Panamá, 21 de marzo de 2004
 
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Raíces

Profundas y verdaderas raíces

Harry Castro Stanziola
Fotografías: R. López Arias

revista@prensa.com

Quitando las velas de los barcos, la ropa tendida de seguro sobre alambres, las vestimentas que lucen los distantes personajes que aquí se ven, todo lo cual no existía cuando en 1501, Rodrigo de Bastidas -el comerciante sevillano nacido en el barrio de Triana desde donde salieron y aún salen los famosos toreros de la actualidad- firmó un contrato con los reyes de España que le permitió llegar hasta las costas colombianas (él fundó la ciudad de Santa Marta, uno de los principales puertos de Colombia, sobre el Océano Atlántico y con una bahía que es una verdadera belleza) para encontrar objetos de oro en su estado natural o en diferentes objetos. Según el "juegavivo" de la época, Bastidas cambiaba pequeñas chucherías de vidrio por el oro de los indios, dando inicio a nuestro floreciente comercio de hoy, en donde si uno se alela, por billetes de a dólar debidamente respaldados también por oro, se los cambian por raspadura o nance o por los negocios más grandes que usted se pueda imaginar. Bastidas fue el primero de los conquistadores españoles que recorrió nuestras costas caribeñas. Como ya se había bajado de su barco allá en Colombia -y de seguro que llevaba las bodegas repletas de lo que por allá pudo recoger y a lo cual tenía derecho según el contrato a las ¾ partes- acá en la futura Panamá no exploró. Al llegar a la alturas del Archipiélago de San Blas regresó a España. Y, qué casualidad, no se dio cuenta que en el barco en que hizo el viaje hasta Panamá venía un polizón: nada menos que Vasco Núñez de Balboa que aquí se quedó e hizo uno de los descubrimientos más importantes del mundo, el del Océano Pacífico, que abrió el ambicionado comercio con el Oriente, pero que fue víctima -por rencillas por el poder de Pedro Arias de Dávila, el fundador de la primera ciudad de Panamá- de que le rebanaran, por orden de este último, la cabeza, ofreciéndonos la primera clase de decapitación. Algo que 400 y más años más tarde repitió un mandatario que hoy reside en Miami y que vuelve a probar que no hay nada nuevo bajo el sol y que la maldad humana en su afán de ser cada vez más refinada (recuerden que adelantados de lado y lado estamos hoy) nunca con la violencia van a terminar. Por el contrario, la violencia genera más violencia y no tardará el día en que uno de los locos -ya sean los fulos o los morenos- hagan estallar a este pobre mundo. En todo caso, las fotos que les presentamos hoy, pretenden hacernos imaginar cómo eran las islas y las costas que los españoles vieron la primera vez que arribaron por acá.

Todo comenzó, para algunos historiadores, entre 8 a 9 mil 500 años atrás, y para otros, de 12 a 22 mil. Para esas épocas seres llegados del mismo o quizás de otros continentes (¿Asia, Africa, Europa, Oceanía?), comenzaron a poblar lo que hoy es Panamá, asentada sobre tierras que a su vez nacieron de profundos y aterradores cambios geográficos que hicieron aparecer estos lugares que vemos y pisamos hoy, pero que hasta que no se sucedieron los cambios mencionados no habían logrado aún existir.

De manera que nuestras variadas y verdaderas raíces no son fáciles de encontrar.

Pero allí estaba un territorio privilegiadamente colocado sobre el cual nuestros verdaderos antecesores bien lograron asentarse. Y qué sabroso que vivían, el clima aun cuando no del todo perfecto, no ofrecía esos rigurosos inviernos que se dejaban sentir en otras latitudes.

La pesca, la caza y más tarde la agricultura eran más bien fáciles de poder hacerlas producir y de ellas derivaban los medios para subsistir.

Sus felices habitantes, dependían totalmente de la madre naturaleza para vivir y por ello, es bien comprensible que a esas poderosas fuerzas que las gobernaban (rayos, truenos, inundaciones, etc.) le dedicaran múltiples tributos de agradecimiento o temor.

Pero pronto todo aquello iría a cambiar. De Europa comenzaron a llegar otros individuos con otros intereses, ambiciones, creencias y formas de mandar. Y aquellas tribus que bastante cómodamente vivían tuvieron que cambiar sus formas de trabajo, hacia donde querían ir que les dejaban producir y más absurdo aún, sus viejas y a veces temidas fuerzas sobrenaturales en las que hasta entonces creían, fueron reemplazadas por otras creencias a las que los obligaron en una forma más que cruel, al tenerlas que aceptar.

Es a los descendientes de aquéllos los que hoy son los guaymíes o ngöbes y buglés, emberás, chocoes y kunas a los que "Raíces" quiere recordar hoy. Ellos juntos con esas otras etnias que llegaran después son las que han conformado este conglomerado en los que vivimos hoy.

A unirnos más todos, a hacernos comprender, a lograr una suma total de conocimientos y educación es la única meta por la que debemos trabajar. En la próxima semana, les dedicaremos más líneas a las verdaderas raíces de nuestra población.


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