Panamá, 21 de marzo de 2004
 
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Vivir pobre y analfabeta

Pablo es un panameño, de 19 años, analfabeta; aquí cuenta los páramos que ha vivido

Herasto Reyes
hreyes@prensa.com

LA PRENSA/David Mesa
Pablo no quiso mostrar su rostro. Se siente como un hijo de la nada.
Desde niño ha vivido todos los páramos que una persona puede sufrir. Cuenta de manera fragmentada los andares de su vida en la pobreza; pobreza de verdad, porque ni siquiera logró aprender a leer y escribir.

Pablo (nombre convencional para este escrito) es un joven de 19 años, vive con unos parientes lejanos en San Miguelito, por el área de Cerro Cocobolo, se mueve hasta Las Mañanitas a casa de unos primos y hasta Viejo Veranillo, frente a la Universidad, donde su madre tiene un cuartito de alquiler.

Cuenta que le han dicho que él nació en Colombia, pero que tiempo después su madre se vino para Panamá y él quedó con el que le dijeron que era su padre, a quien no conoce. Nunca lo registraron, quedó como hijo de la nada. Un día una abuela le pagó a dos colombianos para que "me trajeran, prácticamente me secuestraron y me llevaron para Darién". Allí los abuelos decidieron registrarlo y quedó como panameño.

Más que los recuerdos vivenciales, Pablo conoce los detalles de su infancia porque esta abuela le contó quiénes eran sus padres. Al hombre nunca lo ha visto, parece que vive en Cali (Colombia) y a su madre la vino a conocer hace un par de años en Panamá.

En Cali vivió una infancia "muy dura, por cualquier cosa me pegaban con una vara, para que me enderezara, me decían". Nunca se preocuparon de él, ni de sus necesidades, ni de sus libertades. Muchas veces "nos quedábamos sin nada que comer y así vivíamos". La vida no cambió después que lo "secuestraron" y trajeron para Darién.

Allí lo instalaron en casa de un pariente en Garachiné. Tenía como cinco años y hacía lo que le mandaran, desde cargar plátanos hasta pescar o lo que fuera. A Pablo no le quedaba tiempo para jugar.

La escuela sí, pero, ¿cuándo?

Llegó la edad en la que debía ir a la escuela, le dijeron que fuera, pero los trabajos que le encomendaban le restaban el tiempo necesario para cubrir ese derecho. Lo real fue que no logró ir a las clases. Así se quedó. Del futuro no se veía nada.

Un día ese pariente le dijo donde vivía su mamá. Entre una cosa y otra, entre un mes y otro, lo trajeron a Panamá para entregárselo a su madre; pero el asunto no fue así porque no la encontraron y quedó en la vivienda de un "hermano", muy joven, hijo de aquel pariente de Garachiné. De nuevo a comenzar la vida; esta vez en un ambiente bastante duro y desconocido. "Yo sí pasé páramos", repite con frecuencia.

Sumido en aquella casa, se la pasa con una comida al día, si había suerte. No hubo la posibilidad de asistir a la escuela y Pablo se quedaba en la casa, lo único que hacía era buscar agua en cubos cuando llegaba el carro de reparto.

Lejos del mundo

Los años pasaron, el país corría lejos del mundo de Pablo, o el mundo no reconocía la presencia de Pablo. Era un tipo olvidado y aún sigue siéndolo, sin que su presencia influya para nada en la comunidad. Pablo vive en silencio. Se entera de lo que pasa por los comentarios que oye. La política no le interesa. Hace poco cuando se decidió a sacar cédula, fue y con "mucha pena tuve que decirle a la joven que yo no sabía firmar, ella no me creyó". Pero de todos modos le dieron la cédula.

Pensó que sus infructuosos intentos por conseguir trabajo serían asunto del pasado, pero no ha sido así.

"Cuando trabajé en un lava-autos algo ganaba, los clientes me daban su propina y más o menos...". Pero un día "dijeron que se había perdido un collar, cosa que no era verdad, y la dueña nos botó a todos; después, me mandó a buscar, pero yo no quise regresar porque ella había dudado de mí".

Pablo no tiene trabajo. Le resulta difícil conseguirlo, ni siquiera de portero o de guardia de seguridad, "si para todo hay que saber leer y yo qué sé". En la construcción tampoco, si ahí hay por lo menos que comprender la cinta métrica y otras cosas elementales.

Nada de mujeres ni hijos

Pablo no tiene hijos, ni mujer, "yo le huyo a esa situación, porque: ¿cómo los voy a mantener? Si estoy solo, me aguanto mi hambre, pero si tengo un chiquillo, el pobre va a sufrir mucho".

En la mochila que porta, Pablo lleva unos mangos verdes que es lo único que encontró para comer ese día.

Allá cerca de Cerro Cocobolo, agregado como está en la casa de su hermano, su cuñada y sus sobrinos adoptivos, se vive en medio de la violencia. "Me he tenido que parar firme, porque las bandas de chiquillos que abundan allí no querían que yo anduviera por el barrio. Por eso fue que un día le entré a puño a uno de ellos y desde entonces me respetan, no se meten conmigo".

Pero el asunto no solo es con las bandas del barrio, también en la casa hay que enfrentar a los propios miembros de la familia. Por ejemplo, el hijo más grande de su cuñada no lo tolera; ha dicho, cuenta Pablo, que él está buscando un trabajo para comprarse un revólver y entonces "callarme la boca".

Como sus posibilidades de aportar con algo económico son mínimas, casi nunca le guardan comida y cuando se hace su "camaroncito" y algo da se lo comen y ni siquiera le guardan un bocado. No hay forma de vivir tranquilo.

Como si todo esto fuera poco, cuando sale, de seguro que la policía lo detiene, lo revisan y en algunos casos lo han detenido por 24 horas "para investigación".

Pablo es un tipo tranquilo

Pablo dice que nunca ha robado, que él anda tranquilo, que no está vinculado a pandillas de drogas "ni nada de eso; pero ahí en Cocobolo todo mundo es sospechoso, porque eso no se aguanta, casi todo mundo está metido en ese asunto".

Pablo, casi siempre, viste zapatillas viejas, pantalones a la rodilla, alguna camiseta de las que usan los futbolistas, tiene un corte medio rasurado y lo completa con un peinado de "tubi-tubi" y una gorra de béisbol. No es que ande limpio, pero tampoco harapiento. Él mismo lava su ropa y procura cuidar su presencia.

Lo escrito no dice nada

Anda por la calle, sin leer los letreros, sin un periódico debajo del brazo... Ya está acostumbrado a que lo escrito nada le diga. Al tiempo que trata de conseguir un trabajo, busca la forma de entrar a la escuela de adultos este año, porque "yo necesito aunque sea aprender a leer y a firmar mi nombre".

A veces es callado y otras veces cuenta todos los parámos que vive. Anda despacio, se cuida de dar un resbalón y caer en el mundo de la delincuencia, pocas veces va a una fiesta, "si no hay plata para comer, cómo la va a haber para ir a carnavales". Esa es la vida de un hombre panameño, joven, pobre y analfabeta.


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