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Número de prisionera: A-10423

'No podía creer semejante atrocidad, no me imaginaba que algo así podía estar ocurriendo en el mundo', expresa Marianne

Nubia Aparicio S.
naparicio@prensa.com

LA PRENSA/Jihan Rodríguez

Marianne Granat cuenta su experiencia vivida en los campos de exterminio de la Alemania nazi. Obsérvese en su brazo izquierdo el número que los SS le tatuaron, igual que lo hicieron con todos los prisioneros.

Todavía resuenan en los oídos de Marianne Granat los gritos de horror de aquellos que en su desesperación se negaban a entrar en las cámaras de gas, donde sufrían una muerte atroz.

Marianne tenía 20 años cuando fue deportada junto con sus padres y hermana de Hungría al campo de exterminio de Ausch-witz. Sus padres fueron asesinados, pero ella y su hermana, Georgette, pudieron sobrevivir.

En su fisonomía lleva el sufrimiento de esa humanidad maltratada. Su rostro, de rasgos firmes y seguros, representa a los hombres y mujeres que padecieron durante la dictadura de Adolfo Hitler y que hoy permanecen vivos como banderas de una generación que le dice al mundo, que hechos como estos no deben repetirse jamás.

Según Marianne, cuando se muera difícilmente quedará alguien que pueda hablar sobre esos hechos criminales, "porque estoy entre los sobrevivientes más jóvenes del Holocausto", pues tenía 20 años en aquel entonces. Los compañeros que tenían 30 años en adelante ya se han ido, han muerto.

No lo podía creer

"Pronto te vas a convertir en humo", le dijo un prisionero de Auschwitz a Marianne poco tiempo después de su llegada al temible campo de concentración.

La joven prisionera no podía creer lo que escuchaba; venía de un hogar culto, donde los temas humanísticos predominaban. Se había dedicado a estudiar canto y piano, desde los 14 años.

"No podía creer semejante atrocidad, no me imaginaba que algo así podía estar ocurriendo en el mundo", expresa Marianne.

Ella tenía una bella voz y sus compañeras de deportación le pedían a menudo que les cantara. Su repertorio consistía en arias de ópera y también en canciones clásicas, como el Ave María, de Gounod, que ella cantaba con el corazón delante de los alemanes para ver si les llegaba a sus conciencias.

-¿Tendrían conciencia?

-La mayoría de ellos tenía el cerebro lavado; mire hoy en día cómo esos jóvenes suicidas en algunos países del Medio Oriente se llenan de elementos explosivos para asesinar a terceros, lo que les cuesta también la vida a ellos; eso no es normal, lo que pasa es que están adoctrinados desde la infancia. En el caso de los SS (elite de la Gestapo) y demás seguidores del nazismo, adoraban inexplicablemente a Hitler... él era como un Dios para ellos.

Marianne cuenta que un día una mujer SS fue a verla a la barraca y le entregó un pedazo de papel con notas. Era una canción escrita por un prisionero de Auschwitz. La mujer dijo que regresaría al día siguiente para escucharla cantar. Después de eso iba a menudo a visitar a Marianne para que le cantara y algunas veces le pidió que fuera a su cuarto donde la prisionera la deleitaba con sus canciones.

Marianne recuerda que un día llegó un grupo de jóvenes gitanas a la barraca donde ella se encontraba. Las gitanas cantaron, bailaron y leyeron las palmas de las manos de algunos. Al día siguiente, en la noche, los SS se las llevaron... toda esa noche se escucharon gritos en el campamento. Era un ruido infernal, horrible, que a Marianne le resuena hoy día en sus oídos... "nadie pudo dormir", recuerda.

Se enfrenta a la verdad

Al día siguiente, cuando fue invitada una vez más por la mujer SS para que le cantara, y estando frente a ella, se armó de valor y le preguntó si podía explicarle sobre los gritos horribles que había escuchado la noche anterior.

Sin ninguna alteración en su rostro y de la manera más natural del mundo, la mujer contestó: "eran las gitanas que gritaban, porque se resistían a entrar a la cámara de gas".

"Las palabras de aquel hombre en el sentido de que ya me llegaría la hora de entrar al horno, fueron confirmadas, con un desparpajo increíble, por aquella mujer de las SS", recuerda Marianne casi con un susurro.

Finalmente tuvo que admitir la cruel verdad. "Mis ojos se abrieron a la realidad y ese día se dio el comienzo de mi aprendizaje en Auschwitz", señala Marianne.

