Errores costosos
Jorge Eduardo Ritter
jritter@cwpanama.net
Los comentaristas políticos suelen reducir hechos complejos a frases simples que, no por repetidas o pronunciadas con aires de erudición, dejan de ser idiotas. Una de ellas -acaso la más común- dice así: en política los errores se pagan. La idiotez consiste en que cambiándole el sustantivo también cabe la sentencia: en política los deslices se pagan, en política las deslealtades se pagan (no siempre, como los errores tampoco se pagan siempre). E igual aplica si se sustituye el complemento por cualquier actividad humana: en el fútbol los errores se pagan, en la escuela los errores se pagan, en el periodismo los errores se pagan. En días recientes, la expresión ha servido de comodín para analizar la realidad política panameña y de paso la española.
Se usó para describir la situación creada por los cheques girados a favor de Marcela Endara con cargo a las partidas discrecionales que manejó el ex presidente Pérez Balladares. Por supuesto que la divulgación del uso de esos fondos produjo un cataclismo político. Endara dejó de ser percibido como el catón de la política criolla gracias a ese desliz. Podrán invocarse muchas justificaciones, pero lo cierto es que fue un error monumental. Que, en un hombre tan experimentado como Endara, sólo tiene una explicación: nunca creyó, dado el desprestigio en que abandonó la presidencia, que alguna vez iba a volver a la palestra electoral. Por lo tanto, el que su hija recibiera mensualmente un estipendio de las partidas discrecionales del presidente cuya elección él había tratado de impedir, era un hecho neutro, irrelevante, inocuo. Y en realidad así hubiera sido si los pies no le hubieran picado para regresar a la presidencia. Ahora está pagando como candidato el error que cometió como ex presidente.
Pero no tan grande como el que pagó el domingo pasado José María Aznar. Su candidato, Mariano Rajoy y el socialista José Luis Rodríguez Zapatero estaban virtualmente empatados en las encuestas, con una ligera ventaja para el primero. Era la realidad de ese momento. La última encuesta fue publicada el 8 de marzo, es decir, tres días antes de los actos terroristas que cercenaron la vida de más de 200 personas en Madrid (en España, como en Panamá, se prohíbe la publicación de encuestas en los días inmediatamente anteriores a la elección). El gobierno fue raudo en señalar a ETA como responsable. Pero demoró mucho en reconocer después que las evidencias apuntaban hacia Al Qaeda. Y buena parte del electorado lo interpretó como un intento burdo e inadmisible de manipular la información para su beneficio electoral cuando el país estaba desgarrado por la tragedia. Ello produjo una participación sin precedentes y un voto de castigo para el gobierno. Para usar la fórmula cliché: en política, el intento de engañar a la ciudadanía se paga.
Eso deben saberlo quienes pretenden engatusar a la gente con el cuento de que en España las encuestas se equivocaron y que aquí va a pasar lo mismo. En España las encuestas no se equivocaron. Una semana antes de las elecciones era evidente que, gracias a la prosperidad económica, los españoles estaban dispuestos a perdonarle a Aznar su apoyo a Bush, a pesar de que la guerra de Irak había sido abrumadoramente impopular. Dicho de otro modo, en la ponderación política pesaba más la economía que la guerra. Ni siquiera las bombas del 11 de marzo alteraron esa inclinación: fue la mentira gubernamental la que produjo la diferencia.
Aquí la situación es distinta: no se advierte nada que pueda compensar en la balanza el peso de los escándalos, el desempleo y el despilfarro. De manera que si algún paralelo quiere establecerse entre lo ocurrido en España y las próximas elecciones en Panamá no debe buscarse en las encuestas, sino en las razones que motivan el voto: si se trata de castigar las mentiras gubernamentales -el plural aquí es inevitable- el voto seguramente será para la oposición, pues así es como en democracia los ciudadanos castigan los engaños (también en plural).
En lo que no parece haber parecidos es en la forma de reaccionar de los dos gobiernos. Mientras el de Aznar se prodiga en desclasificar documentos secretos para demostrar que no mintió, el de aquí se empecina en mantenerlos ocultos, y responde cada vez con mayor soberbia. A Aznar le preocupa ahora el juicio de la historia, cosa que parece no ser de mucho interés aquí. Quizás valdría la pena advertirles a nuestros gobernantes que si en política los errores se pagan, cuando vienen acompañados de soberbia se pagan más caro.
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