Panamá, 27 de junio de 2004
 
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La reforma del fin del mundo

Jorge Eduardo Ritter
jritter@cwpanama.net

Las reformas propuestas por el presidente electo han destapado la vocación constitucionalista oculta que -pareciera- todos llevamos dentro. Es como si la posibilidad de reformar la Constitución se diera una vez en la vida: que es la última que habrá hasta el final de los tiempos, de manera que lo que no se incluya ahora queda condenado al olvido eterno. Los detractores de las reformas se refugian en un lugar común que es de un simplismo rayano en lo idiota: no es integral. ¡Por supuesto que no es integral! El primero en decirlo fue el propio proponente. Lo cual no significa que no se deban examinar los méritos de la propuesta misma, pues si solo vamos a considerar las propuestas integrales (entendiendo por tal que incluya todo lo que cada uno individualmente quiera) nunca habrá reforma constitucional.

En 1992 había un amplio consenso acerca de la conveniencia de proscribir el ejército. Se llevó la iniciativa a la Asamblea Legislativa y de allí salió corregida y, sobre todo, aumentada. Más de 50 artículos que condujeron al fracaso una reforma que contaba con un casi unánime apoyo popular. Fue el fracaso de los yaques, pues cada legislador incluía la suya con la misma razón: ya que estamos reformando la Constitución, metamos esta también; ya que estamos en esto, aprovechemos para incluir otros temas. Fue necesario entonces que en 1994 se reformara la Constitución, con el mismo método empleado ahora, pero solo en aquellos aspectos que tenían consenso: la proscripción del ejército y el Título sobre el Canal.

Si en lugar de jugar a la politiquería, los que se oponen a las reformas se limitaran a contestar, como en los exámenes escolares, si o no a la conveniencia de cada una, seguramente contestarían afirmativamente a todas. ¿Conviene reducir y establecer fijo el número de legisladores? (en la actualidad aumenta conforme aumenta la población, lo cual implica que dentro de poco llegaremos a 100) ¿Conviene impedir que sean los legisladores los que decidan sobre su propia inmunidad? ¿Conviene evitar que los presidentes nombren magistrados que hayan sido ministros o legisladores? ¿Conviene que haya libre postulación de legisladores? ¿Conviene darles a los ciudadanos la facultad de solicitar la revocatoria del mandato de sus legisladores (ahora solo lo pueden hacer los partidos políticos), o de solicitar la convocatoria de una Asamblea Constituyente? ¿Conviene establecer que la Constitución se puede reformar mediante una Asamblea Constituyente (figura que ahora no existe)? ¿Conviene acortar el periodo de transición (para lo cual Torrijos ha propuesto que, comenzando por el de él mismo, los periodos presidenciales terminen el 30 de junio).

Por supuesto que muchos quisieran ver más temas incluidos en la reforma constitucional. El problema no es ese: esos son los temas que más se han debatido en los distintos foros, esos son los temas en los que ha habido mayor grado de consenso, esos son los temas -constitucionales, por supuesto- que más sienten los panameños que deben cambiar, dados los escándalos y los abusos que hemos tenido que tolerar durante el último quinquenio.

Podemos, sí, seguir quejándonos de que las reformas no son integrales, con lo cual lo único que se consigue es postergar las decisiones e hipotecar tiempo valioso del próximo gobierno en otra campaña política. Pues si estas reformas no se aprueban antes de que termine el actual periodo, para que puedan adoptarse deberá llamarse a un referéndum, con el costo, en dinero y en tiempo, que ello conlleva.

Ninguna Constitución va a satisfacer las aspiraciones de todos. De allí que sea tan importante alcanzar consensos sobre ciertos temas, y sobre ellos construir otros. Exigir todo o nada es, la mayoría de las veces, una táctica obstruccionista que impide avanzar. De haber asumido, como nación, esa actitud, todavía estaríamos sometidos al tratado Hay-Bunau Varilla. Por fortuna tuvimos a un Harmodio Arias que logró la abrogación de la cláusula de intervención; a un José Antonio Remón que obtuvo para nuestro país mayores beneficios; y a un Omar Torrijos que culminó la lucha por la soberanía. Poco a poco logramos que la perpetuidad durara menos de 100 años. En lugar de todo o nada, optamos por hemos avanzado.la lucha continúa.

Esta no es la reforma del fin del mundo. Es la reforma que apremia para asegurarle a la población que no se van a repetir los abusos, y que el país ha cambiado de rumbo. Ese es el significado de las reformas propuestas. Quedan otras por consensuar o, si se quiere, que pueden ser objeto de estudio en una Asamblea Constituyente, si ésta se convoca una vez establecida esa figura en la Constitución. En otras palabras, esta no es la reforma del fin del mundo, pero sí puede ser el inicio de lo que Torrijos prometió en la campaña: una patria nueva.

El autor es ex canciller de la República

Además en opinión

. Reformas constitucionales: I. Roberto Eisenmann, Jr.
. La reforma del fin del mundo: Jorge Eduardo Ritter
. ¡No! a las reformas constitucionales: Betty Brannan Jaén
. La irresponsabilidad periodística hace daño: Viviane Nathan





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