Setenta veces once
No hay sentencia ni pena que consuele a nadie, ni todo el poder bélico del mundo parece poder detener esta orgía de huesos y llanto
Octavio Sandoval
osandoval@prensa.com
¿Cómo definir el dolor ajeno?, ¿de qué forma le puedes decir a alguien que no conoces: lo siento? Podrás ir a marchas, matar al asesino, entregar al culpable, llorar desconsoladamente mientras dura la vigilia... Y al terminar todo ¿quién llena el vacío del que se ha ido?
¿Alguien sabía que esa vida terminaría despedazada en un vagón de tren? Alégrate si crees que el tren te está dejando. Todo pasa y el tiempo lo puede todo, lo entiendo, sales un día de tu casa y en otro lado del mundo prenden la televisión y ahí está la otra pasión. Cuando el mundo se está gozando de la realización de una película que al que la ve le deja un sentimiento de culpa, imágenes del noticiero me proyectan a una realidad miserable. La pasión se vive y se sufre hoy, como hace dos mil años. En cada hijo de Dios que muere víctima de un acto terrorista como el que vivió España, se hunden más los clavos de la cruz de Cristo. Nada justifica un hecho así, no hay credo que ampare ni excuse tal vileza. Ningún discurso puede aplaudir la estrategia del terrorismo ni celebrar sus éxitos. Ellos, los asesinos, los que matan por su paz hacen de la guerra un negocio, teniendo en el terrorismo su versión clandestina, pero negocio al fin.
Para el que cree y para el que no, lo ocurrido en Atocha es repudiable. Es aquí donde se caen las fronteras, pues no hay en este mundo quien en su sano juicio pueda animarse con lo que se vivió en España. En mitad de una de las celebraciones más importantes del mundo católico, la Cuaresma, donde nos preparamos para rememorar la pasión, muerte y resurrección del hijo del hombre, Madrid se parte en dos el mismo día -11- escogido por los terroristas de New York. Sea casualidad o no, la resolución firmada por el Consejo de Seguridad de la ONU aprobando la invasión de los Estados Unidos a Irak termina en 11, la N°. 1511 es la legitimación de una política de ocupa y raspa. No sé qué estarán pensando los 15 representantes del Consejo de Seguridad que aprobaron unánimemente con su voto condicionado o no la invasión a Irak, todos se plegaron a la iniciativa promovida por Estados Unidos, el Reino Unido y España; dicen que el que gana la guerra pierde la paz.
La cultura de la muerte está paseándose a ciencia y paciencia de los que no quieren entender que mientras sus políticas de poder sigan engrasándose con sangre ajena esto no va a parar. Para lo que algunos es un sofisma, la realidad lo supera: un maniqueísmo se está abriendo paso descarnadamente; sí, pero en medio de esta doctrina se levanta un monumento por la paz con cuerpos de inocentes. Un obelisco donde nadie quiere ver su nombre grabado. No hay sentencia ni pena que consuele a nadie, ni todo el poder bélico del mundo parece poder detener esta orgía de huesos y llanto, es tal la impotencia, pues la batalla es contra un incorpóreo. No se sabe contra quién es. No es un ejército focalizado, no tiene un líder al que perseguir, es una peste humeante que se riega y se filtra sin poder ser detenida dejando a su paso pura mortandad.
La marcha por la paz en España fue impresionante, es que la muerte duele. Ninguna marcha se compara a la de los españoles; New York honró a los suyos a su manera con himnos, luces y enarbolando en cada oportunidad su bandera de rayas y estrellas. Ya el efecto mediático ha dado en el blanco: ¿quién será el próximo? El morbo está ansioso por saber quién caerá. Hoy fue Aznar, mañana Bush, Berlusconi, Blair, Chirac, etc., etc.; los que firmaron la Resolución de la ONU han puesto sus bardas en remojo, y la otra víctima por caer será la asistencia social. El presupuesto que se tenga para este rubro será redestinado al renglón seguridad, los pobres se quedarán esperando la ayuda de ellos. Sus gobiernos se preocuparán más y más por cuidar cada posible blanco de atentado, y eso cuesta.
¿De qué sirve una bandera a media asta, una resolución firmada por un rey caduco, unas condolencias que saben a piedra? No hay papel que aguante el calibre de tanto dolor. ¿A quién le importa si dan con los culpables cuando se sabe de previo que una es la mano que ejecuta y otra la cabeza que lo piensa...? Hay miedo en este lado del mundo donde
La Pasión de Cristo
se estrena en todas las ciudades importantes para estas fechas. Todos los noticieros han hecho gala de conocimientos históricos y bíblicos comparando al actor con la viva imagen de Cristo. El cartel promocional está por todos lados colgado, no hay lugar relacionado con la religión que no tenga en su rincón un afiche de la película, eso está bien... El esfuerzo de Mel Gibson ha calado hondo en el alma de mucha gente y en los bolsillos también. Sin entrar a analizar la profundidad teológica de la película, ya hizo historia, una historia que todos sabemos cómo termina. Pero para el que no tenga interés en verla, o no tenga los B/3.75 que cuesta la entrada al cine y el pase a una experiencia sublime, con ver lo que el mundo ofrece desde el otro lado del Atlántico tiene suficiente.
Cristo sigue padeciendo y se desangra cuando obra el mal, dicen que si Dios no duerme el demonio no descansa... De España nos vino la religión y ahora nos llega el calvario, en este tiempo de reflexión los pasajes de la vida de Cristo, sus diálogos y enseñanza sirven de refugio. La película de Gibson es la palabra hecha imagen, real e impactante, solo con los avances te das cuenta que es distinta. Cristo habla de perdonar, ... hasta setenta veces siete hay que perdonar, le dijo a Pedro. Hay que perdonar y poner la otra mejilla: perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen. ¿Hay que perdonar a los que no saben lo que hacen y a los que se hacen que no lo saben? Espero nunca tener que averiguarlo...
El autor es abogado
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