Panamá, 15 de agosto de 2004
 
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Norte: países ricos de viejos Sur: países pobres de jóvenes

Tenemos que lograr incluir en el sistema a esa mitad pobre de la población, no solo porque es moralmente ético sino porque nos conviene a todos los que queremos a esta tierra

I. Roberto Eisenmann, Jr.

Pensemos unos minutos sobre el título de este escrito y lo que puede significar en términos de la anhelada estabilidad mundial. ¿Qué puede significar en términos de fervor revolucionario, de terrorismo, de poder? ¿No justificaría (en términos políticos y económicos) la inmigración en los países ricos, y la emigración en los países pobres?

Entre 1900 y 2020 la población combinada de Europa y EU bajará del 30% del total mundial a 14% y su población será cada día más anciana, a la vez que los países más pobres y más inestables políticamente tendrán la mayor población y la más joven, sin los recursos institucionales económicos o políticos para integrar a sus jóvenes a la sociedad; será un caldero de jóvenes insurgentes llenos de odio. Adicionemos a este hecho la cada día creciente injusticia social, la opresión étnica, los conflictos de tribus tradicionales y el fundamentalismo religioso, y esta situación explosiva podría tener consecuencias impredecibles para nuestro país y para la geopolítica del mundo.

¿Qué hacer aquí en Panamá frente a esta posibilidad tan terrible?

Nadie puede tener la respuesta completa, pero hay algunas cosas claras: la solución no está en implementar castigos carcelarios de 20 años para jóvenes, ni cadena perpetua ni la pena capital como pretenden algunos simplistas en busca de aplausos frente a la terminación de su gestión gubernamental.

Según la UNICEF –entidad respetada de las Naciones Unidas–, en Panamá nueve de cada 10 delitos son cometidos por adultos y no por menores de edad, y en los casos de delitos graves como homicidio, robo, violación, secuestro, terrorismo, tráfico de drogas y lesiones personales, de cada 100 delitos 98 son cometidos por adultos y dos por adolescentes; incluso, las pandillas son lideradas por adultos y la mayoría de sus miembros son adultos jóvenes.

La Convención de los Derechos del Niño no admite –según UNICEF– ninguna de las propuestas de los “Mano media Dura” (la ‘media’ es porque excluye a los criminales de arriba, algunos de los cuales pertenecen al coro más estridente de los que pretenden encerrar a todos los jóvenes del país en una especie de “solución final” de tristísima recordación para la humanidad).

Todos tenemos que impregnarnos de una nueva solidaridad y dedicarnos a esa mitad de nuestros conciudadanos que no vive, sino que sobrevive.

Panamá –tal cual lo confirman estudios internacionales– no es un país pobre; es un país razonablemente rico pero lleno de pobres, muchos de los cuales son jóvenes. Esto es un escándalo nacional intolerable para los pobres, que tiene que volverse igualmente intolerable para los ricos y acomodados.

¿Qué podemos hacer? No resolvemos nada con salir a repartir lo que nos sobra a cada pobre que veamos en la calle; Panamá está repleta de entidades dedicadas al alivio de la pobreza (conformadas por ciudadanos de la sociedad civil), pero estas entidades siempre están falta de recursos.

¡Patrocine una granja sostenible! Son tan solo 10 mil dólares y de 75 a 100 personas hoy desnutridas (la mayoría niños) tendrán qué comer en forma balanceada y sostenible. Compre acciones de MiBANCO para que los pobres se vuelvan empresarios en forma digna y sostenible. Haga una donación a la Fundación Microfinanciera Nacional para enseñarles a los más pobres de los pobres a ganarse el sustento ellos mismos. Haga una donación a la Fundación Libertad Ciudadana, dedicada a crear ciudadanos conscientes a tiempo completo. Haga partícipes a sus empleados de las utilidades de su empresa para así compartir la creación de riqueza. Si no está de acuerdo con estas opciones que le sugiero, hay muchas otras fundaciones que hacen cosas maravillosas.

Tenemos que lograr incluir en el sistema a esa mitad pobre de nuestra población, no solo porque es lo moralmente ético sino porque nos conviene a todos los que queremos a esta tierra.

Y si no dedica ya tiempo y dinero a este propósito superior, entonces comience hoy a hacerlo y conviértase en ciudadano completo; se lo debe a sus hijos y nietos...y a su país.

El autor es presidente de la Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana


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