El Estado subordinado
El reto venidero es elegir a quienes están en mayor libertad para ejercer la autoridad o aquellos que se benefician de la desnaturalización del Estado
Mario Velásquez Chizmar
La voracidad transnacional intenta hacer del Estado un empleado más. Que la dinámica estatal impida a las leyes del mercado volverse contra sus ganancias. Es la sumisión del Estado a la economía, a las sobreganancias. Por eso, para algunos, lograr la unión del personal dirigente del Estado con los jefes de los grandes monopolios, se convierte en vital necesidad.
Los panameños conocemos los efectos de estas prácticas. Ejemplo: Un accionista doblegado en la empresa que presta los servicios de telecomunicaciones. Un Ente Regulador rendido ante las empresas eléctricas. Tribunales de justicia trituradores del brazo de la CLICAC. Cargas impositivas irrisorias a los bancos y relevantes a los servicios profesionales. Cárceles para los de a pie y viajes al extranjero para los encopetados. Subsidio para los propietarios y desamparo para los asalariados. Felicidad para los custodios del dinero ajeno y angustia para los depositantes. Libertad de ganancias para las petroleras y combustible caro.
Ellos prefieren las frías cifras al bienestar integral de la población. Pero un Estado parcializado termina generando crisis cíclicas tanto económicas, como políticas. Reina la incertidumbre. Como sucede hoy con los arnulfistas que evidencian no saber para qué tienen las riendas del Estado. Ignoran lo que es ejercer la autoridad. Un Estado sordo a las necesidades populares y permeable a los intereses monopolistas.
Los arnulfistas han puesto todos los obstáculos posibles a un Estado facilitador que trabaje para conciliar intereses disímiles en beneficio del bien común. Su haber político es el debilitamiento del aparato del Estado. Redujeron sensiblemente su fuerza. Se dedicaron con ahínco a suprimir la capacidad de respuesta estatal. Han logrado un Estado genuflexo.
Reformar el Estado empieza por devolverle su carácter de árbitro de las distintas fuerzas sociales. No solo es cuestión de practicar la transparencia en la gestión pública para acabar la perversión que imprimen los arnulfistas. Es lograr que el Estado sea otra vez respetado. Que los constructores no se mofen de las regulaciones; que los delincuentes ambientalistas paguen por los daños causados a nuestro entorno; y que se sienta una administración de justicia independiente y efectiva.
El reto venidero es elegir a quienes están en mayor libertad para ejercer la autoridad o aquellos que se benefician de la desnaturalización del Estado. Los grandes empresarios no gustan de autoridades convencidas de su función. Los abogados que han progresado defendiendo esta tendencia, adoran al Estado subordinado. No es fácil encontrar dentro de tales grupos, ciudadanos dispuestos a construir una organización política que decida unitariamente en la diversidad, para imponer unidad de acción, aunque no la haya de opinión.
¿Cuál de los cuatro candidatos presidenciales está más cerca de la idea de un Estado igualador? Los arnulfistas supieron ser alfiles de los intereses monopólicos y erosionaron la institucionalidad democrática. Hoy persisten en el mismo error y no paran de burlarse del pueblo, como en el caso de un ciudadano común por un día o de la torcida interpretación del Tribunal Electoral.
Aquí hay otra ventaja para Martín Torrijos. Su distancia objetiva de los intereses monopólicos lo coloca en mejor posición para levantar un Estado al servicio de todos. Un Estado consciente de su función y que no tema ejercer la autoridad para impulsar el bienestar integral de la nación.
El autor es abogado, secretario de asuntos legales del PRD y apoya al candidato Martín Torrijos
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