La liberación
Cuando Marianne fue liberada decidió irse, junto con otras cinco jovencitas, caminando hasta Hungría
Nubia Aparicio S.
naparicio@prensa.com
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LA PRENSA/Jihan Ridríguez
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Marianne Granat
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De pronto, el panorama cambió. Algo bueno estaba sucediendo, porque se escuchaba el sonido muy fuerte el sonido de los cañones, relata Marianne y agrega que en su desesperación, los SS evacuaron a todos los prisioneros.
Cuenta que caminó junto con cientos de prisioneras unos 36 kilómetros desde el campo de concentración de Ravensbruck hasta un pequeño campamento llamado Retzow. Debido al agotamiento, ahí durmieron durante 48 horas. Cuando se despertó pudo confirmar que no había presencia de los SS.
No podía caminar y se movilizaba "en cuatro patas". Como pudo llegó hasta la barraca donde comían los SS y se llevó parte de los alimentos que habían dejado y le dio a su hermana y demás compañeras. Muchas murieron en ese momento, de hambre y de agotamiento.
De pronto llegó un soldado ruso armado que solo dijo en su idioma: "quiero té". "Con la aparición de ese soldado supimos que éramos libres", relata.
Marianne recuerda que en el lugar había un espejo y todas quisieron verse cómo lucían, "estábamos flaquísimas y la mayoría enfermas".
Marianne fue liberada el 2 de mayo de 1945 por el Ejército Rojo (Unión Soviética). "Ese fue el día más feliz de mi vida", dice, con una dulce sonrisa.
Un aspecto que recuerda es el hecho de que luego de ser liberados, los rusos les dieron comida, y ellas comieron en exceso, porque no había control, lo que le produjo la muerte a muchas, porque los rusos no estaban preparados para darles los cuidados necesarios para restablecerles la salud. El estómago se les había reducido porque aguantaban mucha hambre.
El regreso
Cuando Marianne fue liberada decidió irse, junto con otras cinco jovencitas, caminando hasta Hungría. Dos de ellas eran menores de edad, entre las que se encontraba una de 14 años, oriunda del norte de Hungría, quien hablaba ruso, lo que les facilitó el viaje en la zona rusa de Alemania.
Había terminado la guerra en Europa, Alemania se encontraba en una anarquía total. Todo estaba devastado: no había carreteras buenas, ni puentes, ni transporte, aunque algunas veces en el camino se encontraron con puentes improvisados que les permitían seguir su camino.
Muchas veces, los soldados rusos que se encontraron en el camino se apiadaban de ellas y les daban "aventones" que las acercaban a su destino.
Marianne cuenta que fue una verdadera odisea la que pasaron ella y sus cinco acompañantes para llegar a Hungría, su tierra natal. El trayecto fue de más o menos cuatro semanas. Antes de que cayera la noche buscaban un lugar donde refugiarse, porque el ambiente era muy peligroso.
Un episodio que para Marianne es digno de mencionar fue el hecho de que en el camino se encontraron con un hombre que cosechaba flores al frente de una casa. Ese hombre debía tener un corazón noble, pensó ella y se lo comunicó a sus acompañantes, por lo que se le acercaron y le dijeron que necesitaban refugio para dormir en la noche. El buen hombre se apiadó de ellas y las escondió en el último piso de la casa. En la noche llegaron unos soldados rusos y el hombre los emborrachó para que no se dieran cuenta de que ellas estaban ahí. Al amanecer, siguieron su camino y así, poco a poco, llegaron a Hungría.
Marianne y su hermana se separaron de las demás jóvenes cuando llegaron a Hungría. Una de ellas, llamada Lea, de 12 años, tenía que seguir el camino sola, porque su destino era Belgrado, Yugoeslavia.
Desde entonces no ha sabido de ellas.
Reecuentro con Alexandre
Ya en Hungría, en un proceso de recuperación, Marianne se reencontró con Alexandre Granat, quien había sido su novio antes de ser deportada. Alexandre también había sido prisionero de guerra, y hacía trabajos forzados en Ucrania.
