El
debate en torno a la Constitución es, en estos momentos,
sobre la reforma posible y la reforma ideal. Existe un
amplio consenso nacional acerca de la necesidad de limitar
el número de legisladores, de permitir su libre
postulación y de reducirles sus privilegios; de
darle mayor autonomía al Tribunal Electoral; de
evitar que la Corte Suprema de Justicia se convierta en
una extensión del Organo Ejecutivo y de acortar
este interminable periodo de transición. Y esas,
las que ha propuesto el presidente electo, aparentan ser
hoy las reformas posibles. Lo ideal sería que en
una Asamblea Constituyente los panameños nos diéramos
la Constitución que queremos, pero eso no pasa de
ser una ilusión, dada la oposición de Torrijos
a esa figura, salvo que se introduzca en el propio texto
constitucional, como también ha propuesto. Esto
abre las puertas para que los panameños sigamos
aspirando -pero ahora con sustento constitucional- a una
Asamblea Constituyente. ¿Prevalecerá el pragmatismo
de dar un paso adelante y esperar otra oportunidad para
otros cambios, o nos aferraremos a la esperanza, futura
e incierta, de una nueva Constitución? Las próximas
horas serán definitivas. A la presidenta Moscoso
le faltó voluntad política para impulsar
una reforma constitucional. Hoy carece de fuerza política
para hacerlo, pero las propuestas de Torrijos tampoco pueden
adelantarse sin su colaboración, ya que el agobio
del tiempo puede exigir sesiones extraordinarias de la
Asamblea Legislativa que solo ella puede convocar. La ciudadanía
ha comenzado a pronunciarse. Ojalá nuestros gobernantes
sepan interpretar su clamor.
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