¿Caras nuevas o personas nuevas?
Tanto el gobierno saliente como el entrante tienen la bella ocasión de culminar el proceso electoral con una transición llena de justicia y de democracia
Néstor Jaén S.J.
En el quinto domingo de Pascua recién pasado, las lecturas bíblicas de la misa giraron en torno a un concepto y una realidad: lo nuevo. "Los Hechos de los Apóstoles" nos hablaban de la novedad religiosa de extender el cristianismo a comunidades nuevas, no solo judías sino gentiles. "El Apocalipsis", por su parte, proclamaba un cielo nuevo y una tierra nueva, y ponía en boca del Señor la frase "Yo hago nuevas todas las cosas". Se trata del final de la historia y más allá. Y por último en el Evangelio Jesús nos exhorta a vivir el mandamiento nuevo del amor. Pero, ¿por qué nuevo? Porque hay que vivirlo como El lo vivió. En el lenguaje común la palabra nuevo suele indicar algo que se usa por primera vez, algo que se estrena: ropa nueva, carro nuevo, casa nueva, y en el contexto político funcionarios que comienzan. En la Biblia el término nuevo tiene una connotación mucho más profunda. Es la transformación de lo malo en bueno o de lo bueno en algo mejor. A veces coinciden los dos sentidos, pero no necesariamente es así. Lo que leímos y comentamos el domingo se mueve en el segundo sentido.
Estas lecturas han sido muy oportunas porque nos llegaron inmediatamente después de las elecciones en las que venció la nómina "Patria Nueva". En nuestro país deberíamos aplicar la frase de los llamados documentos de Medellín de la Iglesia católica latinoamericana, emitidos en 1968, que nos dicen que no habrá un continente nuevo sin personas nuevas. Aplicada la frase a nosotros, tenemos que decir que no habrá una Patria Nueva sin hombres y mujeres nuevos. En Panamá se repite una y otra vez que queremos caras nuevas en la Asamblea, en los ministerios y en otras entidades gubernamentales. Es lógico para quien ha tenido experiencias negativas de ciertas "caras viejas". Pero esto no es automático. Hay caras viejas que son muy respetables y nuevas que tal vez no lo sean tanto. El tiempo lo dirá.
En los últimos días se han publicado escenas repugnantes de las torturas infligidas por soldados estadounidenses e ingleses a prisioneros iraquíes, y se dice que hubo muchas más en Afganistán. Aquí se palpa vivamente el doble mal: el estructural y político de dos guerras injustas y el personal de hombres y mujeres sádicos que gozan, como se refleja en sus rostros, con el sufrimiento y la humillación sexual de sus víctimas. Políticas y personas "viejas" en términos bíblicos, dos realidades a combatir.
El próximo gobierno panameño que se inicia con muy buen pie, pues ha recibido un mandato contundente del pueblo, merece nuestra felicitación más sincera y a la vez nuestra voz de alerta para que trate de cumplir de la mejor manera posible con sus promesas electorales. Ojalá que las caras nuevas signifiquen personas nuevas, y que las viejas que irán apareciendo sean también nuevas en el sentido de corregir errores del pasado, si los hubo, y empezar otra vez.
Al hablar de las realidades nuevas y de las personas nuevas no podemos soslayar el tema de la nueva Constitución y de quienes deban redactarla, que también deben ser no solo caras nuevas, sino hombres y mujeres nuevos en sus valores y conductas como personas, como miembros de comunidades locales y organizaciones civiles y como autoridades de un país. El tema ha comenzado a agitarse de nuevo después de las elecciones. La opinión del Comité Ecuménico -y que aquí transmito a la comunidad- es que nuestra posición quedó muy clara en las libretas en las que recogimos alrededor de 100 mil firmas, incluidas las de los cuatro candidatos presidenciales. Ahora, pensamos, les toca a los legisladores de gobierno y de oposición ponerse de acuerdo para ser fieles a lo que en su tiempo nos manifestaron en la Asamblea Legislativa, o para mejorar las propuestas. El Comité Ecuménico no pretende tomar posiciones partidistas, sino buscar lo que sentimos es mejor para Panamá.
Un último deseo. Quiera el Señor que el período de transición que ahora se está poniendo en marcha, esté libre de atrincheramientos e intereses que no sean los mejores para Panamá. Tanto el gobierno saliente como el entrante tienen la bella ocasión de culminar el proceso electoral con una transición llena de justicia, de comprensión y de democracia, con actitudes nuevas que reflejen una realidad de personas también nuevas. Que así sea.
El autor es sacerdote jesuita
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