Panamá, 30 de julio de 2004
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¡Qué pena!

Hay que lograr una sociedad más justa y equilibrada; en esa medida será una sociedad más segura, pero nadie puede prometer cero criminalidad

Octavio Sandoval
osandoval@prensa.com

No conozco país en el mundo, salvo el Vaticano, y los nórdicos con sus excepciones, donde la criminalidad no sea un problema. Desde el primer hombre que estuvo sobre la tierra se conoce la violencia. Desde Caín y Abel nos estamos matando entre hermanos, por lo que sea. Esta actitud de autodestrucción nos diferencia de las bestias, que por supervivencia atacan y matan; matan para alimentarse, atacan para defenderse. Hobbes, en su pesimismo filosófico, decía que el hombre es el lobo del hombre; aunque en un estado natural, ajeno a factores desestabilizadores solo le anima la convivencia pacífica. Factores como la competencia, por ejemplo. La opresión, la desesperanza, cualquier privación de los derechos esenciales suscitan un despertar de su irracionalidad, del lobo interno. Ante esto, siendo un ser gregario está sometido a leyes y normas a las que debe ajustarse; sin embargo, cuando no hay un balance o recompensa entre el que las dicta y el que las debe cumplir, estamos frente a una crisis. No nos ponemos de acuerdo, simplemente porque el hombre espera algo: doy para que des. Como no es un contrato, él no se siente obligado. Al contrario, le es indiferente.

Si tú no me sacas de esta miseria, ¿por qué debo hacer lo que tú quieres? Max Stirner, filósofo prusiano del siglo XVII, decía que el Estado llama a su propia violencia ley, pero a la del individuo crimen. Si en un país no se les da opciones ni oportunidades a sus asociados, ¿esto no supone una actitud hostil y violenta de parte de los llamados a someterse a ellas? Entonces, ante esta incapacidad la solución más graciosa es rivalizar en lugar de solucionar. Esto es despreciable.

Reconozco que estamos en una situación difícil, hemos caído en una indolencia producto de la cotidianidad, pero cuando "alguien" no merece morir así, entonces reaccionamos. Somos iguales solo ante la muerte, de eso no tengo duda, aunque las medidas que se quieren tomar busquen acabar con la violencia, se mediatizan por un maniqueísmo de un desgobierno que quiere cambiar su final de desastre a intolerante. Cero tolerancia a la violencia, implacable mano dura a los gamines, acaben con los meninos da rúa, ¿qué mano se usará el día que tengamos que combatir el terrorismo o la narcoguerrilla?, por ejemplo.

¿Por qué el menor es violento?, ¿por qué delinque un chiquillo? De las mil razones que pueda tener, una sola debe importarle al Estado: cómo evitarlo. Y lo que se ha hecho es esconder el problema debajo de la alfombra. Hay factores que marcan su conducta: biológicos, psicológicos, sociales, familiares. La influencia de los medios, su entorno, tantas cosas que le pasan y se le quedan en la mente, que de alguna manera él busca un escape.

Japón es uno de los países con mayor índice de suicidio infantil; sin detenerme a pensar en su criminalidad infantil, esta situación para mí es más alarmante. Allá los niños se matan en defensa propia, se suicidan antes de explotar. Aquí explotan al primero que tienen por delante para robarle lo que no pueden conseguir de una manera ordinaria, presionados y enloquecidos por una cultura consumista. Hay los que matan por dinero -sicarios-, por territorio, por drogas, para imponer su ley, etc., etc. ¡Salvajes!

Las víctimas lógicamente estarán a favor de la pena de muerte, pena que a ellos les aplicaron al azar en un proceso sumarísimo y sin defensa. Sin embargo, no estamos en la jungla, hay leyes que aplicar. Panamá, a principios de los 50, fue uno de los primeros países de América Latina en implementar normas en el ámbito penal infantil -adolescente-, casi pioneros en esta legislación especial. Ahora trazamos una línea marginal, nos salimos con un endurecimiento facilista, hemos involucionado. No podemos negociar con antivalores, hay que hacerle la lucha a la violencia, la fórmula es simple: toda sociedad está cimentada sobre valores, vamos a su rescate, y a ver qué pasa. No hacerlo es cerrar los ojos y hacerse el muerto.

Las comparaciones no son elegantes, pero en Estados Unidos, modelo de extremos y bondades, el endurecimiento de las penas arroja resultados interesantes. En los últimos 25 años, 170 niños han sido condenados a muerte, y nadie puede negar que cada día aumentan en número y crueldad los asesinatos perpetrados por los jóvenes. Desde la propia escena del crimen nos llegó la información un 20 de abril de 1999, cuando 12 alumnos y un profesor fueron asesinados por dos estudiantes en Denver. Desde 1993, 221 alumnos han muerto en centros escolares estadounidenses abatidos por las balas. La realidad es que no es preciso ser pobre y marginal para ser un criminal; tampoco hay un lugar especial, solo basta una razón para matar. De nada sirven las medidas represivas. No hay lógica ante eventos como estos, nadie está preparado, ¿pero alguien se ha preguntado qué les estamos dando a los jóvenes en su dieta emocional? ¡Basura!, sus mentes son tinacos atragantados.

Un escritor irlandés retrató magistralmente a la inmoral y corrupta sociedad inglesa del siglo XVIII en su libro infantil Los viajes de Gulliver, un extracto de esa obra se refería a la facultad soberana de todo Estado de emitir leyes. Jonathan Swift -parafraseando a la ley divina- decía que las leyes son como telarañas, que pueden coger moscas pequeñas, pero las avispas y los abejorros las traspasan. No son 10, 20 ó 50 años los que detienen a un criminal, ya sea menor o adulto; no es el miedo a caer en la cárcel lo que lo amedrenta, el asunto es mucho más grave. Hay que lograr una sociedad más justa y equilibrada; en esa medida será una sociedad más segura, pero nadie puede prometer cero criminalidad. El que no está para vivir en sociedad, caerá, así sea mosca o abejorro, pero no esperes que el hombre araña lo atrape.

El autor es abogado

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