Bruce Lee
A todos los que compartimos su vida, nos hubiera gustado disfrutar de su jovialidad y de su chispa contagiosa por muchos años más
Linda M. Sollberger T.
Aquel verano de 1990 cuando lo conocí, corriendo de un lado para otro, atendiendo varios clientes a la vez, qué lejos estaba yo de sospechar que iría a formar parte muy importante de mi familia.
Enseguida me encanté con su personalidad carismática y con la atención profesional que me brindó; su contagiosa sonrisa me cautivó al instante. Además de que nos identificamos como paisanos, porque por mis venas corre un pequeño porcentaje de sangre oriental, sin saber por qué inconscientemente hubo una química casi maternal.
Dos años después se graduaba mi hija Claudia de la secundaria, y como estaba deseosa de trabajar, contacté a mis amistades en el círculo de la banca, que era en el que me desenvolvía.
Al poco tiempo, Claudia entró a trabajar en Pribanco de El Dorado, siendo luego trasladada para la sucursal de Ancón.
Allí se conocieron. Claudia me contaba los episodios de sus encuentros. Estaba impresionada con su personalidad; él era 11 años mayor que ella. Yo le hice saber que lo había conocido años atrás, y la buena impresión que me había causado.
Cuando lo volví a ver en mi casa, ambos nos miramos acordándonos dónde y cómo nos habíamos conocido. Este segundo encuentro fue muy ameno, como si nos hubiéramos conocido de siempre.
Con el tiempo, la relación entre ellos se volvió más formal. Iba seguido a casa, teníamos largas conversaciones de todo tipo y coincidíamos en muchas ideas. Era muy divertido conversar con él.
Además de ser fanático empedernido del fútbol, le encantaba comer y a menudo solía invitarme a comer con ellos.
El 16 de mayo de 1998 se casaron. Esa noche la disfrutamos al máximo. Todo quedó hermoso, y Bruce y Claudia estaban felices. A los 15 meses nació Carolina Victoria y 11 meses mas tarde, Claudia Patricia.
Se ha ido sin conocer a su hijo Brandon Michael, quien cada día se le parece más, no solo físicamente sino por el "buen diente".
¡Fue un padre amoroso, proveedor, responsable, irremplazable! Cada día que pienso en él, me siento más feliz de haberlo conocido.
Ha dejado sus huellas en la figura de sus tres bellas criaturas que lo recuerdan cada día.
A mí y a todos los que compartimos su vida, nos hubiera gustado disfrutar de su jovialidad y de su chispa contagiosa por muchos años más; pero solo Dios todopoderoso ordena el momento en que debemos reunirnos con El.
Teníamos la misma manera de pensar, y extraño sus conversaciones, que siempre terminaban en el tema de la familia por representar lo más importante para ambos. ¡Sentía pasión por su familia!
Hablábamos sobre los planes e ideas infinitas que tenía para aumentar su patrimonio. Su objetivo principal era el bienestar de su familia. Era un planificador incansable. ¡Vivió la vida con intensidad!
Estoy segura de que todos los que lo conocieron comparten mi opinión. Cuando le celebraba algún logro decía: "viste pues, así es la vida", como restándole importancia.
Me concedió el honor de su última sonrisa y por eso me siento bendecida. Jamás lo olvidaremos. Su recuerdo vivo y espiritual estará con nosotros siempre.
Hoy, 25 de marzo, casi un año después de su partida, he encontrado la fortaleza necesaria para escribir estas remembranzas.
Como nos enseña el maestro Sri Sri Ravi Shankar: "Se necesita cierto nivel de madurez para ver las cosas como son, y no culpar al camino, a uno mismo, o al mundo".
¡Hasta siempre, Bruce Lee!
La autora es miembro de la Fundación el Arte de
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