
de cien, en su gran mayoría.
Las copias de los billetes recuperados no representan
ni la mitad del dinero robado, pues cerca de 22 mil dólares
no fueron fotocopiados ni su número de serie reportado en
el expediente.
¿Qué posibilidad hay de que los billetes
de los ahorros de dos años sean casi todos de la serie de
un mismo año? “Muy, muy pocas”, afirmó un
banquero.
Con fondo de color amarillo de la gráfica
superior muestra un grupo de billetes del robo con numeración
consecutiva. Y, en color rojo, dos letras –AA– indican
el año de la serie (la primera A), el banco al que pertenece
(siguiente letra A).
Continúa mañana...
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