La ópera del aguante
A nadie le importa, salvo a los medios y a uno que otro Quijote, el uso que se les da a las partidas secretas. ¡Hasta cuándo tanta indolencia!
Hermes Sucre Serrano
hsucre@prensa.com
Aquella tarde de 1983, al director de The Star & Herald, Alejandro Pepillo Duque -un cascarrabias muy humano- le tomó segundos cruzar la redacción de La Estrella de Panamá para hacerle un casi imperceptible gesto de disgusto a Ovidio González, un asiduo visitante de la decana, que ese día ganaba propinas comprándole soda a Luis Lamboglia y cigarrillos a Leslie Chino Williams.
Con el nerviosismo de un condenado a la silla eléctrica, Ovidio, a quien Johnny Duque llamaba "patetic", se dirigió al impecable Pepillo Duque, siempre vestido de blanco, quien en esos momentos pregonaba a los cuatro vientos la última trastada editorial de Joe Maganini. "Yo soy el único culpable, yo lo traje aquí, yo lo traje...", repetía, mientras se cubría el rostro con las dos manos.
"¿Para que soy bueno señor Pepillo?", preguntó la mascota de la redacción. El director del Herald manoseaba unos papeles, sin levantar la mirada. De pronto, como movido por un resorte, explotó: "Ovidio, no quiero que le compres más cigarrillos a Leslie y no vengas a la redacción sin afeitarte...¿tas claro?".
Ovidio, con una sumisión que dejaría chiquito al esclavo de un faraón, respondió con un voz temblorosa: "señor Pepillo, a mí me gusta cuando usted me regaña porque me recuerda a mi abuelito".
Al igual que pasa con Ovidio, hay muchos panameños que nos gusta que nos regañen y abusen de nosotros con todo tipo de aumentos: reforma tributaria, el precio de la gasolina, de la tarifa de luz, del Corredor Norte, del impuesto sobre la renta, de la tarifa telefónica, de los intereses bancarios. Aunque ninguno de estos regaños nos recuerdan al abuelito, sí están acabando con el presupuesto familiar. Y lo peor del caso es que nadie protesta, con excepción de algunos artesanos que salen a la calle a destruir y saquear lo poco que nos queda.
El comentario que prevalece por todas partes es "la cosa está dura", pero nadie hace nada por suavizarla. Somos una partida de conformistas que no sabemos pelear por nuestros derechos. Las transnacionales de la electricidad y de la telefonía son unas asalta caminos que están asfixiando al pueblo panameño, ante la mirada permisiva de sus socios del Estado.
Un buen día nos desayunamos con que las escuelas y colegios privados aumentaron la mensualidad. Y para ponerle la puntita al merengue, vienen los busitos colegiales y hacen lo mismo. Y ¿qué me dicen de los supermercados? No hay que negar que siempre tienen novedades: todos los días suben los precios.
Las pocas organizaciones y gremios que intentan elevar sus protestas no reciben el mínimo apoyo de la ciudadanía. Convoque usted a una marcha contra el aumento de la gasolina y verá que los únicos que van son los pobres que no tienen carro.
No es posible que en un país, con alrededor de 25 universidades, y con una gama de profesionales de todas las disciplinas, bien capacitados, haya protestas tibias sobre el uso que se les da a sus impuestos. A nadie le importa, salvo a los medios y a uno que otro Quijote, el uso que se les da a las partidas secretas. ¡Hasta cuándo tanta indolencia!
Pero para buscar culpables nadie nos gana. Nada más están esperando que el presidente Martín Torrijos asuma el cargo para echarle la culpa de una crisis que data de muchos lustros. Queremos soluciones, pero sin ningún sacrificio ni contribución.
Para recordar a Ovidio, los despido con una anécdota que ocurrió en el parque de juegos de Barraza. Un deportista de apellido Paredes saltaba de alegría porque el coronel Rodrigo Botita García le había mentado la madre. ¡Vaya autoestima!
El autor es periodista
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