Panamá, 11 de junio de 2004
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Pacientes...¡paciencia!

Si alejáramos la corrupción o pudiésemos prestigiar la honestidad con el ejemplo, incentivaríamos la inversión nacional y extranjera, muy en especial en el campo de la salud

Franco Rojas
frojas@prensa.com

La corrupción de la que "goza" gran parte de la clase política panameña, y que alimenta con su ejemplo día a día un sistema de justicia de la misma calaña, ha ahuyentado las inversiones sanas, el dinero limpio, la mística del trabajo eficiente, el amor a la patria, y ha pintado de negro el futuro de muchos jóvenes que creen que la decencia aún es posible.

La cara se me pone caliente de vergüenza ajena cuando me corresponde analizar y conocer como periodista casos de enriquecimiento ilícito, de "lavado" de dinero del narcotráfico, de la extorsión, del secuestro y otros crímenes, y que son protagonizados, en su mayoría, por hombres y mujeres cuarentones y cincuentones, naturalmente padres de hijos adolescentes que serán en poco tiempo los pilares sobre los que descansará la nación.

La justicia huele a descomposición orgánica y su pestilencia llena todos los rincones del país. Los asesinatos de los hijos de las cocineras quedan impunes, los secuestradores huyen con el dinero de las familias de las víctimas, los delincuentes de cuello blanco son tratados como "señores", los narcotraficantes logran pasar su cargamento de la muerte con la ayuda de funcionarios que ganan sueldos de hambre y las calles son cerradas por pandilleros disfrazados de estudiantes que buscan el caos para volver a vivir del saqueo.

No obstante, tengo fe porque siempre la vida se impone a la muerte, la decencia a la inmoralidad y los buenos a los malos.

Un cáncer linfático agresivo que me emboscó por la espalda una noche oscura me hizo conocer la otra cara de la moneda. Jóvenes estudiantes de medicina, vestidos con un blanco impecable, y de mirada sana, gracias al amor de sus padres, me tendieron su mano, las unieron a sus colegas más viejos, y entre varios y a empujones me ayudaron a volver al camino.

En los hospitales públicos no hay hora del té frente al ramo de flores, pero sí una atención con humanidad de médicos, enfermeras, administrativos y damas voluntarias que ponen su amor y su tiempo al servicio del que sufre. He visto escenas desgarradoras de amor y sacrificio de padres hacia sus hijos enfermos, los he visto dormir por meses en el piso hasta que la muerte se ha llevado a sus hijos a una mejor vida.

Los médicos llegan al Instituto Oncológico Nacional (ION) alumbrados con el lucero de la mañana y los pilla la noche en ese lugar. Las mesas de noche están gastadas por el óxido, y el comején y las sábanas fueron alguna vez celestes, pero las quimioterapias se ponen a tiempo, las inyecciones se clavan con sus dosis justas y los exámenes se hacen como se debe.

Conocí ese mundo en Panamá, en el que todo marcha como debiera, en el que resalta el profesionalismo, la eficiencia, el amor y la decencia que debemos alentar. Si alejáramos la corrupción o pudiésemos prestigiar la honestidad con el ejemplo, incentivaríamos la inversión nacional y extranjera, muy en especial en el campo de la salud, donde hay un territorio virgen por explorar que muestra grandes potencialidades.

He visto en Houston (EU) la gran "industria" de la salud, si es que así le puedo llamar. Esa industria emplea a médicos, investigadores, científicos, enfermeras, personal administrativos, choferes, incentiva la construcción de universidades, laboratorios, hoteles, restaurantes, guías para los centros médicos, museos de la salud, residencias para médicos y pacientes. En Panamá ello es posible... solo tenemos que combatir la corrupción que todo lo daña, que todo lo enferma y que todo lo corroe.

El autor es periodista

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