Panamá, 27 de junio de 2004
 
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Raíces

La escuela de La Sagrada Familia

En el siglo XIX las religiosas de San Vicente de Paúl llegaron a Panamá para trabajar en el Hospital de Extranjeros

Harry Castro Stanziola
Fotografías: Ricardo López Arias
revista@prensa.com

Aún cuando esta fotografía ya la habíamos publicado el día 9 de abril del año 2000, hoy lo volvemos a hacer con el único fin de orientar un poco más a ustedes, estimados lectores, ya que pensamos que los que tuvieron la dicha de ya vivir en aquellas apacibles épocas, al recordar esta fachada complementarán su alegría con las otras fotografías también de hoy y que terminan de mostrarnos la gran actividad que dentro de esa edificación a diario se lograba desarrollar. Y es que lo que aquí aparece es la fachada de la escuela de La Sagrada Familia que terminó sus labores hace ya varios años atrás. ¿Su dirección? Calle 4a. del inolvidable barrio de San Felipe entre su Avenida A y la playa de Las Monjas o de Santo Domingo, en la cual -y en esos tiempos para aumentar las delicias tutti le mundi- se podía bañar o salir a pescar desde allí. Casualmente, al fondo y a nuestra izquierda, se puede observar lo que dejaba descubrir la marea cuando bajaba.

Todos los diferentes estratos de la sociedad panameña siempre han respondido con gran magnanimidad a todo esfuerzo que ejecuten las más diversas comunidades cuyas labores se caracterizan por ayudar a los más abandonados, a los que sus destinos no les supieron responder.

Es por todo ello y mucho más, que pensamos que Carlos Endara recibía, con harta frecuencia, órdenes para captar fotografías acerca no solo de sus congregantes, sino de las múltiples y diferentes obras a las cuales siempre, desde su llegada a este istmo, se dedicaron las religiosas conocidas como las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl.

Esta comunidad fue fundada por allá en el siglo XVII en Francia por un joven que llevaba el nombre consignado líneas arriba (Vicente de Paúl).

Su familia fue bien pobre. A pesar de ello, fue secuestrado (¿en calidad de prisionero de guerra?) por unos piratas berberiscos. Logró escaparse. Se trasladó entonces a Italia y más tarde a París.

Antes no había necesidad de tanto aparataje o parafernalia como hoy, para mantenerse ágil, modelar el cuerpo y vivir muy, pero muy contentos, muchos años más. Unas argollas metálicas, unas escaleras de cuerda, un caballito que se impulsa sin gastar electricidad, unas mazas, un crucifijo que se encargaba de evitar los golpes o caídas y pare de contar. A ver cuáles de los variados uniformes que llevan las alumnas les gustan a ustedes más.

Fundó una agrupación de religiosos varones. En unión de Luisa de Manillac fundó entonces la comunidad religiosa que hoy vuelve a ocupar nuestra atracción. En el siglo XIX México expulsa a las comunidades religiosas y las de San Vicente de Paúl -que ya estaba compuesta por centenares de asociadas- vinieron aún cuando en escaso número hasta Panamá.

Aquí llegaron para trabajar en uno de los primeros hospitales que existieron en esta capital, conocido como el de Extranjeros y que estuvo situado más o menos en el sitio que ocupa nuestro flamante Teatro Nacional. De allí y con motivo de los inicios de la construcción de nuestro Canal, pasaron a laborar en el Hospital Central o de Nuestra Señora del Cerro, situado allá en el Ancón y que fue el mismo que después perteneció a la nueva compañía -esta vez estadounidense- que terminó la construcción del Canal. Este hospital que se llamó Ancón primero y Gorgas después, es hoy el Hospital Oncológico Nacional.

Cuando las hermanas de la Caridad de Vicente de Paúl terminaron de trabajar en la Compañía Francesa del Canal, comenzaron poco a poco a llegar enfermeras graduadas de Alemania y de Estados Unidos a Panamá. Más eso no fue suficiente motivo para que ellas ni por un momento dejaran de trabajar, sobre todo en actividades que exigían grandes sacrificios, tiempo y dedicación tales como el trabajo social y el relacionado con la educación.

Ayudadas por diversas familias de la localidad abrieron un kinder en la Avenida Central, en el mismo sitio en donde después se construyó el edificio del Citibank. Pronto era tan grande el número de niños pertenecientes a familias sin recursos económicos que allí asistían, que se tuvieron que mudar.

Después de una mañana agotadora por los estudios, las tareas, las hermanas dictando clases, la gimnasia de antes y de seguro que otras actividades más, llega la hora de confortarse con un almuerzo, seguro que de verdad. ¡Qué orden, cuánto silencio, cuánta compostura y ay del que se atreviera a abrir tan siquiera la boca en aquel u otro lugar! El castigo no tardaba en aparecer. Nótese además la sencillez de las mesas y las bancas junto a una limpieza de verdad. Ni las moscas se atrevían a entrar. Y eso que las hermanas y maestras no habían entrado aún. Desde la mesa del fondo controlarían seguramente a las niñas que también faltan por llegar.

Juan Bautista Poylo les donó un local más amplio, de su propiedad. Luego ocupan parte del edificio de la antigua iglesia de San Felipe Neri en la Calle 4a. con Avenida B, hoy regiamente restaurado gracias a la tenacidad de la asociación que lleva ese nombre.

Mientras, abrían otras escuelas, hogares para ancianos pobres, lugares para atender problemas sociales y de drogas en Colón, David, Arraiján, Juan Díaz y acá en la capital.

En resumen, es una comunidad a la que se debe ayudar. Su desinteresada y magnífica labor debe continuar.


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