Las palabras de aquella mujer siempre resonaban en su mente: "¿Verdaderamente supo ella lo que me dijo en ese momento?, ¿cómo podía una persona aparentemente normal aceptar ese horror cotidiano y participar en éste activamente, sin ningún remordimiento?, ¿cómo podía ella acostarse por la noche en su cama, dormir profundamente con la conciencia tranquila, mientras a solo algunos cientos de metros continuaba la masacre, día y noche, de millones de seres humanos?, se preguntaba Marianne.

-¿Cómo se salvó Marianne del Holocausto?

-Cuando a nosotros nos llevaron a Auschwitz era casi la última fase de la guerra (1944 - 1945). Quienes llegaron a los campos de aniquilación en los años 42 ó 43, tenían menos oportunidad de sobrevivir, mientras que nosotros, que llegamos cuando solo faltaba un año para la terminación de la guerra, tuvimos más posibilidad de salvarnos, a condición de ser jóvenes, resistentes, tener buena salud y mucha suerte.

Para Marianne, quienes quieren hacer entender que el Holocausto no existió, cometen un crimen.

"Quienes quieren negar este acontecimiento cometen una injusticia tremenda... es como matar otra vez a los muertos", dijo.

Marianne y su familia llegaron a Auschwitz el 10 de julio de 1944. Sus padres fueron asesinados cuatro meses después de su llegada al campo de exterminio.

Relató que su madre estaba en Auschwitz - Birkenau en el campamento C, al frente del B2 donde ella se encontraba con su hermana.

Algunas semanas más tarde también llegó al campamento una tía suya que por la impresión se volvió loca. Muy poco duró, porque pronto fue "seleccionada" para ir al horno.

Cada día, Marianne podía hablar con su madre a través de los alambres eléctricos de púas que dividían los campos.

Todo el que llegaba a Auschwitz tenía que aprenderse las normas de sobrevivencia, porque, de lo contrario, moría o lo mataban. Se trataba, según Marianne, de otro planeta, donde había otras condiciones absolutamente anormales.

Las cámaras de gas funcionaban día y noche. El humo y el olor a carne quemada se sentía en todo el campamento, a toda hora.

"Quienes estábamos ahí tratábamos de sobrevivir como lo hace un animal", subraya Marianne.

Relató que supo que a su madre la asesinaron el 2 de octubre de 1944.

Marianne no sabe exactamente la fecha de la muerte de su padre, pero lo que sí está segura es que fue cerca de la fecha de cuando asesinaron a su madre. "Supe de él porque de alguna manera le hizo llegar un papelito a mi madre en el cual le decía que debía prepararse para un largo viaje", relata Marianne. En el mismo papel, el padre de Marianne indicaba que estaba seguro de que sus hijas se salvarían de la masacre.

Recuerda que su hermana y ella siempre estuvieron juntas, nunca se separaron y cuando una se enfermaba la otra la ayudaba... "eso nos salvó la vida", asegura.

Marianne relata que en una ocasión su hermana estaba muy enferma, tenía una fiebre demasiado alta, a tal punto de que deliraba. Por lo general los enfermos eran "seleccionados" para ir al horno, razón por la cual ella decidió llevársela amarrada a su cinto cuando tuvo que irse a trabajar en la limpieza de las ruinas en la ciudad de Braunschweig, al norte de Alemania.

Fallido encuentro con su padre

Un acontecimiento que Marianne recuerda con un dolor incontenible es que en uno de esos encuentros que tenía con la mujer SS a la que le gustaba oírla cantar, le dijo que quería ver a su padre, a lo que ella le contestó: "mañana voy a venir a buscarte y voy a llevarte donde él está".

Pero en Auschwitz nada era predecible, señala Marianne, y agrega que en cualquier momento podía suceder lo que menos uno esperaba.

Ese día Marianne amaneció con la gran ilusión de que iba a ver a su padre; estaba esperando que la mujer SS cumpliera con su palabra, porque le pareció que no la estaba engañando.

De repente se escuchó una orden: "fuera de las barracas", y "tuvimos que salir y después de muchas horas de espera, abordamos un tren que nos llevó a otro campo de exterminio llamado Bergen-Belsen, en el norte de Alemania...ese fue mi último día en Auschwitz. Ese día supe que la última esperanza de ver a mi padre, se había esfumado para siempre, relata Marianne con las lágrimas a punto de salírseles de sus expresivos ojos de color café.

El viaje para llegar al otro campamento duró 48 horas, tiempo durante el cual los prisioneros solo probaron un pedazo de pan.


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