Volcán Barú, "el techo de Panamá"
En la cima, la niebla llenaba el espacio. Lentamente se disipa, dejando ver un cielo abierto y un hermoso manto de nubes a sus pies
Fotos y texto:
Alexander Arosemena
aarosemena@prensa.com
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"Rafa" admirando el amanecer sobre el nivel de las nubes. Justo antes de que entraran las nubes, pudo ver el Océano Atlántico y el Pacífico
desde el mismo lugar. |
Llegar a la cima del Volcán Barú, a tres mil 475 metros sobre el nivel del mar,
no es tarea fácil, sobre todo, si es tu primera vez. La altura, las bajas temperaturas
y el exceso de oxígeno se combinan para hacer estragos a la resistencia física
del que intente explorar sus cumbres.
Por ello, tres líderes del Club Excursionistas del Istmo decidieron subir para una "inspección" previa a la participación del resto del grupo.
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| Una mirada desde "el filo".
Al fondo, la comunidad de Volcán. |
Hay dos maneras de ascender al Barú: Por un sendero desde el corregimiento de Volcán
o por carretera desde el distrito de Boquete.
Si se preguntan cuál es la mejor época para conquistar el Barú, la respuesta es el verano.
Guiados por Josué, de "Highlands-Adventures" en Volcán, el grupo partió a las seis de la mañana; cargados con comida, agua, abrigos y equipo de camping, para pasar la noche en la cima.
A medio camino, el grupo se detuvo en el único ojo de agua del trayecto. Lástima que el área era prácticamente un vertedero de basura... La conciencia ecológica del grupo motivó a que se destinara una hora para amontonar y clasificar los desechos esparcidos por el lugar.
El sonido del quetzal
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| Colibrí "estrella volcanera",
vive únicamente en las montañas de Chiriquí occidental. |
Esta primera etapa atraviesa un bosque terciario donde se puede observar gran cantidad de aves. Aunque el más cotizado es el quetzal, durante el ascenso sólo se dejó escuchar.
Pasando el ojo de agua se llega al área conocida como "el filo", buen lugar para descansar y apreciar la impresionante vista.
A unos metros, el bosque desaparece... y el grupo se encuentra con un paisaje casi lunar, lleno de precipicios y afiladas rocas. Aquí es cuando el camino empieza a inclinarse entre 70° y 80°.
"Parada, hora de un cafe", dice el guía. El grupo se detiene en un pequeño plano para tomar algo caliente, ya que la temperatura empieza a bajar.
Un conquistador alemán
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| El primer tramo es un paseo
por el bosque. Luego, rocas sueltas y alcantarillados. |
A los cinco minutos y con el café casi listo, aparece un alemán que realizaba el trayecto solo. Con buen acento cubano pregunta "¿Saben la loma del parque metropolitano?". Y como en serio y en broma comenta: "¡Chico, la subí y bajé coliendo un pal de veces a la semana pa entlenalme pa esto!"
Conversó un poco más y acompañó al pequeño grupo, pero era muy lento para él. Se despidió y desapareció tras unas rocas. Y así como desapareció el alemán se esfumaba el tiempo. Eran las dos de la tarde y faltaban alrededor de 1000 metros para llegar a nuestro destino, o sea, unas cuatro horas de camino.
Ya en el tramo final, el grupo volvió a encontrarse con el alemán, que ahora iba en bajada. "Sí, sí, todo muy bonito, pero voy bajando antes de que me agarre la noche", dijo. En ese momento eran las cinco de la tarde.
A las 5:45, en la cima, la niebla llenaba el espacio. Lentamente, se fue disipando, dejando ver un cielo abierto y un hermoso manto de nubes a sus pies. Fue un momento conmovedor, las 12 horas de camino, valieron la pena.
En el ambiente no encajaban las antenas y unas casetas, pero las instalaciones rompían el viento congelante de la noche. Un trabajador del área ofreció al grupo agua para beber y cocinar.
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| Vista nocturna de Boquete.
Para aprovechar la luz, el obturador de la cámara se dejó abierto
por tres minutos. |
De un lado, las luces de Boquete, del otro, las de Volcán.
La temperatura dentro de las tiendas era de tres grados Celsio.
En la mañana, la cima estaba repleta de visitantes admirando el amanecer. Entre ellos había un grupo de hombres ngöbe. "Subimos por la noche, acabamos de llegar" dijeron todos, sonriendo y temblando de frío.
Estos hombres no subieron con capuchinos instantáneos, barras de granola ni botas especiales; solo un par de zapatos de escuela, pantalones de rayón y abrigos improvisados. Admiraban la gran sombra triangular producida por el "gigante dormido" que baña al pueblo de Volcán y que finaliza con la punta en las nubes.
También había extranjeros y tres muchachos de la ciudad de David, que decidieron subir el volcán después de verlo desde abajo por muchos años.
Y llegó la partida. A las siete de la mañana comenzó el descenso, que tomó cuatro horas. La cantidad y variedad de las aves era mayor a esa hora y altitud. Ya en el sector boscoso, se comentaba la ausencia del quetzal. Más abajo apareció un pequeño tucán haciendo su peculiar sonido de rana. Luego una ardilla roja y, entonces, la hembra del quetzal (mucho menos vistosa que el macho). "¡Cholo, cholo!, ¡la gial, la gial del quetzal!" y de repente, acercándose por la derecha -conocida por los aztecas como "la serpiente voladora", por su alucinante vuelo- el quetzal. Atraviesa el dorsel y se detiene en una rama cercana a la hembra.
Observa al grupo, mientras es iluminado perfectamente por rayos de luz que se filtran a través de los árboles. En ese momento la batería de la cámara marca empty y un tanto triste el grupo sale del volcán.
(Dedicado a la memoria de Rafael Barragán, su última excursión)
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Imágenes: Volcán Barú, "el techo de Panamá"
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