Panamá, 5 de junio de 2004
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La victoria de Tiananmén

Durante cada momento de calma en los disparos, podíamos ver a los heridos, atrapados en tierra de nadie entre nosotros y las tropas

Nicholas D. Kristof

REUTERS/Bobby Yip
Manifestantes pro democracia, en Hong-Kong, llevan una enorme tela en la que se aprecia una mano que sostiene una vela sobre el mapa de China, durante una marcha para conmemorar el décimo quinto aniversario de la sangrienta represión del movimiento democrático ocurrida en la Plaza de Tiananmén, en Beijing.
Ayer viernes se cumplieron 15 años desde que estuve parado en la esquina noreste de la Plaza de Tiananmén y veía cómo China se volvía loca.

El Partido Comunista estaba respondiendo a las exigencias de millones de manifestantes que habían convertido la Plaza de Tiananmén en el centro de su movimiento por la democracia, a lo largo de siete semanas. Entre los que protestaban había estudiantes, miembros del Partido Comunista, campesinos, diplomáticos, jornaleros –incluso ladrones, quienes firmaron una promesa para detener su “trabajo” durante las manifestaciones.

Yo estaba en mi apartamento de Beijing cuando escuché que efectivos militares habían disparado y estaban tratando de abrirse paso por la fuerza hacia Tiananmén. Así que salí corriendo al lugar de los hechos montado en mi bicicleta, evitando trampas para tanques que algunos manifestantes habían erigido.

La noche estaba saturada de disparos, y de chinos manteniéndose para obstruir el paso de las tropas. Dejé mi bicicleta en Tiananmén, y al poco tiempo llegó el Ejército Popular de Liberación desde la otra dirección. Las tropas dispararon descarga tras descarga hacia la muchedumbre que estaba congregada sobre la Avenida de la Paz Eterna; inicialmente creí que eran salvas, pero después el eco se propagó por la noche con alaridos y la gente empezó a caer.

El Partido Comunista firmó su propia condena de muerte esa noche. Como escribió Lu Xun, el gran escritor tendiente a la izquierda y amado por Mao, tras una masacre en 1926: “Esta no es la conclusión de un incidente, sino un nuevo inicio. Las mentiras escritas con tinta nunca pueden ocultar hechos escritos con sangre”.

Así que, 15 años después de Tiananmén, podemos ver a la dinastía del Partido Comunista consumiéndose de manera gradual. Ya entrados en años, los líderes de 1989 que ordenaron la severa represión ganaron la batalla, pero perdieron la guerra: actualmente China ya no es una nación comunista en ningún sentido significativo.

La pluralidad política aún no ha llegado, pero sí lo ha hecho el pluralismo económico, social y cultural. La lucha por el alma de China ya terminó, ya que China, hoy, no es el honesto reducto socialista que buscaron integrantes de la línea dura, sino la moderna economía de mercado buscada por Zhao Ziyang, el líder expulsado en 1989. Los reformistas perdieron sus empleos, pero capturaron el futuro de China.

Pero, en retrospectiva, la línea dura de los comunistas estaba en lo cierto en lo concerniente a un aspecto: “advirtió apasionadamente que sería imposible tan solo arrebatar la inversión occidental y mantener fuera venenos de Occidente como el capitalismo y los sueños de libertad burguesa”. Ellos sabían que después de que los chinos pudieran ver al actor Eddie Murphy, vestir ajustados vestidos rosa y no saber decidirse por un café en Starbucks, la Revolución estaría acabada. Ninguna clase media está conforme con más opciones de café que de candidatos sobre una boleta electoral.

Así que el comunismo se está desvaneciendo, en parte debido a los compromisos de Occidente con China –comercio, inversión, damas de Avon, maestrías, Michael Jordan y revistas Vogue han triunfado sobre Marx. Esa es una de las razones por las cuales nosotros deberíamos fomentar el libre comercio e intercambios con China, en vez de retirarnos a las barricadas proteccionistas, como algunos están exhortando de manera urgente.

Las mismas fuerzas desearían contribuir con la transformación de Cuba, Norcorea, Irán y Birmania (Myanmar), si tan solo nosotros las desatáramos. Le estamos haciendo un favor a los dictadores en esos países al aislarlos y sancionarlos. Si queremos derrocarlos, necesitamos desencadenar nuestras más potentes armas de destrucción masiva, como barrigones ejecutivos comerciales y Britneys Spears con abdomen plano.

Así que, ¿cuándo llegará un cambio político a China? No tengo idea, pero podría ser en cualquier momento. Si bien pudiera llegar en la forma de un golpe militar, o la disolución en la guerra civil o el caos, el resultado más probable es una combinación de exigencias desde los niveles más bajos (quizá relacionados con intranquilidad laboral) y concesiones desde la cima, en casi la misma forma que la democracia se infiltró a Surcorea y Taiwan.

A menudo se dice que un país pobre, agrario y con deficiencias educativas considerables como China no puede sostener la democracia. Sin embargo, mi recuerdo más firme de aquella noche hace 15 años es el de los campesinos que habían llegado a Beijing para trabajar como chóferes de ricksha, esto es, pequeños carritos con ruedas que son tirados por una persona. Durante cada momento de calma en los disparos, podíamos ver a los heridos, atrapados en tierra de nadie entre nosotros y las tropas. Deseábamos rescatarlos, pero no tuvimos el valor de hacerlo. Si bien la mayoría de nosotros en la muchedumbre nos amilanamos y buscamos refugio, fueron esos conductores de ricksha quienes pedalearon directamente hacia las tropas para recoger los cuerpos de los muertos y los heridos.

Algunos de los conductores de ricksha recibieron disparos, pero el resto salvó muchas, muchas vidas esa noche, llevando a toda prisa a los heridos a hospitales a medida que corrían lágrimas por sus mejillas. Sería vulgar destacar que personas como esas están mal preparadas para la democracia, cuando arriesgaron sus vidas por ella.

The New York Times News Service

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