Panamá, 2 de agosto de 2004
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Los Diez Mandamientos, muchos siglos después (I)

Xavier Sáez-Llorens
xsaezll@cwpanama.net

Lo prometido es deuda. La primera constitución humana –inspiración divina para creyentes– fue elaborada por Moisés, según evidencias históricas contadas por analfabetos ancestros y argumentos esbozados a posteriori por ilustres talentosos de la pluma. Aparentemente, estas pocas leyes ayudaron a controlar las anárquicas costumbres y diversas creencias del pueblo judío en esos tiempos. Hoy, sin duda alguna, carecen de vigencia. Utilizaré mi sazón digital para hacer un análisis respetuoso de cada mandamiento descrito en el Antiguo Testamento. Veamos cómo me sale.

Amarás a Dios sobre todas las cosas. Este precepto parece haber tenido como génesis la preocupación de Moisés al ver que los individuos de esa época, por ignorancia y temor a lo desconocido, adoraban a muchos dioses para protegerse de las calamidades de la naturaleza. Este primer mandamiento tuvo como objetivo asegurar obediencia, utilizando la invención de un Dios único, indiscutible y terrible que infligía castigos a los que no se alineaban a las leyes promulgadas. El propósito fue reemplazar el politeísmo caótico por el monoteísmo regulador. El problema que trajo esta estrategia fue el surgimiento progresivo de intolerancia religiosa, ya que cada etnia sobre la Tierra amaría posteriormente a una deidad distinta tanto en leyes, formas de veneración, premios potenciales o castigos prometidos.

No tomarás el nombre de Dios en vano. Quizá la intención de Moisés fue buena cuando promulgó este mandamiento, pero le salió el tiro por la culata. La palabra Dios se utiliza como testigo trascendental para toda una gama de sandeces, amoríos y odios. Frases como “juro por Dios que te quiero”, “gracias Dios por dejarme ganar”, “por Dios que acabaré con los terroristas” o “prometo a Dios que expulsaré a los infieles” son tan frecuentemente mencionadas, que el nombre de Dios se ha tornado en un término devaluado, novelesco y hasta pernicioso. A veces, incluso, se nombra sin saberlo; la palabra árabe ojalá significa “Alá lo quiera”, por lo que muchos cristianos usan un término musulmán para construir frases esperanzadoras. Lo peor de este segundo mandamiento es que ha sido irrespetado en innumerables ocasiones para cometer todo tipo de masacres humanas. En 6 mil años de historia humana escrita (5 millones de años de pertenecer al género homínido), se han escenificado casi 15 mil guerras –la inmensa mayoría de corte religioso– que han costado más de mil millones de vidas humanas y solo nos han permitido intermitentemente vivir no más de 300 años en tregua pacífica.

Santificarás el día del Señor o las fiestas. Quizás el único mandamiento agradable de la lista, ya que nos permitió al menos un día de descanso. Aunque según los escritos judíos, Moisés propuso el sábado como día de asueto para dedicarlo a Yahvé en forma de oraciones, sacrificios u ofrendas, los musulmanes escogieron el viernes y los cristianos el domingo. Este precepto, sin embargo, sería muy difícil cumplirlo. Por un lado, siempre debe haber alguien trabajando mientras otros descansan y, por el otro, hay tanta gente sin trabajo en el mundo que hace que esta tercera ley se aprecie hasta insultante. Quizá si se hubiesen concedido seis días de descanso y uno de trabajo, todos los seres humanos podrían estar contratados. Este mandamiento fue tal vez el causante del fenómeno de la esclavitud. Para poder santificar el día divino había que utilizar sirvientes para no paralizar las labores agrícolas, ganaderas o comerciales que generaban dinero o regalías a los poderosos.

Honrarás a tu padre y a tu madre. No entiendo por qué Moisés incluyó este mandato en su constitución. Amar a los padres es algo natural y espontáneo que acontece a todo ser humano y no me parece que deba ser una exigencia legislativa. Tampoco puede esta ley ser de carácter obligatorio si no está acompañada del derecho a tener padre y madre. Moisés no previó que habría muchos niños con solo madres porque sus padres se esfumarían de sus vidas, niños nacidos de padres violadores o por relaciones incestuosas, fetos abandonados por sus madres por negligencia o pobreza extrema y niños no deseados obligados a nacer y criados por tutores no biológicos; en fin, padres y/o madres que no se merecen ser honrados. Para rematar la faena, el sida ya ha ocasionado la presencia de casi 15 millones de niños huérfanos en todo el mundo.

No matarás. Este parece ser el mandamiento más imprescindible y justo, pero el menos obedecido. Moisés no presintió todas las matanzas que ejecutarían los propios emisarios divinos durante las cruzadas, las cenizas de ilustres personajes colectadas durante la Inquisición, los asesinatos diarios entre palestinos y hebreos o la exterminación preventiva de iraquíes por las mentiras de Bush. Si el Dios de Moisés existiese, ¿se le podría culpar de los frecuentes decesos por terremotos, tornados, diluvios, extremos térmicos u otros accidentes? ¿Qué opinaría Moisés de los 25 millones de niños que fallecen anualmente en el planeta por hambre y desnutrición? Muchos de los creyentes aprueban la pena de muerte y contradicen automáticamente este mandato divino. Moisés olvidó definir cuándo comienza la vida humana y no se percató en qué problema nos metería hoy. Aunque los predecesores papales hablaban de alma después de 40 días de vida intrauterina –más tiempo para las hembras–, actualmente los iluminados religiosos califican de persona a cualquier célula apenas fecundada. No obstante, casi 50% de los embarazos naturales acaba en aborto de forma espontánea. ¡Qué paradoja! Continuará, si me dejan...

El autor es médico pediatra e infectólogo

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