Panamá, 1 de julio de 2004
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Un aguacero en el infierno

Es hora de entender que la democracia no la garantiza ninguna institución en particular, sino los propios ciudadanos

Rubén M. Castillo Gill
rcastillo@mavclex.com

Recientemente leí el libro de memorias del político chileno Andrés Allamand, quien se constituyó, durante la transición a la democracia, en impulsor del proyecto de la llamada derecha ilustrada.

Allamand, pese a su conexión con grupos seguidores de Pinochet, creía en una sociedad sin tutelaje militar y en una constitución que generara un estado liberal de derecho.

Su camino por el mundo de la política estuvo afectado por el ambiente crispado que provocaron sus propios copartidarios y por la intolerancia de aquellos que, en el fondo, detestan la democracia.

Me pareció aleccionadora la respuesta que le dio al líder histórico del conservadurismo chileno, Sergio Onofre Jarpa, cuando este le recriminó su amistad con Gabriel García Márquez. Allamand, en ejercicio de su independencia, le respondió que nadie podía determinar quiénes eran sus amigos y que la democracia suponía aceptar la pluralidad de opiniones.

Otro pasaje de esa excelente obra es el que se refiere al dramático accidente que sufrió un hijo de Allamand que, por circunstancias de la vida, lo llevó a buscar atención médica en Cuba. Esa experiencia lo hizo reafirmar sus ideales, pero también lo llevó a aceptar que la única manera de construir una sociedad donde podamos convivir, es produciendo un ambiente fértil para la pluralidad.

En verdad Chile es un caso especial, ya que la transición a la democracia no produjo la cicatrización de las heridas de una sociedad que fue abusada por la crueldad militar y por ulteriores disposiciones normativas que ocultaron sus consecuentes horrores.

Lo cierto es que al final, la democracia se asienta en la tolerancia y en la justicia, y que ella solo se desarrolla si encontramos un espacio común que nos una. El problema a dilucidar es si nos quedamos varados en el pasado o si le damos una oportunidad al futuro a través de mecanismos que garanticen el ejercicio de la justicia pero que proscriban la venganza.

Es obvio que en Chile la nueva democracia nació tutelada, ya que el retorno de la institucionalidad se produjo bajo la severa mirada de los mismos que la vejaron. Pese a ello, la visión de un país diferente ha permitido que el futuro, poco a poco, vaya prevaleciendo, aunque Pinochet, en su demencia consciente, siga diciendo que él "es un ángel".

La democracia no florece ni se consolida con facilidad. Si la gente no entiende que este es el mejor sistema, corremos el riego de que ésta muera para darle paso a la demagogia canalla y a la mentira que trastoca nuestras mentes.

La democracia que se debe defender es aquella que retoma los principios básicos de la revolución francesa: Libertad, igualdad y fraternidad.

La igualdad supone que logremos, entre otras cosas, que nuestros ciudadanos tengan las mismas oportunidades, a partir del hecho de garantizar una educación que sirva de medio de ascenso social y que nos brinde libertad para determinar nuestro propio futuro.

La fraternidad tendrá que surgir como consecuencia de que entendamos que la cohesión social es el resultado lógico de la solidaridad, siempre que vaya de la mano del espíritu emprendedor de los ciudadanos.

Observando nuestro entorno, Panamá tiene un futuro espectacular si aceptamos que se debe profundizar el estado de derecho.

Para lograr una vida plena, debemos entender que no hay fórmulas mágicas ni dirigentes mesiánicos que puedan resolver nuestros problemas. Las lecciones de la historia de países hermanos nos enseñan que debemos aprender a administrar con coherencia nuestro futuro.

Al leer las memorias de Allamand, reafirmé el concepto de que los modelos de sociedad que defendemos no pueden ni deben excluir a nadie.

Es hora de entender que la democracia no la garantiza ninguna institución en particular, sino los propios ciudadanos, quienes, a través de ellas, deseamos vivir con expectativas de progreso y en paz.

Me llamó la atención que Allamand, siendo un hombre joven, se alejara de la política luego de contribuir, desde su perspectiva, con el futuro de su nación. Una derrota inmerecida lo hizo abandonar su pasión partidista. Allí entendió que en el infierno de vez en cuando llueve, aunque siempre existe la esperanza de la resurrección. Eso es lo fantástico de la democracia.

El autor es abogado

Además en opinión

. Un aguacero en el infierno: Rubén M. Castillo Gill
. El mandato: no a la cacería de ballenas: Alvaro González Clare
. Repensando la ciudad: Magela Cabrera Arias
. Lo mejor es enemigo de lo bueno: Miguel Montiel Guevara





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