Panamá, 9 de abril de 2004
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Fe

Hoy Viernes Santo, en este otoño de la vida y recogido en mi fe, ruego a mi Dios me dé la fuerza de sufrir mi calvario (cualquiera que sea y cuando sea) con la misma serenidad y coraje que me regaló para vivir esta vida

I. Roberto Eisenmann, Jr.

Hace algún tiempo escribí un artículo titulado "No creo en la muerte", en el que explicaba que aunque mi fe ciertamente tiene ingredientes de la religión católica que practico, ésta me viene primariamente de vivencias que he tenido en la vida ya que en ocasiones, al estar cerca de lo que llamamos "la muerte", con un tiempo largo para pensar y sentir lo que me estaba ocurriendo, se consolidó en mi alma la convicción de que no existe la muerte sino un tránsito de una vida conocida a otra que no conocemos aún. Como todo cambio radical, el tránsito no se produce sin trauma ni sin calvario, pero luego de éste vendrá esa otra vida que no tiene por qué no ser sino maravillosa.

A veces me muevo entre gente muy inteligente, en su gran mayoría mucho más inteligente que yo; estoy acostumbrado a escuchar en ese círculo a aquellos no creyentes, ateos o agnósticos describir con un pechudo orgullo su falta absoluta de fe: "yo creo en lo que veo y en lo que está científicamente comprobado" -dicen con aquel aire de superioridad intelectual-; "a mí nadie me vende cuentos y milagros; eso es para los ignorantes" (en inglés existe la frase ignorance is bliss). Lo más trágico de estas personas es que no tienen ni el más mínimo deseo de creer, aunque aceptan que los verdaderos creyentes vivimos con un espíritu más sereno y parece que gozamos con mayor intensidad el regalo de la vida y de esas milagrosas criaturas de la naturaleza que son motivo de una expansión y regalo para el alma.

Cuando hablo de verdaderos creyentes no estoy hablando simplemente de aquellos que asisten a la iglesia o templo de su preferencia, ya que hay muchos que asisten "por obligación", "por disciplina", "porque así me lo enseñaron mis padres" o porque tienen el deseo de poder creer. Conozco creyentes de verdad a quienes por multiplicidad de razones muy justificables no se les ve en las iglesias o templos...y a otros que prefieren asistir al templo cuando no hay nadie, para poder comunicarse con su Dios en silencio...un silencio que les permite oír, con una claridad imposible durante una misa o servicio lleno de gente.

Conozco también personas que nacieron en su religión, fueron a escuelas religiosas durante toda su juventud donde les enseñaron y aprendieron todo lo que se debe saber sobre los dogmas de su religión y, si acaso, cumplen con la misa o servicio; van como autómatas a cumplir. Asimismo sé de otros (el mío es un caso) que practican su religión por escogencia, que saben muy poco de los dogmas pero que a su manera son profundos creyentes y tienen una fe genuina que les nace del alma, con una convicción que no se resquebraja ante cuestionamientos de intelectualoides orgullosos de su ateísmo.

Hoy Viernes Santo, en este otoño de la vida y recogido en mi fe, ruego a mi Dios me dé la fuerza de sufrir mi calvario (cualquiera que sea y cuando sea) con la misma serenidad y coraje que me regaló para vivir esta vida en la que todavía siento que tengo mucho que dar en ese deseo de procurar cumplir con Su mandato.

El autor es presidente de la Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana

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