Panamá, 4 de julio de 2004
 
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Consuelo cuenta versos

Consuelo Tomas se estrelló de niña contra un cielo de contradicciones. De allí nacieron sus duendes. Entonces la poesía se convirtió en su vértice y no la soltó jamás. Hace poco fue incluida en otra antología. Aquí cuenta de sus mundos, de su revolución, de su poesía

Ana Teresa Benjamín
abenjami@prensa.com

l mundo de Consuelo era de arena y de mar. Sus ojos apenas comenzaban a reconocer los matices de los azules del cielo cuando sus padres decidieron “transplantarla”. Tenía tres años y llegó a la tierra del desencuentro, la ciudad. “Después nos fuimos a España, regresamos, nos volvimos a ir, volvimos a regresar”.

Entre ida y vuelta siempre encontraba, de alguna forma, la manera de ir a Bocas del Toro, el pedazo de tierra que la engendró. Su ideal. “Es un lugar donde las personas todavía son seres humanos, donde la conversa tiene un valor, donde la naturaleza es la que manda”.

Por eso, quizás, Consuelo está allí, cómodamente sentada sobre las piedras grises de las escalinatas del TUAL, ese espacio casi mágico de la Universidad de Panamá donde se mezclan la tierra, el espacio y el murmullo de los enamorados. Un grupo ensaya bailes folclóricos en el escenario y Consuelo sonríe, porque “tienen el ritmo en el páncreas”.

Consuelo Tomas es poetisa y narradora. En sus hojas de vida también aparece como comunicadora y, en las más recientes, como teatrista. Pero donde se siente más cómoda es con la poesía, porque con ella desarrolla ritmo y cadencia, solemnidad.

Es una mujer menuda, de cara angulosa. Como diría ella, “un rostro de española que no me lo quita nadie” y que robó de su padre. Trae puesta una camisa de estilo hippie de un celeste casi blanco y unos jeans desgastados. Contesta cada pregunta sin prisas, sonríe poco. Cada tanto se rasca la nariz con la muñeca del brazo en un gesto, al parecer, casi mecánico.

Consuelo Tomas es una de las tres poetisas panameñas incluidas en el libro Senderos, una antología de poesía centroamericana de Luz Lescure, y que fuera presentado hace unos días en la Biblioteca Nacional. Allí también están Bertalicia Peralta y Elsie Alvarado de Ricord, por parte de Panamá.

Pero solo Consuelo quiere revelar sus mundos y por eso ahora está sentada en la raíz gruesa del enorme árbol que adorna el TUAL, dispuesta a revelarse un poco.

-Usted dijo en una entrevista que su ambiente la influyó mucho. ¿En qué ambiente creció?-

-En mi casa siempre hubo libros, un ambiente de reflexión, de discusión. Hubo música. Como yo tuve los libros ahí, a la mano, en eso me entretenía. La televisión era muy mala en esos años y no era una opción. Tampoco la computadora. Lo que había era libros.

Pero hay uno que guarda todavía en sus sienes. Uno llamado El Libro de Oro de los Niños. “Era una colección magnífica que tenía secciones de ciencia, de literatura, de narración universal, de cosas del mundo. Ahí había la sección de poesía con José Martí y Gabriela Mistral. Cosas de Julio Verne. Toda esa fue la raíz de mi acercamiento al mundo de la literatura”.

Transplantada ya en la ciudad comenzó a estudiar en las Bethlemitas. Allí se encontró con monjas de vanguardia que “estaban matriculadas” en lo que después se llamó la Teología de la Liberación. Conoció la pobreza y a los pobres. Y cuando tenía 18 años quiso estudiar Sociología y quedó en Trabajo Social.

-Entonces, ¿usted estuvo en la universidad en los años setenta?

-Sí. Me tocó la buena universidad. Aquí había un movimiento cultural interesante, un movimiento político que ese tiempo estaba con toda la cuestión antiimperialista, en la lucha por un nuevo tratado. Yo entré en esos grupos políticos.

El papel de Consuelo era organizar los actos culturales de los mítines políticos. Era algo así como la encargada de cultura y propaganda. Cuando no conseguía a ningún trovador, ella agarraba la guitarra y empezaba a cantar. “Yo me paraba a cantar poemas o canciones de Silvio Rodríguez”, cuenta. La universidad la terminó en 1982, ya muerto Omar Torrijos.

