Panamá, 4 de junio de 2004
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Soy 'maniático textual'

Creo que acabaré en un hospital psiquiátrico o en prisión porque mi enfermedad no tiene cura y va en aumento

Franco Rojas
frojas@prensa.com

Con profundo pesar debo confesarles que soy un "maniático textual". Esta obsesión por difundir con fidelidad las declaraciones de mis fuentes de información o por describir lo observado con absoluta honestidad intelectual, es decir, sin "anestesia", ha llevado a algunos periodistas a pensar que soy un fracasado, o bien que me falta valor para ganarme la vida con una profesión reservada "solo para atrevidos".

Esta enfermedad mental u obsesión me ha llevado a comprobar que las naciones cuyas poblaciones han alcanzado un prestigioso nivel de desarrollo espiritual, intelectual y material han tenido como común denominador un buen periodismo. Y cuando digo buen periodismo me refiero a ese que no calumnia, que no difama, que no edita lo que no le conviene, y que confirma por distintos medios un hecho de interés noticioso antes de su difusión.

No soy un buen "periodista" porque en 23 años de ejercicio no he sido demandado por nadie a pesar de haber escrito desde ballet hasta terremotos y golpes de Estado, y desde música hasta investigaciones de inteligencia militar antiguerrillera.

No me han demandado ni señalado porque, antes de publicar, tengo la mala costumbre de confirmar que el hecho sea de verdadero interés social, que la fuente es la apropiada para el tema, que lo dicho por la fuente es fiel copia de lo escrito en la noticia, que el espacio dado a un personaje es el mismo para su contrincante, que la versión de uno tiene también la del otro.

Además tengo el "vicio" de escribir con estilo "matemático", esa especie de redacción que usa palabras exactas, que no se prestan para la ambigüedad ni admiten colores grises. Pienso -dentro de mi delirio- que el idioma castellano cuenta con libros de sinónimos, pero que en verdad los sinónimos no existen, porque cada término tiene su significado preciso dentro de su contexto.

Decía en Chile un hijo del octogenario general Augusto Pinochet, que su padre había sido "raptado" por las autoridades inglesas. Me preguntaba ¿quién podría tener tanto estómago para llevarse a ese señor por la fuerza con el fin de desnudarlo y violarlo? A lo mejor el hijo del general quiso decir que las autoridades inglesas habían "secuestrado" a su padre.

Otra de las obsesiones causadas por la enfermedad mental que padezco me hace repetir ante mis colegas que "los muertos sin cadáveres no me los creo". En las marchas de los 20 de diciembre para reclamar una indemnización para los familiares de los más de "5 mil muertos" en la invasión no desfilan más de 50. Con los muertos se abusa, pues inflan o disminuyen sus cifras reales por conveniencias políticas.

Para el periodismo lo más importante es la vida. Cuando una vida se pierde debe ser mencionado a más tardar en la segunda línea del primer párrafo de la noticia. Y no es por "morbosidad mortuoria", sino por respeto a lo más preciado que tiene todo ser humano y porque el sentido común de los lectores así lo exige.

Hay una equivocación creciente en el "periodismo moderno" que privilegia al comunicador que demuestre ser más agresivo con el entrevistado, que haga su propia exposición en una conferencia de prensa, que diga en una noticia lo que piensa y que se considere por encima de las autoridades, por más humildes que estas sean.

Como buen "maniático textual", el delirio también me ha hecho observar cómo muchos periodistas mantienen un "coqueteo" constante con las relaciones públicas, y su excitación no les deja ver la enorme y gruesa raya que les separa.

Creo que acabaré en un hospital psiquiátrico o en prisión porque mi enfermedad no tiene cura y va en aumento. El hecho de ser un "maniático textual" me da el placer de la paz interior.

El autor es periodista

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