Panamá, 14 de mayo de 2004
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Caín y Abel

Lo que queremos oír de Manjarrez es una sola cosa: su arrepentimiento

Octavio Sandoval
osandoval@prensa.com

"Pasó algún tiempo, y Caín hizo a Yahveh una oblación de los frutos del suelo. También Abel hizo una oblación de los primogénitos de su rebaño, y de la grasa de los mismos. Yahveh miró propicio a Abel y su oblación, mas no miró propicio a Caín y su oblación, por lo cual se irritó Caín en gran manera y se abatió su rostro. Yahveh dijo a Caín: '¿Por qué andas irritado, y por qué se ha abatido tu rostro? ¿No es cierto que si obras bien podrás alzarlo? Mas, si no obras bien, a la puerta está el pecado acechando como fiera que te codicia, y a quien tienes que dominar". Génesis 4, 3-7.

La Iglesia católica panameña está siendo escrutada hoy por nuestra sociedad: dos de sus miembros son juzgados en este momento. Uno, por haber asesinado a su hermano; y otro, de alguna forma también está siendo enjuiciado, pero sin defensa y frente a muchos acusadores. Manjarrez, seducido por el demonio e invocando su libre albedrío, dispuso de la vida del padre Altafulla, así de simple. Yo, en nombre del demonio, reclamo para mí la vida de este hombre. Y digo en nombre del demonio, porque solo hay un Dios de la vida y sería negarse a sí mismo si destruyese su obra. En ese momento y en los interiores de una iglesia, el demonio se enseñoreó, aliándose a un débil e inseguro Marcos Manjarrez. Decía Einstein que el mal no existe por sí mismo, sencillamente es la ausencia de Dios en el corazón del hombre; y ante ese vacío en el corazón de un hombre como Manjarrez, el demonio tomó posesión utilizándolo como instrumento idóneo para su plan: a la puerta está el pecado acechando como fiera que te codicia, y a quien tienes que dominar. Aunque suene muy pío prefiero entenderlo así.

La realidad es una: el responsable del asesinato de monseñor Altafulla confesó su crimen... No podemos hablar de presunción de inocencia ni que alguna duda le favorezca, no hay atenuantes excluyentes que pudiesen aflojar un poco el nudo que se le hace en la garganta al señor Manjarrez. Bien, frente a una escena así los ocho (siete en total, más uno por cualquier cosa) miembros del jurado se deben hacer una sola pregunta: ¿por qué lo mató? Aquí es donde entra Rafael Rodríguez -la defensa- con todos sus argumentos y suertes escénicas al hacer gala de un verbo recursivo, que siempre que lo he visto en acción, al final no me queda más que aplaudir. No quedará piedra sobre piedra, cual aspirante a psicoanalista se concentrará en cada miembro del jurado, y a uno por uno irá repasándole la vida tanto de su defendido como de la víctima. Hasta que llegue al punto donde se cruzan. Que no debió ser de otro modo, cruzarse nada más... hasta el día en que su defendido sentenció un hasta aquí. Y por qué le interesa la víctima, sencillo: no puede justificar el hecho abominable del asesinato y usa la estrategia de hacer del asesino un héroe. Manjarrez le hizo un favor a la Iglesia, por ello no es justo que lo condenen.

Marcos Manjarrez fue a donde el padre Altafulla por su propia voluntad y en sus cabales, en un acto libre y autónomo, sin amenaza ni coacción. No hay más nada de qué hablar. No hubo provocación ni violencia hasta que se cruzaron. Dígase lo que se diga, solo él sabe su verdad. Aunque todo apunte a un TMT (Trastorno Mental Transitorio), la sociedad representada en el jurado no apuesta por la venganza ni el linchamiento, su trabajo es buscar la verdad de los hechos y sobre esto juzgar, según los dictámenes de su conciencia. Cuando en circunstancias normales el ser humano domina sus pasiones, no se le ocurre matar a nadie porque le digan negro o porque un rencor enfermizo ceda a sus bajos instintos. Lo que todos queremos oír de Manjarrez es una sola cosa: su arrepentimiento. Sin embargo, esto no está en la estrategia de la defensa. La defensa lo que busca es la libertad de un asesino confeso, cualquier otra cosa sería aceptar la derrota, y Rafael Rodríguez jamás enarbolaría la bandera blanca de la rendición. El no arrepentirse significa que si se dan las circunstancias lo haría otra vez, y el jurado de conciencia muy pocas veces entra en estas disquisiciones.

Yo no podría ser jurado de conciencia, al menos en circunstancias tan especiales como las que rodean el juicio de Marcos Manjarrez. Me temblaría el pulso para mandar por 20 años a la cárcel a un sujeto que lo más probable es que sea la primera y última vez que lo vea en mi vida. Tampoco tendría agallas para mandarlo graciosamente a su casa; el rostro de la víctima pidiéndome justicia, me perseguiría hasta el último día y la última noche de mi existencia. Ser jurado de conciencia no debe ser nada placentero. A esto se suma el hecho de que en un país tan pequeño como el nuestro todos nos conocemos, y por pura paranoia no saldría de mi casa. Cualquier persona tan pronto es elegida para ser jurado tiene un problema de conciencia que no termina con el veredicto. No creo que ellos reparen en la mala suerte de la víctima; el padre Altafulla lo único que inspira en este momento -dos años después de su muerte- es lástima. El mismo sentimiento que la defensa quiere infundir en el jurado: que vean a Manjarrez con lástima.

En su última homilía el 18 de mayo de 2002, en la vigilia de Pentecostés, la noche antes de su muerte, el padre Altafulla habló de la reconciliación, de la paz y el perdón. Decía que solo aquel que ama, que ha experimentado la gracia del espíritu del Señor puede perdonar. No de palabra, sino con el alma. Por qué mató Caín a Abel: envidia, celos, egoísmo, venganza, resentimiento por no sentirse amado. Creía él que Dios amaba más a su hermano, por eso lo mató. Lo mató por falta de amor. Una persona que no tiene amor y paz en su corazón, actúa con violencia hasta llegar a matar. Para qué lo mató: creía que matando a su hermano esos sentimientos desaparecerían. Abel bien se hubiese podido ir para otra parte, pero Caín no descansaría hasta verlo muerto. Y así fue...

El autor es abogado

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