Panamá, 11 de junio de 2004
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Vivir en una ciudad de primer mundo

Creo que "edificios de primer mundo" deben ser plantados sobre "infraestructuras de primer mundo"

Raúl Orillac

Como consecuencia de reciente fallo de la Sala Tercera de la Corte Suprema de Justicia, ha vuelto a la palestra pública el tema del desorden urbanístico que parece caracterizar a la ciudad de Panamá. Es curioso que transcurriera tanto tiempo entre la fecha del mencionado fallo (18 de febrero de 2004) y las reacciones de parte de los voceros de la industria de la construcción (CAPAC) y del ministro de Vivienda, quien acaba de presentar a la consideración de la Asamblea Legislativa el proyecto de ley No.157 "por el cual se derogan algunos artículos de la Ley 78 de junio 1941, se deroga la Ley 120 de 2 de abril 1943 y se dictan otras disposiciones".

Considero muy positivo el hecho de que se traiga a la discusión pública un tema que es tan sensitivo porque nos afecta a todos, y que se abra la oportunidad para que -mediante una nueva ley- se trate de ordenar el crecimiento de la urbe, para beneficio de la comunidad entera. No contribuye al logro de ese objetivo una ley que solamente derogue algunos artículos de otra anterior. Se impone que seamos más creativos y previsores.

Según lo expresado recientemente por el respetado arquitecto Richard Holzer, presidente fundador del Instituto Panameño de Arquitectura y Urbanismo: "Los cambios de planificación que se requieren, y que afectarán desde la calidad de nuestras vidas hasta el nivel de la economía nacional, tendrán efectos tan profundos que se hace imperativo sean tomados en base a las opiniones de los habitantes de nuestra urbe y del consenso de opinión de los mejores profesionales que tiene el país, capaces de aquilatar, desde todos los ángulos, los efectos de las medidas que se pudieran tomar. Esta ciudad ya no resiste más errores de planificación".

Algunas personas han opinado públicamente que la belleza y atractivo de una ciudad guarda relación directa con la altura de sus edificios y que, por lo tanto, "no debemos ponerle un techo a Panamá". Me permito remitir a aquellos que piensan de esa manera, a dos de las ciudades más hermosas de nuestro planeta, como son las capitales de Francia y de Estados Unidos. En ambos casos se han mantenido por más de 150 años límites muy estrictos a la altura de los edificios que en ellas se construyen, restricciones que a nadie se le ocurre "derogar" y que han contribuido en buena parte a la belleza de dichas urbes.

Creo que el perfil (skyline) de algunos sectores de la ciudad es impresionante. Cuando uno lo contempla desde el aire o desde cierta distancia, recibe la impresión de una ciudad muy moderna y adelantada. Este panorama es motivo de orgullo para muchos panameños y, personalmente, no tengo nada en contra de los edificios altos. Estos, además de hermosos, evidencian la habilidad de nuestros diseñadores y constructores. Eso sí, tales edificios deben ser construidos sin abusar del medio ambiente, sobre lotes dotados de las infraestructuras adecuadas (ancho de vías, acueducto, alcantarillados, etc.). En otras palabras, creo que "edificios de primer mundo" deben ser plantados sobre "infraestructuras de primer mundo".

Por otro lado, no es admisible que tales edificaciones vayan en detrimento de la seguridad y de la calidad de vida de los residentes en áreas vecinas. Con respecto a la seguridad, ¿qué le parece residir en un barrio con altos y bellos edificios, pero con tal grado de congestionamiento en sus calles que dé motivo a que la Oficina de Seguridad del Cuerpo de Bomberos de Panamá exprese lo siguiente: "en caso de suscitarse una alarma de incendio o cualquier otra situación de emergencia, los carros de extinción de incendio u otros vehículos necesarios para atender un siniestro no tendrán cabida ni espacio suficiente para maniobrar y atender adecuadamente la situación existente."

En cuanto a la calidad de vida, no cabe duda de que la falta de una planificación correcta ha conducido, entre otras cosas, a la disminución de la privacidad debido al creciente hacinamiento, aumento de ruidos, contaminación ambiental, congestión en las calles (causante de mucho estrés, además de pérdida de tiempo y de combustible).

Tengo la esperanza de que nuestros legisladores sabrán aprovechar esta oportunidad para elaborar una ley que detenga el creciente "caos urbanístico" que a todos nos preocupa. Para ello deberán escuchar a los expertos en la materia y a los afectados, adoptando una posición de equilibrio y de sentido común.

El autor es odontólogo jubilado

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