Panamá gana el 'Miss Pobreza'
Es imperdonable que en un país como Panamá haya gente que muere de hambre y por falta de atención médica
Hermes Sucre Serrano
hsucre@prensa.com
Aquella fría noche de invierno de principios de los sesenta, un carro "cola de pato" gris oscuro se detuvo frente a la casa de Cindo Sáenz, en El Cristo de Aguadulce. Cuando se abrió la puerta del auto se prendió una lucesita: era el doctor Rafael Estévez que encendía su inseparable habano.
Estévez empuñó su maletín negro y se montó en el caballo que le tenía preparado Maximino Ríos, y que lo llevaría a una alejada comunidad de El Naranjal, donde le esperaba una mujer con problemas de parto.
El galeno español, uno de los mejores de la historia de la medicina en América, entró al rancho, alumbrado con una guaricha, y auxilió a la embarazada. La mujer y el niño se salvaron. Antes de poner los pies en los estribos, Estévez se metió las manos en el bolsillo y comentó: "¡sorpresa!, tengo 10 dólares; tómalos Maximino...para que vengan a la consulta, gratis".
La anécdota vino a mi mente esta semana después que la embajadora de Estados Unidos en Panamá, Linda Watt, dijera que 80 personas controlan la mitad del producto interno bruto (PIB) de Panamá, una cifra aproximada a los 6 mil millones de dólares (dije dólares, no pepitas de tamarindo). La diplomática aseguró que un millón 200 mil panameños vive con menos de dos dólares diarios y hay alrededor de medio millón de personas que ni el dólar tienen.
Con Watt surge inmediatamente la trillada frase: "en Panamá hay una mala distribución de la riqueza". Si no me equivoco, cuando se habla de distribución se hace referencia a una repartición, lo que no es el caso de Panamá. Aquí lo que hay es un descarado acaparamiento de la riqueza. Un desmedido amor por el dinero y un, casi solemne, desprecio por los pobres.
La advertencia de la embajadora es buena porque pone sobre el tapete un problema al que nadie le presta atención. Informes van e informes vienen con la cacareada mala distribución de la riqueza. Señores, este no es un asunto de consejería ni de llamados de atención en un mundo de sordos; se trata de la conciencia de cada persona. Tampoco me vengan con el cuento de que los únicos culpables son los millonarios. Todo el que tenga dos panes y no es capaz de dar uno al que no tiene, también tiene culpa. ¿Quién ha dicho que tenemos que dar lo que nos sobra?
Hay mucha gente que sin ser millonaria vive holgadamente, pero tampoco da nada. Incluso, cuando algunos pobres salen adelante y logran mejores condiciones de vida, se olvidan de los de abajo. Hay ricos (no todos) que no conocen la palabra caridad. No es posible que un Centro de Rehabilitación del Ejército de Dios, que recoge a los adictos e indigentes que genera esta misma sociedad hipócrita, no tenga ni televisión ni comida ni unas instalaciones adecuadas para atender a seres humanos que claman por una oportunidad. Ahí están los pastores Carlos Manuel Morales y Saúl Espinosa (teléfonos 221-5661 y 673-2989). También realizan obras sociales las distintas parroquias católicas y centros como el Tabernáculo de la Fe, del reverendo Manuel Ruiz. Estas instituciones necesitan ayuda...leyó bien...¡ayuda! No lo que les sobra, sino lo que les demanda su conciencia.
Después de la embajadora Watt vendrán otros con el mismo estribillo de la mala distribución de la riqueza. No se trata de tomar la desgracia de los pobres como bandera para navegar en el mundo de la demagogia y la hipocresía. Recordemos que Jesucristo nunca utilizó telepronter; él era verbo, acción y amor.
Tenemos que admitir que en Panamá hay muchos millonarios y gente de solvencia económica que, sin dar su nombre, participan en múltiples actividades benéficas y contribuyen al sustento de muchas instituciones de asistencia social. Pero también es innegable que hay muchos a los que se les entumecen las manos cuando tienen que metérselas al bolsillo. Es imperdonable que en un país como Panamá haya gente que muere de hambre y por falta de atención médica. Y lo peor del caso es que los malos ejemplos de hombres y mujeres acaudalados están insensibilizando a las nuevas generaciones, a las que solo les interesa el lujo, el materialismo y el placer.
Por más ricos que sean, hay hombres y mujeres que no comprenden que la gloria es pasajera. Lo único seguro que hay es la muerte: un último destino del que nadie se salva, y un estado en el que tarde o temprano, ricos y pobres al fin llegan a un desconocido mundo de igualdad.
El autor es periodista
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