Maldita declaración
Panamá está cada vez más sumergida en la tiranía de la burocracia
Jaime Raúl Molina
jrmolina@cwpanama.net
He estado bastante estresado en los últimos días. Prácticamente no he tenido tiempo para ocuparme de otra cosa que de sumar y restar cuentas, facturas, gastos, ingresos, deducciones, pagos, y todo tipo de transacciones que hice en el año 2003. ¿La razón? Tengo que cumplir con la declaración de renta, que para mí y otros miles de panameños, el plazo vence hoy 15 de marzo.
Y para colmo de males, hasta hace poco había por allí, en la radio, una campaña oficial que anunciaba descaradamente que el sistema tributario en Panamá es justo, simple y equitativo. Un insulto a las miles de personas que cada año pasamos por este vía crucis que es la preparación de nuestras declaraciones de renta.
Puedo decir que he perdido toda la semana pasada en esto. Y si tomamos en cuenta que somos miles las personas que tenemos que pasar por esto, es obvio que el costo en tiempo para el país es enorme. Todo ese tiempo lo podríamos dedicar los contribuyentes a actividades verdaderamente productivas y generadoras de riqueza, en lugar de tener que rompernos la cabeza y quemarnos las pestañas para tratar de cumplir con un sistema tributario tan complejo y lleno de contradicciones.
Y a lo anterior hay que sumarle todos los costos asociados a honorarios de contadores y abogados que preparan para las empresas el cálculo de la declaración de renta, porque a las empresas les toca unos días después, hasta el 31 de marzo.
Y al final, cuando llega uno al resultado de lo que debe pagar en impuestos, hay que estar sentado para no caerse del desmayo. Lo que tiene uno que sudar para ganarse el pan, y encima hay que darle una parte tan considerable de ese pan al Estado, o sea, a los políticos para que ellos, que no han ayudado a producir ese pan, se lo gasten alegremente.
Panamá está cada vez más sumergida en la tiranía de la burocracia. Todo el enorme gasto estatal lo pagamos con nuestros impuestos, lo cual encarece nuestras vidas y nuestras actividades. De hecho, muchos negocios dejan de ser rentables precisamente por lo alto y complejo de nuestro sistema tributario.
Y si a los impuestos les adicionamos el costo de cumplir con tantas regulaciones y trabas burocráticas que hay para el establecimiento y la operación de cualquier actividad económica, el resultado es un altísimo costo de las actividades económicas. Por ello es, en gran parte, que la economía panameña se encuentra estancada, por más que los gobernantes se la pasan viajando dizque para atraer inversión extranjera.
¿Quién quiere invertir en un país donde al inversionista se le ponen primero todas las trabas habidas y por haber, antes de emprender un negocio? ¿En un país en que para poner cualquier negocio se requiere un permiso de un burócrata ignorante y coimero, y encima hay que pagar impuestos altísimos?
No es sorpresa para mí, que nadie quiera invertir en Panamá en estos momentos. En tales condiciones, por más que el gobierno quiera negociar tratados de libre comercio, las grandes inversiones que se esperan no llegarán. Sencillamente, el inversionista quiere seguridad jurídica, bajos impuestos, regulaciones mínimas y claras, y un sistema de justicia eficiente, rápido y verdaderamente imparcial. En Panamá, obviamente, no tenemos nada de lo anterior. Muy por el contrario, hay muchos reportes que incluso salen en los periódicos a veces, de inversionistas extranjeros que han venido al país a explorar posibilidades de negocios, y han salido huyendo cuando se han dado cuenta de que aquí hay que "lubricar" el engranaje burocrático para poder obtener el permiso correspondiente. O que hay que llenar mil requisitos absurdos, largos, y costosos. Y que encima, a la hora de poner el negocio, lo poco que se logre generar como ganancia, hay que compartirlo con un socio llamado Estado, a través de impuestos.
La verdadera inversión, lamentablemente, no llegará mientras este país mantenga estos esquemas estatistas, con excesivas trabas burocráticas al sector privado, y con impuestos altos y complejos. Chile, Singapur, Irlanda, Nueva Zelanda, son países que han salido de la pobreza en menos de una generación, y no han necesitado para ello de tratados de libre comercio.
No quiero decir que los TLC son malos, ni mucho menos. Al contrario, son provechosos. Pero creer que con firmar un TLC se van a solucionar los problemas estructurales que aquejan a la economía panameña, es lo mismo que creer que la fiebre está en la sábana. Ojalá el próximo gobierno entienda esto y haga los cambios estructurales que requiere el país, principalmente reducir la injerencia estatal en las actividades económicas de los particulares.
Por mi parte, afortunadamente acabo de salir de esta experiencia traumática por la que tengo que pasar todos los años, que se llama declaración de renta. Será hasta el próximo año.
El autor es abogado, consultor, director de la Fundación Libertad (www.fundacionlibertad.org.pa)
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