La dañina y destructiva hierba canalera
Esta hierba, si no la controlamos, puede acabar con los bosques que protegen la cuenca hidrográfica
Andrés Tello Pérez
En este verano se han producido varios incendios forestales en los suburbios periféricos de nuestra ciudad capital. El último -de grandes proporciones- ocurrió el jueves 25 de marzo en la tarde, en el sector de Cocolí, en el lado oeste del Canal y se quemaron y destruyeron 14 autos que pertenecían a los empleados de la empresa Bilfinger & Berger, que construye el segundo puente sobre el Canal. En este mismo mes de marzo, el viernes 19, también se produjo otro incendio en el lado este de la vía interoceánica, en los campos de Albrook y Clayton, detrás del colegio Las Esclavas.
Entre los dos incendios se quemaron más de 150 hectáreas de bosques. Gracias a Dios, no hubo pérdidas humanas; pero sí murieron incalculables especies silvestres que viven en estos sitios; se llenó el ambiente de humo que sí afectó el sistema respiratorio de la gente que vive en el sector, y las casas y centros comerciales se llenaron de hollín.
Para controlar estos incendios, se movilizó el Cuerpo de Bomberos de la Autoridad del Canal (ACP) y los de la ciudad de Panamá y resulta que una gran cantidad de instituciones públicas, tales como Autoridad Nacional del Ambiente (ANAM); la Policía Nacional (PN); Autoridad de la Región Interoceánica (ARI) y la Fiscalía para Delitos Ambientales están ocupados tratando de encontrar al culpable porque, según ellos, hubo mano criminal que provocó dichos incendios, para caerle con todo el peso de la ley, según suponemos.
En mi humilde opinión, les indicaré quién es el culpable y dónde se encuentra para que no continúen gastando tanta energía y recursos económicos en su búsqueda.
La culpabilidad recae todita en la maligna, dañina y destructora hierba canalera, cuyo nombre científico es sacharum spontaneum que, según los datos que conocemos, es originaria del continente asiático, la trajeron los norteamericanos en la década del 40 aproximadamente y la sembraron en ambas orillas del Canal para evitar erosión del terreno. No obstante, también existe otra versión de que quizás la semilla la trajo algún barco que cruzó por el Canal y de manera accidental se quedó y se reprodujo. Es una hierba invasora porque nace con gran facilidad en nuestra tierra y en nuestro clima. Su único enemigo es la sombra. Su crecimiento alcanza hasta los 3.00 metros de alto. Produce un gran follaje y cuando llega a su edad adulta, produce una flor blanca que mide entre 30 y 40 centímetros de longitud. En cada flor hay cientos de semillas muy livianas, que la brisa se encarga de esparcir y nace en los lugares en donde no hay sombra. Cuando llega el verano, el follaje de la pata está seca y la brisa con el sol, se encargan de quitarle la humedad a las hojas verdes y por efectos naturales se puede prender hasta por combustión espontánea (sin necesidad de mano criminal). Al quemarse, produce una flama que supera los tres metros de alto y los árboles que están cerca no soportan el efecto del calor y comienzan a secarse. Una vez eliminada la sombra que producen los árboles recién quemados, esta hierba invade nuevas tierras y va ganándole terreno al bosque hermoso y valioso que rodea la ciudad. Es importante anotar que a los pocos días de quemada, vuelve a retoñar con tal fuerza como si la quema fuese un fertilizante para ella.
Los lugares de servidumbre de las líneas aéreas de transmisión eléctrica de alto voltaje están poblados de esta hierba invasora. Y en el área del Corredor Norte entre la carretera Transístmica desde Tinajitas hasta el Camino de Cruces y Chilibre, no existen bosques porque está atestada de esta hierba y ya en Cerro Azul se pueden apreciar varios manchones de esta perversa paja canalera, que al quemarse en el verano, llena el Estadio Nacional de humo y hollín, ensuciando los asientos y afectando el sistema respiratorio de la población. Hay que anotar que los animales herbívoros, como las vacas, caballos, chivos, carneros, etc., no la comen. Si los elefantes la comieran, la pudiéramos exportar a Africa y obtendríamos un ingreso para la economía nacional, pero ni esos animales la comen.
Además de todo lo arriba expuesto, esta hierba, si no la controlamos, puede acabar con los bosques que protegen la cuenca hidrográfica, se secarían los lagos, se afectaría la calidad del agua que tomamos y las operaciones de las exclusas del Canal y en un lapso no muy largo, la franja canalera se puede convertir en una zona árida y desértica.
Para remediar este peligroso mal, debemos declarar a esta hierba "enemiga número uno de la salud y la vegetación" y declararle la guerra hasta su extinción total.
El autor es mecánico industrial
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