La pasión de Cristo, una visión no religiosa
Para un hombre de ciencia, resulta imposible aceptar la ocurrencia de una resurrección
Xavier Sáez-Llorens
xsaezll@cwpanama.net
Fui a ver la película, quizás motivado por toda la controversia generada desde su aparición en las salas cinematográficas del mundo. Me pareció una obra exageradamente violenta y sospechosamente estructurada para resaltar el protagonismo de líderes judíos durante los prolegómenos de la crucifixión. Me gustaron las actuaciones de María y Pilatos, aunque este último parecía más un hermanito de la caridad que el déspota sanguinario descrito por textos bíblicos. Por ser una persona no creyente en cuestiones sobrenaturales, creo que puedo emitir, sin sesgos de fe, mis impresiones sobre lo que la figura de Jesús podría representar para toda la humanidad. Antes de entrar en mis argumentos, lo ideal hubiese sido conocer con precisión las motivaciones que tuvo Mel Gibson para elaborar esta película. ¿Fue acaso una especie de agradecimiento con la Iglesia católica por haber superado, al menos parcialmente- su adicción a drogas y alcohol?, ¿fue acaso un intento de colaboración para limpiar la imagen de una Iglesia recientemente salpicada por escándalos de pederastia y temerosa de perder a decepcionados fieles y seminaristas?, ¿fue acaso un oculto sentimiento antisemita no declarado públicamente?, ¿o fue simplemente un motivo mercantilista? Creo que difícilmente obtendremos una respuesta genuina del director australiano. Dejando de lado cualquier especulación sobre su génesis, intentaré, desde una perspectiva objetiva y desapasionada, analizar la vida de Jesús valiéndome de tres tipos de verdad: la verdad religiosa, la verdad histórica y la verdad científica.
La verdad religiosa (cristiana, judía, islámica, etc.) es aceptada por la fe que un individuo le profesa a los dogmas enseñados por un culto específico. Las evidencias correspondientes son usualmente expresadas de acuerdo a las interpretaciones bíblicas de los jerarcas ancestrales de dicho culto y, por tanto, son susceptibles de sufrir tergiversaciones debido a intereses personales por preservar y amplificar poder e influencia en la sociedad. De hecho, sólo cuatro -de varias decenas- evangelios fueron seleccionados para forjar la doctrina cristiana, evento que podría propiciar versiones acomodaticias de los hechos. Es probable que la verdad religiosa sea la que menos se aproxime a la realidad. Cabría preguntarse, por ejemplo, ¿cómo dar crédito a una verdad sobre la naturaleza divina de Cristo cuando sólo una tercera parte de la población mundial se identifica con estos preceptos? ¿Es que, acaso, el restante 67% está equivocado? ¿Por qué los cristianos han sido los únicos privilegiados para conocer la verdad divina?
La verdad histórica emana de documentos guardados durante el transcurso de dos milenios. Como es bien sabido, los evangelios fueron escritos varias décadas después de los acontecimientos reales por personajes que no participaron como testigos oculares de los eventos acaecidos durante la vida y muerte de Cristo. Además, otros documentos de la época fueron aparentemente eliminados o alterados por conveniencia. Recordemos que la corrupción y la deshonestidad han acompañado a la clase política desde los albores de las primeras civilizaciones humanas. Imaginen, por un rato, que sólo los arnulfistas o el PRD decidieran escribir la historia de Panamá durante siglos de poder, tal y como ocurría en tiempos pretéritos con tiranías cuasi-eternas. ¿Se aproximaría esta a lo real? Yo me pregunto, ¿por qué Dios no decidió mandar al Mesías en estos tiempos, donde existe mayor precisión en la documentación de sucesos, mejor cobertura periodística y frecuente alternancia en el poder? ¿Por qué Dios no le dio poder a Jesús para que él escribiera sus propios testimonios y denuncias contra las injusticias de su época y poder así evitar interpretaciones disímiles sobre su obra como ser humano?
La verdad científica, por la rigurosidad metodológica empleada, es a mi juicio la que más se puede aproximar a la realidad. Por ejemplo, es poco creíble que un hombre pueda soportar, sin desfallecer, horas de intensa flagelación y tortura. Es poco creíble que el intenso azote de la piel, tejido de rica red vascular, no haya provocado un sangrado masivo y subsiguiente colapso circulatorio de la víctima. Es poco creíble que, en sus últimos momentos de agonía, la introducción de un arma punzante en el cuerpo de Jesús haya ocasionado la salida de un chorro de alta presión de sangre roja rutilante. Es poco creíble que Cristo haya realizado todos los milagros que se le atribuyen, fenómenos que ahora pueden ser fácilmente explicados por la ciencia. Por último, para un hombre de ciencia, resulta imposible aceptar la ocurrencia de una resurrección a menos, como cierta evidencia histórica lo indica, que Jesús haya sido bajado de la cruz por sus amigos antes de fallecer.
Independientemente de la verdad que ustedes democráticamente deseen creer, debemos todos esforzarnos, en aras de un saludable ecumenismo global, por rescatar los mensajes positivos atribuidos a Jesús sobre el amor al prójimo y la solidaridad con el sufrimiento de los más humildes y necesitados. Sería fabuloso que, en estos tiempos donde existen tantos atentados terroristas y odios entre fieles de distintas creencias, los creyentes de todas las religiones del mundo se reuniesen en pacífica armonía y pensasen seriamente en reeditar unas sagradas escrituras donde sólo se hable de la existencia de una única deidad, sin hijos mesiánicos, que vele por asegurar idénticos destinos a todas sus creaciones vivientes terrenales. De esa forma, Jesús, Buda, Ghandi, Madre Teresa y otros grandes personajes serían solo ejemplos humanos a seguir por todos los habitantes del planeta. Sin duda, todos seríamos más felices.
El autor es médico
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