Las encuestas y la fiesta
Y entonces ocurrió la tragedia de las estaciones ferroviarias y todas las cifras y porcentajes fueron a parar al tacho
Guillermo Sánchez Borbón
Hay enseñanzas para todos en las elecciones españolas del domingo pasado. La primera es que una encuesta refleja el estado de la opinión pública en el momento en que se toma la muestra. No tiene ningún valor para el día siguiente. Los sucesivos polls alimentaban el triunfalismo del PP. Y entonces ocurrió la tragedia de las estaciones ferroviarias y todas las cifras y porcentajes fueron a parar al tacho.
En 1948 hasta las encuestas más serias daban como triunfador seguro, por una gran mayoría, al candidato republicano Thomas Dewey ("parece un compadrito", dictaminó René Brenes) en las elecciones de noviembre. El presidente Harry Truman no hizo caso de los expertos, y recorrió el país predicando el Evangelio Demócrata según Harry. Había razones de mucho peso para predecir la victoria de Dewey: el Partido Demócrata se había escindido: la izquierda más radical -en alianza con comunistas y similares- había postulado al ex vicepresidente Henry Wallace. Y los racistas del Sur se separaron del partido para ir a las elecciones con candidato propio: Thurmand (racista de la cintura para arriba), quien hace pocos meses se jubiló del Senado a los cien años de su edad.
Cada uno de los extremos le restó un millón de votos a Truman. Tan seguros estaban los encuestadores de que el compadrito ganaría, que el titular de The Boston Globe el día de las elecciones fue ¨"Dewey derrota a Truman". Este, con una sonrisa de oreja a oreja, se tomó una foto mostrándole al lector la increíble metida de pata del diario. Moraleja: muchas veces se quema el pan en la puerta del horno.
****Los electores españoles le cobraron a su gobierno la convicción de que les había escamoteado la verdad. Sobre el particular diré lo siguiente: mientras aquí y allá todo el mundo culpaba a ETA, yo afirmé categóricamente que no era ella. Y esa misma noche cambié la columna del domingo para darle cabida a mi tesis de que habían sido terroristas musulmanes. Así no opera ETA, dije. Recordé que alguien llamó la atención sobre una de las principales características del organismo vasco: siempre ha evitado cuidadosamente las masacres. Por una razón muy sencilla: porque el terrorismo no funciona en el vacío social, necesita de un apoyo mínimo para poder operar con eficacia. Horas más tarde los noticiarios gringos dijeron que al qaida aceptaba la responsabilidad del atentado. El gobierno y muchos políticos españoles, cuyo horizonte mental está cerrado por las hermosas montañas del país vasco, se apresuraron a cargar el atentado a la cuenta de ETA.
Ahora bien, yo soy un simple ciudadano que, basado en mi conocimiento de los grupos terroristas, podía exonerar a ETA y echarle la culpa a al qaida. Un gobierno no puede hacer lo mismo, a menos que tenga pruebas controvertibles. A esa hora sólo podían hacerse conjeturas, pero los políticos corrieron a señalar con un índice acusador a ETA. Entonces llegó el comunicado de al qaida, y aunque el gobierno afirmó que ninguna vía de investigación estaba cerrada, continuó culpando obsesivamente a ETA. Era obvio que ésta, por su estructura misma y su escasa capacidad técnica, no había sido; pero una cosa es que los particulares lleguemos a esa conclusión y lo digamos, y otra muy distinta que lo haga un gobierno. La circunspección oficial llevó a los ciudadanos a concluir que el gobierno los había engañado, y votó en consecuencia. En las gigantescas marchas de protesta que recorrieron las calles de España, y en las entrevistas que les hacían los reporteros a los españoles de a pie, sonaba una nota desafiante contra ETA o "contra quienquiera que sea el que haya cometido esta atrocidad".
Nadie duda de que fue un error imperdonable de Aznar haberse embarcado en la psicótica aventura de Bush en Irak. Pero como si se propusiera demostrar que la imbecilidad política está equitativamente repartida en España, el señor Zapatero -con la cara encendida por una felicidad obscena- declaró que retirará sus tropas de aquel país en el mes de junio. No se dio cuenta del mensaje subliminal que le envió a al qaida: el atentado ferroviario ha sido un completo éxito. Otro atentado como ese, y correremos a devolverles Granada y cualquier otra cosilla que se les ofrezca, por ejemplo, los restos pulverizados de los reyes católicos. Nada nos daría más gusto.
Resistiré la tentación de recomendarle al líder socialista "¡Zapatero a tus zapatos", porque es obvio que todavía no se ha percatado de su metida de pata. Fue un error mayúsculo de Aznar dejarse enredar por Bush en una desatinada aventura, y la torpeza con que manejó públicamente el atentado de Atocha. Creo que el error de Zapatero será, a la larga, aún más grave y destructivo. Por lo pronto, las negociaciones con ETA parecerán ir mejor al principio y después se estancarán al tropezar con los mismos obstáculos que han empantanado todas las anteriores. Los terroristas tienen una nariz extra, que les permite oler la debilidad del adversario. Pero no permitamos que las consideraciones políticas le echen a perder el sabor de la victoria a Zapatero. Dejemos que él mismo descubra las gotas de hiel con que el destino se complace en aderezar la papa.
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