El sepelio de la mujer gobernante
Me entristece percatarme de la pobrísima participación de damas en la contienda electoral actual
Xavier Sáez-Llorens
xsaezll@cwpanama.net
Debo advertir tres conceptos antes de que se pueda malinterpretar el mensaje de este artículo. Primero, este no es un escrito para atacar o favorecer candidatura alguna; de hecho, todavía no decido hacia quién (contendiente) o dónde (basurero) se decantará mi voto próximo. Segundo, no creo en los partidos políticos. Este partidismo panameño se está cargando nuestra incipiente democracia, al utilizar el clientelismo para favorecer intereses personales, el amiguismo para repartir el pastel de posiciones gubernamentales, el voto en plancha para satisfacer intereses del colectivo y la designación de magistrados para asegurar impunidad jurídica presente y posterior. Además, la configuración de alianzas electorales de partidos con ideologías tradicionalmente disímiles obedece más a tratar de no desaparecer y conservar poder -clara decadencia moral de sus caducos líderes- que a la estructuración de absurdas metas programáticas. Por último, cada facción partidista cuenta con personas honestas y corruptas en sus filas. Este escrito, por tanto, es para discutir sobre las legítimas aspiraciones que podrían tener otras mujeres en ocupar posiciones políticas cimeras en el futuro engranaje estatal, después de ser testigos de la labor de la Sra. Moscoso como primera presidenta de Panamá.
No voté por ella. Primero, porque carecía de una óptima educación profesional, mérito que propicia credibilidad, autocrítica y cultura académica; debo admitir, sin embargo, que existen personas sobresalientes sin preparación pretérita alguna e individuos con espectacular currículum pero carentes de ética, sensibilidad social y juicioso criterio. Segundo, porque no contaba con antecedentes contundentes de experiencia política, salvo su cercanía a la ideología del caudillo arnulfista; que yo sepa, ni el liderazgo ni la sabiduría son contagiosos ni se transmiten por fenómenos osmóticos. Finalmente, porque Moscoso no quiso participar en ningún debate, en claro testimonio de sus flagrantes limitaciones. A pesar de todo lo mencionado, decidí otorgarle un voto de confianza cuando salió electa, quizás pensando en que gobernar es más una función de equipo que de una sola persona. Confieso que mi decepción ha sido profunda.
Recientemente, la Facultad de Humanidades decidió premiar a 100 notables mujeres que han elevado el prestigio de la fémina panameña en diferentes áreas del saber. Aunque se podría disentir de algunas de las elegidas, el calificado y límpido jurado realizó una meticulosa selección de candidatas basada en logros y luchas perseverantes en pro de la dignidad y profesionalidad femenina. A mi juicio, la decisión de no incluir a la Sra. Moscoso en esta lista fue totalmente acertada. Hacerlo, hubiese significado una bofetada póstuma a extraordinarias luchadoras como Clara González, Esther Neira de Calvo, Gumercinda Páez y Sara Sotillo. La ejecución política y moral de la presidenta ha sido tan negativa que puede haber sepultado la posibilidad, a corto plazo, de que otras mujeres alcancen posiciones de significativo protagonismo gubernamental, especialmente en sociedades tan machistas como la nuestra. Me entristece percatarme de la pobrísima participación de damas en la contienda electoral actual. Deseo alentarlas a que no se desanimen por este primer descalabro y a que encaren el desafío de servir a la patria con plena seguridad de sus sobradas facultades.
Más que un gobierno, la Sra. Moscoso parece haber comandado un reinado. Sus apariciones públicas más destacadas han estado relacionadas con eventos reales, ceremonias elitistas, cortadera de cintas inaugurales o banquetes lujosos, usualmente acompañada de voluminosas comitivas. Eso sí, debo admitir que la presidenta ha lucido trajes, joyas y peinados impecables, lo que ha motivado que monarcas de palacio y colegas presidentes hayan alabado sus cualidades políticas y desplegado desmesurados elogios. En el plano político, caos total. Falta de transparencia en uso de partida secreta, falta de honestidad al encubrir actuaciones sospechosas de subalternos (fusilamiento de helicóptero, dólares congelados, potenciales sobornos a legisladores, etc.), falta de sensibilidad al anteponer intereses clandestinos en detrimento de la biodiversidad ecológica, falta de moralidad al bailar públicamente con un declarado corrupto, falta de ética al designar amigos para la magistratura jurídica, falta de equidad al hacerle campaña a sus ungidos en detrimento de copartidarios, falta de liderazgo al permitir numerosas anomalías de su gabinete, falta de sentido común al magnificar el nepotismo en su gestión, falta de nobleza al exhibir actitud rencorosa en sus manifestaciones, falta de autocrítica al comentar que vive en el país de las maravillas, y falta de visión de país al gobernar de cara a sus copartidarios y no para los intereses de todos los panameños.
Pido con humildad a la presidenta que el tiempo que le queda por gobernar no avergüence más a la gente decente de la sociedad, evite responder a preguntas alevosas de periodistas y procure no degradar más la capacidad política de personas de su mismo género. Sin duda, muchas mujeres admirables del país, tales como Alma Montenegro de Fletcher, Carmen Miró, Angélica Maytín Justiniani, Aura Emérita Guerra de Villalaz, Mercedes Araúz de Grimaldo, Mariblanca Staff Wilson, Nivia Castrellón, entre otras, harían una digna presidencia, incluso sustancialmente mejor que la mayoría de los hombres que han liderado o aspiran a liderar la nave estatal.
El autor es médico pediatra e infectólogo
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