Una vez liberados él la buscó hasta encontrarla. Sin embargo, ella ya no era la misma persona, "porque con todo lo ocurrido no tenía sentimientos... era una persona completamente distinta a como fui antes de que me deportaran", expresa Marianne y agrega que "él fue muy persistente y si no hubiera sido por su paciencia y su amor, estoy segura de que no hubiera sobrevivido".
El era un hombre excepcional, tenía una mente muy amplia y me ayudó a superar el trauma y me hizo regresar a la vida normal, aunque uno con esta experiencia queda marcado para toda la vida.
Marianne llegó a Panamá el 7 de enero de 1981, luego de que su esposo fue escogido como rabino por la congregación Kol Shearith Israel.
-¿Qué quería Hitler?
-Siempre me he hecho esa pregunta, y nunca he encontrado una respuesta satisfactoria. No obstante, pienso que él quería ganar adeptos y pensaba que matando a los judíos lo iba a lograr. Esa era su estrategia. Se aprovechó del antisemitismo latente que existía desde la Edad Media en Alemania.
Enseñar el odio es más fácil que enseñar el amor. Mire cómo son los niños: cuando ven un juguete les gusta destruirlo, quebrarlo. Al hombre por naturaleza no le cuesta destruir, es por eso que necesita educación. Dios tuvo que crear mandamientos, uno de los cuales señala: "No matarás". También el Libro Levítico dice: "Ama a tu prójimo como a ti mismo". Hay que querer a los demás.
Es muy difícil hacer el bien, pero qué fácil es hacer el mal. Es triste reconocerlo, pero la naturaleza del ser humano es así.
-¿Para Ud., cuál fue la lección de semejante experiencia?
Lo que sucedió en Auschwitz constituye el punto más bajo donde pudo caer la humanidad. Pese a todo lo ocurrido, uno tiene que levantar la cabeza y pensar que hay que mejorar y aprender y no dejar que esto suceda otra vez con ningún pueblo del mundo.
-¿Pensó alguna vez en borrarse el número que tiene tatuado en su brazo?
-Jamás, porque eso sería borrar la historia. Se trata de una evidencia importante que permanecerá en mí en memoria de los muertos... es lo menos que puedo hacer.
-¿Ha visitado Ud. Alemania después de esos hechos?
-Durante muchos años rechacé todo lo que tenía que ver con Alemania. Hasta el más pequeño objeto me causaba repudio. Pero luego fui superando eso, porque me puse a pensar que los hijos no tienen la culpa de lo que hacen sus padres, así es que cuando ya había una nueva generación, fui a Alemania de visita. Estando allá sentía una sensación extraña dentro de mi corazón, pero se me fue pasando poco a poco.
Marianne confiesa que no pudo hablar del tema durante 25 años, luego de ser liberada. Le huía al tema, por un lado, por las heridas que le causaba revivir todo lo acontecido y, por otro, sentía que quien no pasó por esa experiencia, no la iba a entender.
Así terminamos con esta sobreviviente del Holocausto, quien, a pesar de ser testigo de una tragedia sin precedentes, ama al género humano; lo percibimos en su rostro de mujer sabia, en sus palabras y en su mirada profunda.
Una mujer que hoy, a los 80 años, cuenta una historia que vivió en carne propia y que jamás podrá ser olvidada ni por el pueblo judío, ni por el mundo entero.
El Holocausto
Durante el Holocausto fueron asesinados unos seis millones
de judíos de todas las edades y de todas las capas sociales. Otros cientos
de miles que se salvaron porque encontraron un escondite y empuñaron las armas -así como
los remanentes en los campos de concentración- no quisieron regresar, en su
mayoría, a su vieja residencia, a la tierra de los sepulcros; se negaban a
reiniciar una vida en el exilio. Los pocos judíos sobrevivientes de esa época
de tinieblas, de suplicio y de crimen, que volvieron a su lugar de residencia
anterior, fueron acogidos con ira y con odio; a muchos de esos sobrevivientes
las bandas polacas le dieron muerte enseguida después de la liberación.
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