Regreso del 'hombre del petate'
No pude evitar que las lágrimas inundaran mis ojos de solo pensar que una tragedia similar tocara a mi puerta
Angélica Maytín
Esta ha sido una semana muy larga, con reuniones inclusive los sábados y domingos para discutir el tema de las reformas a la Constitución, mientras realizaba los trámites para cumplir con el proyecto de la USAID que tiene como objetivo fortalecer las instituciones que previenen e investigan la corrupción en Panamá, y hasta un viaje de un día a Guatemala para compartir experiencias relacionadas con el monitoreo del cumplimiento de la Convención Interamericana contra la Corrupción.
Por fin llegué a mi casa, y mientras deshacía mi maleta encendí la televisión para ver las noticias de las 6:00 p.m. y la primera cobertura narraba la captura de los asesinos de una señora de 65 años de edad, de nacionalidad estadounidense, cuyos restos fueron encontrados en Gamboa hace tres semanas, y de quién se conoció que sus victimarios la obligaron a firmar dos cheques de 10 mil dólares cada uno, antes de dispararle en la cabeza, situación que había dificultado su reconocimiento. Cambio de canal y me encuentro con una marcha femenina que exige que estos crímenes en contra de las mujeres sean investigados con mayor celeridad por las autoridades. Vuelvo a oprimir el botón del control remoto de la televisión y ahora aparece en pantalla un reportaje en directo desde el hogar de una mujer de 49 años que tenía 13 días de haber desaparecido. La periodista entrevistaba a los tres hijos de esta señora, que quedó viuda cuando el mayor de ellos tenía apenas seis años. Dos de estos chicos declaraban cómo su madre los sacó adelante. Me conmovió escuchar a uno de estos muchachos decir "después de Dios, nuestra madre es lo más importante; por favor, devuélvanla con vida, la necesitamos", mientras que el tercero de ellos no lograba pronunciar palabra alguna por estar muy afectado. Todos coincidieron que la señora desaparecida era una mujer ejemplar. No pude evitar que las lágrimas inundaran mis ojos de solo pensar que una tragedia similar tocara a mi puerta.
Justo esa tarde mi madre me había informado que asistiría a la misa por el segundo aniversario de muerte de una amiga suya, e intenté llamarla porque ya eran las 7:00 p.m. cuando me percaté de que ella había olvidado su celular en la casa.
Angustiada por las noticias se me hizo eterna su llegada; con frecuencia me asomaba por la ventana de la sala con la esperanza de verla llegar. Incluso llamé a mi tío padrino para preguntarle si él sabía a qué iglesia había asistido mi mamá.
A las 8:15 p.m. mi corazón se alegró al oír el sonido de sus llaves abriendo la puerta principal. Inmediatamente le conté lo preocupada que había estado por su tardanza y ella me explicó que el sermón del sacerdote había sido muy extenso, y que luego le fue difícil conseguir un taxi.
Aproveché este momento para recordarle que cuando yo era pequeña, y hasta los primeros años de mi adolescencia, ella y mi papá no me permitían salir de la casa después de las 6:00 p.m., ni siquiera a la terraza, porque el "hombre del petate" andaba suelto y me podía llevar con él para nunca más volver; así mismo yo le pedía ahora que no saliera después de las 6:00 p.m., aunque sé que cuando lo hace es generalmente para ir a misa o para visitar a algún pariente o amistad que se encuentra recluido en el hospital.
De todas formas, quería que no saliera de la casa en la noche hasta tanto no atrapen a los infelices desalmados que han llenado de pesar tantos hogares, llevándose el tesoro más valioso en nuestra vida, la madre.
La autora es directora ejecutiva de la Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana, capítulo panameño
de Transparencia Internacional
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