Lo que entra por los ojos
El punto es que a veces da la impresión de que el único
lugar sano y competente para educar es la escuela
Matías Rivas
Como suelen insistir los filósofos, lo que se ve es solo una parte de la realidad; se olvida lo que no se ve y que resulta la raíz de lo permanente, de los valores fundamentales (prudencia, justicia, fortaleza, templanza, generosidad, respeto, solidaridad, alegría, etc.) necesarios en todo tiempo, cuya encarnación supone unas condiciones en el ambiente familiar y comunitario.
Me dedico a la educación y con frecuencia debo conversar sobre la formación de los hijos. Uno de los síntomas corrientes es el marcado consumismo que tienen los niños y los jóvenes: afán por tener cosas superfluas, animados por la moda, la música, los amigos, en definitiva por lo que entra por los sentidos. Prima el tener más sobre el ser más, que supone una mirada atenta y madura, propia de cualquier edad, a los bienes más altos que también llegan como por ósmosis a través del buen ejemplo de los padres, del clima de las calles, de las canciones que se escuchan, de las películas que se ven, de los libros y de las revistas que se leen.
Sorprende cuando hablamos sobre la educación, que en muchos casos no es que fallan los programas de los colegios, que suelen ser completos y exigentes. El punto es que a veces da la impresión de que el único lugar sano y competente para educar es la escuela, porque cuando salen de allí los estudiantes se encuentran con los carteles rojos, las canciones sucias, lo negativo de un mundo que se mete en la casa por internet. Allí está la gran competencia de los esfuerzos por brindar una educación a la altura de la dignidad de las personas.
Hace unos días asistí a la conferencia del cardenal Rodríguez Madariaga. Hablaba en una parte de la charla sobre el bien común. Es precisamente su adecuada valoración y puesta en práctica lo que constituye una sociedad verdaderamente sana y solidaria. Decía a propósito de una pregunta, que el ser humano se comprende en un estrecho equilibrio de dos dimensiones: su valor individual, como fin en sí mismo, y su carácter social, el sentido de su vida en el don de sí a los demás. Sin duda, a más de uno nos ha dejado pensando sobre la responsabilidad que tenemos en conciencia de cara a los demás, del binomio (yo y los demás: esposa, hijos, amigos, colegas, conciudadanos…) que debemos conjugar a diario al momento de actuar, en especial cuando nuestras decisiones (lo que luego se verá, leerá, escuchará) influyen en la conducta de muchas personas.
El autor es docente en el Centro Universitario Entremares
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Rivas
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