El síndrome del yogur
Adivinar los nombres de los nuevos ministros se ha convertido en un pasatiempo nacional y en la única curiosidad de los medios
Jorge Eduardo Ritter
jritter@cwpanama.net
El hijo de dos años de un amigo tiene una extraña costumbre: se levanta a cualquier hora de la noche, camina hasta el cuarto de sus padres, pide yogur y escoge cuál de los dos quiere que se lo busque. No cesa de repetir yogur hasta que el escogido se haya levantado. Nada distinto lo contenta: a esa hora solo sabe decir yogur. Para ahorrarse la levantada le ofrecen helados y dulces, pero él solo repite la palabra yogur. Lo invitan a dormir con ellos el resto de la noche (lo cual suele calmar y hasta alegrar a la mayoría de los niños) y él sólo repite, como un porfiado: yogur. Sobra decir que sus padres, después de proponerle cualquier cosa que no implique tener que levantarse, terminan por sucumbir ante la presión y el ungido de esa noche le busca su yogur.
Los medios han comenzado a parecerse al niño de marras: solo quieren saber los nombres de los nuevos ministros. La Asamblea Legislativa acaba de aprobar más de 60 reformas a la Constitución Política (a las propuestas por Torrijos los legisladores agregaron otras). Ese hecho en cualquier país del mundo generaría toda clase de debates y controversias: aquí los medios solo quieren saber quiénes integrarán el próximo gabinete. Como el niño y su yogur, con nada distinto se conforman.
Poco interesa que se haya detenido el aumento implacable del número de legisladores (de 71 subimos a 78, y en el 2009 íbamos a tener 90), ni que éstos ya no gozarán del régimen de inmunidad en el que hasta ahora se han amparado algunos para no tener que responder por sus fechorías, ni que desde la próxima elección no vayan a tener dos suplentes. Lo que interesa son los nombres de los ministros.
No importa que nos encontremos ante un hecho inédito en nuestra historia política: un Presidente electo cumpliendo alguna de sus promesas electorales antes de haber asumido la presidencia. En efecto, Torrijos, a diferencia de los otros candidatos, no prometió una constituyente, sino que introduciría en la Constitución la figura de la constituyente paralela como un método para reformarla. Ahora, mediante iniciativa popular, se podrá convocar a una Asamblea Constituyente. Pero lo que importa son los nombres de los nuevos ministros.
La creación de un Tribunal de Cuentas para mayor garantía de probidad en la administración pública, la elevación a rango constitucional de la Defensoría del Pueblo, la mayor autonomía del Tribunal Electoral y la obligatoriedad del referéndum para decidir un tercer juego de esclusas para el Canal, han resultado ser temas sin importancia al lado de la designación de los próximos ministros.
Ningún comentario merece que este vaya a ser el último periodo de transición de cuatro meses, pero no a costa de retrasar las elecciones: a solicitud de él mismo, el periodo de Torrijos va a ser más corto. A nadie parece importarle que los magistrados de la Corte Suprema de Justicia ya no puedan provenir de la Asamblea Legislativa ni del Consejo de Gabinete. O que los funcionarios ya no puedan penar sin juicio previo. Los medios quieren su yogur: los nombres de los ministros.
Pasa también inadvertido que, en lo que sugiere un nuevo estilo de gobernar, una Asamblea Legislativa acostumbrada a las imposiciones y a la compra de votos haya optado esta vez por los consensos (los cuales no implican unanimidad). Nadie niega que pudieron ser más las reformas, pero tampoco nadie niega que se abordaron los temas más sentidos por los panameños, ni que el resultado final es positivo. Pero para algunos medios las reformas hay que ignorarlas porque el Presidente electo no ha anunciado los nombres de sus ministros.
No le resto importancia a los nombramientos, ni ignoro que adivinarlos se ha convertido en un pasatiempo nacional. Pero me resulta extraño, por decir lo menos, que la designación de funcionarios, que son de libre nombramiento y remoción del Presidente, merezca una curiosidad tan persistente y febril que no se alivie siquiera con hechos bastante más trascendentes: reformas a la Constitución –que son permanentes y nos afectan a todos– o el estado de las finanzas públicas.
Los medios tendrán muy pronto su yogur. En el mejor de los casos esta semana y en el peor el 31 de agosto, pero lo van a tener. Lo que no se sabe es hacia dónde van a dirigir después su curiosidad. Pues a diferencia del niño, que una vez satisfecha su petición se acuesta hasta la mañana siguiente, los medios, por su propia naturaleza no pueden descansar: necesitan siempre un yogur.
El autor es ex canciller de la República
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