Valoraciones éticas de una reforma en las pensiones
La decisión personal sobre la jubilación debe formar parte del grupo de las grandes decisiones de la vida del individuo
Juan Lacalle
En recientes debates al respecto de la reforma necesaria del programa de pensiones de la CSS, alcanzamos a percibir un cierto temor por aceptar que el único camino para enfrentar la debacle fiscal y financiera que se nos viene, así como las graves amenazas para los programas de desarrollo nacional, incluyendo educación y salud, es el reconocer que el sistema de reparto, conocido como PAYGO (del inglés Pay As You Go), no es viable financieramente en ninguna de sus formas, y que la solución pasa por devolver al individuo la libertad y la dignidad de decidir su propio futuro..
Para justificar su reserva, los detractores de la reforma hacia el sistema de cuentas individuales, orientado al mercado, arguyen mitos de tipo ético-moral como los que siguen:
a) El primero y más común: como no venimos al mundo con un manual de instrucciones bajo el brazo, no sabemos qué hacer con nuestras vidas y necesitamos que el Estado (los tradicionales políticos que lo dirigen) nos diga qué conviene a cada uno de nosotros, en el tránsito desde la cuna hasta la tumba. Esto no es más que la denegación total de la libertad individual, la que aparentemente muchos estamos dispuestos a ceder a cambio del traslado de las responsabilidades individuales al paternalismo del utópico Estado de Bienestar. Las consecuencias de esta posición no son difíciles de adivinar: ausencia total de fines y propósitos, de la capacidad de seleccionarlos, y de la posibilidad de revisar algunos de ellos, si por si acaso, como seres falibles, nos hemos equivocado. ¿Qué valor tendrían tales planes y propósitos, si no somos nosotros quienes los escogemos?
Me pregunto: ¿Acaso no somos la gran mayoría, suficientemente responsables como para pronunciarnos libremente a la hora de votar y decidir democráticamente los destinos del país, para solicitar una licencia de conducir, decidir comprar lotería, o a la hora de firmar un cheque o un retiro de la cuenta de ahorros, o para comprometer nuestro futuro con una hipoteca o un préstamo personal?
La decisión personal sobre la jubilación debe formar parte del grupo de las grandes decisiones de la vida del individuo. Qué tipo de jubilación disfrutar, cuándo dejar de trabajar, cuánto dinero ahorrar con ese propósito, y como utilizar o invertir las contribuciones de cada uno son la base de la libertad asociada a la responsabilidad de hacerse cada uno su propia vida.
b) Mito 2: el sistema de cuenta individual no responde a los preceptos de igualdad, equidad y universalidad; no así el de reparto.
Supongo que con esta posición pretenden que con las pensiones de la seguridad social se resuelva el tema de las desigualdades no elegidas, minimizando las mismas mediante la mejora de la condición de vida de los más desfavorecidos, pues su condición no se deriva de error propio ni de elección voluntaria. Para analizar esto veamos las dos opciones y sus efectos intergeneracionales e intrageneracionales.
En el sistema de reparto, para las primeras generaciones el Seguro Social supuso un gran pacto. Con tasas de cotización bajas (3.5%), los primeros jubilados obtuvieron grandes retornos, por haber cotizado menos años, y muy por encima de las tasas de inversión del mercado. Eso fue posible porque la relación trabajadores cotizantes/jubilados se mantenía alta, gracias al fuerte crecimiento demográfico que proporcionaba un flujo permanente de nuevos contribuyentes, y a la baja expectativa de vida de los jubilados. Hoy, con una esperanza de vida elevada y un crecimiento demográfico bajo, los que alcanzan la edad de jubilación han estado pagando cuotas toda su vida. La maduración del sistema y la caída del factor, cotizantes/jubilados, provocan tasas de aporte mayores, y, por tanto, una rentabilidad mucho más baja para los trabajadores más jóvenes, con una deuda implícita enorme. Estas cargas a soportar por las generaciones posteriores -solo por haber nacido en otra época- no son cargas ni elegidas ni escogidas ni merecidas. Tales cargas no existen en un sistema de cuenta individual. En este sistema las obligaciones se cubren con las propias contribuciones y el producto de su inversión, ofreciendo a las generaciones inmediatas una tasa de rentabilidad mucho mejor.
Puede parecer que el sistema de reparto ofrece una redistribución mas "justa" porque se basa en una formula de prestación progresiva: los cotizantes de salarios menores obtienen una proporción mayor, en términos de prestación sobre los ingresos pasados, que los de salarios mayores. Ese análisis no considera que estos últimos, por razón de educación, tienden a incorporarse al mercado laboral más tarde que aquellos, y además viven más años tras su jubilación. Todo esto significa que, en un sistema de reparto, los de mayores ingresos contribuyen al sistema durante un número de años menor, pueden controlar sus cotizaciones y pueden recibir más prestaciones que las personas de renta más baja.
En el sistema de cuenta individual esto no es así, los efectos intrageneracionales son más positivos, pues aunque no redistribuyen la riqueza entre las personas o grupos, la pensión mínima se encargará solamente de las personas mayores de escasos recursos y se financiará, en todo caso, de los ingresos generales del Estado y no de las cuotas regresivas sobre los salarios.
Se desprende entonces que el sistema actual es más injusto y menos solidario de lo que parece; carga a las generaciones más jóvenes con una deuda impositiva de la que les es difícil escapar, y les ofrece una tasa de rentabilidad que se encuentra muy por debajo de la que podrían obtener de otras formas, creando así más pobres.
Finalmente, un sistema de pensiones financiado con reparto y basado en la necesidad de una seguridad económica o un nivel mínimo de bienestar, tiene poca o ninguna relación con la productividad individual, pues aunque el historial de ingresos del individuo sea parte de la fórmula para calcular las prestaciones que le corresponden, la pensión de cada jubilado se ha basado hasta ahora en la capacidad de los cotizantes de pagar las contribuciones. En el momento que esa capacidad se altera o se modifica, se ponen en riesgo todas las jubilaciones. Por el contrario, un sistema de cuentas individuales, en el que vemos a las personas como individuos productivos que obtienen las prestaciones a cambio de sus propias contribuciones, es mejor a la hora de mantener la relación entre la seguridad económica y la productividad, y proporciona una seguridad mucho mayor que la que irónicamente ofrece la "Caja".
Así las cosas, me pregunto: ¿seremos, a fin de evitar la secuela de serias dificultades que nos han estado vaticinando las instituciones financieras internacionales, capaces de dejar a un lado la retórica que ha rodeado al programa de pensiones del Seguro Social, levantar el bloqueo real y mental del sistema y dar acceso público e información oportuna y fiable sobre el sistema, como lo hacen los sistemas privados? Las últimas dos leyes, al respecto de las inversiones y de la moratoria de las cuotas de la CSS, me indican que todavía no.
El autor es miembro de Fundación Libertad
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