La juventud y Martín Torrijos
Paulino Romero C.
La inmensa mayoría de los panameños siente especial y legítima satisfacción de ver a su juventud -de todos los estratos sociales- sana de cuerpo, sana de espíritu, decidida firmemente a entregarse al estudio incansable y a la cooperación en la obra del desarrollo que nos está exigiendo, con un mandato imperativo, el actual momento nacional. Jamás en la historia política de Panamá hemos observado a una juventud organizarse con tanto entusiasmo alrededor de un candidato presidencial, como en el caso del actual candidato Martín Torrijos Espino.
Hay que tomar muy en cuenta este fenómeno cívico que ha despertado en la juventud panameña la candidatura presidencial de Martín Torrijos Espino, sin duda, el próximo presidente constitucional de la República (2004-2009). Porque la jornada cívica del domingo 2 de mayo próximo, tiene un sentido profundo que trasciende sus resultados electorales inmediatos. Como todos los grandes acontecimientos del país, estas elecciones dejarán su huella en el alma de la Nación panameña; serán una experiencia única e irrepetible que conformará su ser y su conciencia de una manera determinada. Por esto el voto del 2 de mayo tiene un significado pedagógico que debemos tratar de comprender.
Se ha dicho, y con justificada razón, que la juventud es energía, inquietud, preocupación, en cierto modo, preparación y espera impaciente por entrar a cumplir responsabilidades de dirección en las distintas actividades que integran la vida social. Más todavía, la juventud es el progreso, la civilización, la responsabilidad, la necesidad de prolongar el sentido de la formación, lo que va creando esa situación intrigante, admirable, apasionante. Es una palabra cargada de mil significados y que todos encontramos a cada momento en nuestra experiencia vital.
El tema de la juventud, además, es inagotable; ella representa una extraordinaria fuerza potencial; más de una vez ha sido comparada con las corrientes de nuestros grandes ríos. Utilizada en la producción de energía creadora y constructiva, puede realizar verdaderos milagros. Desbordada, en actitud de arrase, puede producir daños incalculables. En ambos casos, no aprovechada para la transformación del país, o convertida en factor de ruina y desolación, sería como una riqueza perdida, que veríamos pasar a nuestro lado sin que ella produjera los inmensos frutos que está llamada a rendir.
El voto es el acto por el cual se elige libremente a un candidato. Esta función electoral no agota, sin embargo, todas las finalidades. Es la expresión de los principios y convicciones de cada ciudadano respecto al orden político. Es un acto que manifiesta los derechos de los gobernados y recuerda a los gobernantes la fuente inmediata de su poder. Es un mecanismo que mantiene viva la conciencia cívica. En ciertas circunstancias puede ser una protesta o una advertencia o un repudio (el resultado de las elecciones del 2 de mayo próximo, determinará la circunstancia que ha emanado de este desgobierno). Por todo esto puede decirse que el voto es la contribución más solemne, formal y directa del ciudadano al bien común y, por ello, es una obligación cívica y moral.
A pesar de lo grave que es la carencia de la educación cívica actualmente en nuestras escuelas, resulta halagador la actitud asumida por la juventud panameña en la toma de conciencia con respecto a las próximas elecciones. En todas las provincias de la República (Bocas del Toro, Coclé, Colón, Chiriquí, Darién, Herrera, Los Santos, Panamá, Veraguas, y la comarca Kuna Yala), la juventud ha demostrado un entusiasmo inusitado por las elecciones de mayo y, de manera muy particular, su manifestación de simpatía espontánea por la nómina presidencial "Patria Nueva" que lidera Martín Torrijos Espino, joven candidato que, a su vez, ha sabido hacerse merecedor, por su comportamiento, a la admiración y respeto no solo de la juventud, sino también de los niños, adultos y ancianos que ven en él el renacer de la esperanza en Panamá.
Uno de los retos, pues, que tiene por delante el próximo gobernante de Panamá, Martín Torrijos Espino, es, como él mismo lo ha dicho repetidas veces, la educación. Corresponderá, por tanto, a su gobierno, reactivar la educación cívica en todas las escuelas y colegios de la República (oficiales y particulares) porque la verdadera educación cívica consiste en ser consecuente con la función pública de la educación. Esta exige que la escuela contribuya a mantener un orden público justo, lo que se logra fundamentalmente en un Estado democrático, cuando promueve el consenso de los ciudadanos a los principios que inspiran ese orden político, cuando forma una conciencia ciudadana responsable y cuando inculca la dignidad irrenunciable a la persona humana ante el Estado. Solo haciendo esto contribuirá la escuela panameña, como en el pasado, a integrar la nacionalidad.
El autor es pedagogo, escritor y diplomático
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