-¿Siente algo particular por la victoria de Martín Torrijos en las elecciones?-

-Para mí, es una incógnita que se revelará en los próximo cuatro años. Es el hijo de alguien con quien yo me identifiqué, el general Torrijos. Tenemos esperanzas de que su juventud, de que haber estado junto a su padre en aquellos años, de que su buena intención, ayuden a que ponga el país a caminar un poco mejor.

Y entonces Consuelo se confiesa de izquierda. Le es difícil matricularse en alguna línea política, pero prefiere que la tilden de izquierdista a que la acusen de derechista. “Definitivamente estoy en el lado que propugna por cambios para mejorar la vida de la gente. Si a eso se le llama izquierda, pues, de izquierda”. Total, aquello de la búsqueda de la equidad lo aprendió de las monjas “desde una perspectiva absolutamente cristiana” y, más tarde, caló hondo en su piel en la universidad, “desde una perspectiva revolucionaria”.

Poeta y trabajadora social. Narradora y revolucionaria. Pero ahora está muy tranquila allí, en la raíz del árbol, mientras unos chicos veinteañeros comparten una mesa de estudio bajo la sombra. Parece que se estudian el alma. O que quieren saber el color de sus ojos. Pero Consuelo está de espaldas a ellos, respondiendo preguntas, haciendo gestos con sus manos flacas, no muy convencida de querer tomarse unas fotos “porque ya estoy en la edad en la que no debería, porque comienzan a salirme arrugas”.

-En algún sitio leí que los libros la ayudaban a superar lo aburrido y feo de la vida, ¿qué le parece aburrido y feo de la realidad?-

-La realidad tiene muchas facetas y uno siempre busca explicaciones. Hay muchas maneras de llegar al meollo del asunto y para mí son los libros. Pero en realidad eso era cuando yo era pequeña: el mundo me parecía contradictorio y yo me iba a leer.

-¿Por qué le parecía contradictorio?-

-Por la diferencia entre el discurso y el hecho. La gente maneja eslóganes, consignas, máximas. A la hora de actuar, lo hacen de otra manera.

-¿Cómo maneja esas contradicciones ahora adulta? ¿Se rige bajo máximas en algunas circunstancias?-

-Uno debe tener principios básicos para poder convivir. Uno debe tener un ideal, pero uno cae en contradicciones todo el tiempo. El ser humano es una incógnita para sí mismo, y todo consiste en modificarse para reducir al máximo esas contradicciones. No he dicho que lo he logrado, pero trabajo en eso.

Consuelo ha estado ya en varias antologías de poesía y narrativa en Estados Unidos, Holanda, Puerto Rico, España, Francia, Panamá y hasta de la UNESCO, pero no por ello niega ese gusanillo de satisfacción que siente cada vez que entra a una nueva. “Se siente divino”, afirma.

Además, siempre es bueno tener un “publiquillo”, agrega.

-¿Qué hace cuando no está involucrada en cuestiones del arte?-

-Cuando no estoy haciendo algún trabajillo para pagar mis cuentas, estoy con el proyecto Alter Arte*.

El resto del tiempo es para la familia, el cuerpo y la mente. También para visitar exposiciones plásticas, para el cine (la última que vio fue Masacre en Columbine), y para estar consigo misma. “Soy un bicho solitario. Soy una tremenda compañía para mí misma, pero una es un ser social y tiene que compartir con la gente”, dice, como excusándose.

Parece que Consuelo es así. Una mujer solitaria que encuentra en la poesía el camino para sus pensamientos serios y, en la narración, el desahogo para su lado irreverente. Ella sigue de espaldas a los chicos que estudian sus cuerpos. Delia ha desaparecido. El TUAL se ha puesto gris y Consuelo se despide. Dice que a los dos de la tarde del lunes está bien para la foto. Aunque se le vayan a notar las arrugas.

*Alter Arte es una ONG dedicada a la promoción cultural.

Suposición

Y si regresas

con otra mitad que te puso el mundo

perdida ya en la memoria de la piel

bajo tus manos

ausente el gesto del antiguo abrazo

no me busques.

Te prefiero limpio y humano

como cuando nos bebimos los dos

intentando atrapar la plenitud.

Consuelo Tomás


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