Ser o no ser un imperio
"Pocas personas fuera de EU dudan de la existencia de un imperio estadounidense... aunque los estadounidenses persisten en evitar frenéticamente el reconocimiento del imperialismo que en verdad ejercen": Niall Ferguson, historiador británico
Betty Brannan Jaén
laprensadc@aol.com
WASHINGTON, D.C. -En noviembre de 2002 entrevisté a Guillermo Ford, pocos días antes de que abandonara su cargo como embajador panameño en Washington. Uno de los puntos notables de la entrevista fue que Ford, conocido por su estilo franco de hablar, en dos ocasiones usó la palabra "imperio" para referirse a Estados Unidos.
Los panameños llevamos muchos años de referirnos al "imperio" en nuestras conversaciones privadas, pero me llamó la atención que un diplomático en Washington lo hiciera públicamente. También fue llamativo porque los estadounidenses no se ven a sí mismos como imperialistas; más bien lo consideran un insulto.
Pero eso está cambiando. En los últimos meses se ha desatado un debate público en Estados Unidos sobre si el país es, no es, o debiera ser un imperio. Contrario a la tradición antiimperialista de Estados Unidos, se ha descubierto que los neo-conservadores que respaldan al presidente George W. Bush tienen mucho tiempo de estar arguyendo, tras bastidores, que en este mundo unipolar es hora de que Estados Unidos abiertamente asuma el rol imperialista que le corresponde. Para los adherentes de esta línea (por ejemplo, los analistas Charles Krauthammer, William Kristol, Max Boot, junto con el vicepresidente Richard Cheney y el subsecretario de Defensa Paul Wolfowitz), los ataques del 11 de septiembre confirmaron y legitimaron la necesidad de que Estados Unidos haga precisamente eso. A esa postura también se suma el historiador británico Niall Ferguson, autor de Colossus: The Price of America's Empire, (Coloso: El precio del imperio americano), publicado este año por Penguin Press. Ferguson sostiene que el imperialismo al estilo anglosajón es una cosa buena -no mala- por lo que sería un beneficio para el mundo que Estados Unidos reconociera su estatus de imperio de facto y ejerciera su enorme poder a la luz de esa realidad.
Los proponentes de un franco imperialismo estadounidense vislumbran un "imperio benévolo", un "imperio liberal", o como lo tildó un comentarista: "imperio lite". En lo personal, yo me inclino a pensar que un "imperio benévolo" es tan paradójico como una "dictadura benévola"; noto que Ferguson, siendo inglés, escribe del imperialismo anglosajón desde la perspectiva de la potencia gobernante, no de los pueblos súbditos. No obstante, su libro me pareció muy interesante, como una especie de enciclopedia del imperialismo; una de las cosas que aprendí -confieso que no lo sabía- es que cuando Egipto estuvo bajo la esfera imperialista de Inglaterra, el Canal de Suez estaba rodeado por una enorme "zona del canal" que era del tamaño de Massachusetts y que tenía a 80 mil soldados británicos acantonados. Dejaré para otro día una exploración de esos paralelos con Panamá, pero sí les diré que Ferguson plantea que los países centroamericanos -sin referirse a Panamá- se hubieran beneficiado más de haber sido anexados a Estados Unidos, que de sufrir repetidas intervenciones. El critica que las múltiples intervenciones estadounidenses en Centroamérica fracasaron precisamente por ser esporádicas, en vez de responder a una estrategia sostenida de tutela imperialista.
Un "déficit de atención" -es decir, demasiado apuro en deshacerse del problema- es para Ferguson uno de los problemas más graves de las intervenciones estadounidenses que, según él, consisten de siete etapas características: 1. impresionante éxito militar; 2. evaluación errónea del sentimiento indígena; 3. estrategia de guerra limitada y aumento gradual de fuerzas; 4. desilusión doméstica frente a lo prolongado y desagradable del conflicto; 5. democratización prematura; 6. ascendencia de consideraciones económicas domésticas; 7. retirada.
Varios comentaristas estadounidenses han observado que ese análisis es perfectamente aplicable a Irak. Lo que a mí me intriga, sin embargo, es el hecho de que los neo-conservadores que respaldan a Bush no solamente tenían un plan encubierto para invadir Irak desde mucho antes del 11 de septiembre, sino que ahora hemos descubierto que Irak es solo el primer paso de un plan mucho más amplio para concretar el dominio global imperial de Estados Unidos. ¿Es eso algo bueno o algo malo? ¿Debe el planeta someterse o resistirse? ¿Es correcto o no que países como Francia intenten hacerle contrapeso al presunto imperio estadounidense? ¿Cuáles son las opciones para países como Panamá, pequeños, sin poder, y en el patio estadounidense?
Son temas que los panameños debemos comenzar a analizar y que la política exterior del próximo gobierno panameño tendrá que atender.
La autora es corresponsal de
La Prensa
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