El pensamiento antinacional y perverso
Necesitamos un líder capaz de poner por delante los intereses del país, dispuesto a proponer alternativas económicas fuera de la cartilla precocinada que nos quieren imponer los falsos profetas del neoliberalismo
Luis Wong Vega
luis.wong@eudoramail.com
No sé cómo exactamente caracterizan los economistas este deterioro que estamos viviendo (recesión, estanflación, estagnación, etc.). Nuestro triste desempeño socioeconómico, embadurnado de mucho populismo putrefacto, se ha dado a costa de un daño severo a índices fundamentales de nuestro desarrollo como nación. Han hipotecado y rehipotecado nuestro futuro, varias veces. Nuestro estancado crecimiento global, las prometidas inversiones que no llegan, el vapuleado ahorro nacional, la depauperación de la clase media, el desempleo y el subempleo, la miseria rampante, la fuerte percepción de corrupción, el colapso de instituciones fundamentales (como la CSS), el grado de malestar social, el maquillaje del déficit, el galopante e insultante costo de la vida y el atraso evidente y generalizado de este país, son el resultado de una conducción estrepitosamente mala (pésima), en este quinquenio que finalizará en el 2004. Este será un gobierno de muy ingrata recordación, sin lugar a dudas.
Para entender correctamente en donde estamos parados hoy día, debemos buscar los orígenes de esta crisis en la administración anterior. La arrogancia autosuficiente de la dirigencia de turno impuso un modo de pensar y de actuar, terriblemente antinacional, que ha persistido y florecido patéticamente a lo largo de este último gobierno. Desde ese entonces, y ante la presión internacional (o ante la perspectiva de una buena rebusca), lo que han hecho los detentadores del poder en Panamá no ha sido más que ceder y ceder, aun en contra de los intereses nacionales más básicos. Ceder para seguirnos endeudando, porque para ellos este país solo puede vivir de préstamo en préstamo. Todo se vale, si le garantiza a la camarilla gobernante el acceso temporal a las prebendas del poder y, de paso, el congraciarse con las instituciones internacionales de financiamiento. Nuestra opinión ciudadana ni cuenta ni importa. Nosotros, los contribuyentes, solo pagamos impuestos y ya.
Esos que aquí preconizaron la mentecata y funesta idea de "bajarle los pantalones" a nuestra economía (sin que nos lo hayan pedido, inclusive) y de enterrarla en esa espiral interminable del endeudamiento externo, para financiar el despilfarro y la codicia de la crápula politiquera y tecnocrática, no lo hicieron por mero servilismo mental ante las IFI. En el fondo fue por razones más simples: para sacar ganancia y ventajas personales (para enriquecerse). Los tecnócratas de la anterior administración, nos trataron de vender la patraña de su visión oportunista y mentirosa de la globalización; su teoría del entreguismo gratuito y complaciente para repartirse los haberes públicos y filetearse el botín (las empresas estatales de servicios públicos, las áreas revertidas, los jugosos consulados, etc.), como en efecto hicieron. Este mismo patrón de expolio lo hemos visto repetido en la Argentina de Menem, en el Perú de Fujimori, en el México de Salinas de Gortari y Zedillo, etc.
Los de la lúgubre y torpe cleptocracia actual se han dedicado al leseferismo y a la vista gorda, asumiendo el papel de saqueadores de lo que queda y beneficiándose del contubernio con los que destajan este país con sus abusos (tarifas de luz, de teléfonos, de los corredores, etc.). Ambos regímenes nos han ido enterrando gradualmente en un profundo y diabólico foso: en una deuda externa de 9 mil millones de dólares, cada vez más absurda y surrealista (por injusta y por impagable). Mientras, los ciudadanos sufrimos por las tropelías de ambos malos gobiernos, porque hasta el Estado terminó convirtiéndose en una suerte de vulgar carterista (con esa malhadada y tristemente célebre "reforma tributaria"). La brillante "solución" de los políticos ha sido la misma de siempre: más impuestos y más endeudamiento externo.
¿Administrar al Estado con probidad? ¿Propiciar el ahorro y estimular de verdad a la buena inversión interna y externa? ¿Acabar con el despilfarro y la corrupción? ¿Cuidar los recursos y los intereses patrios? ¿Gobernar para sacar al país de la pobreza? ¿Buscar alternativas dignas al eterno endeudamiento de la nación? Para muchos de nuestros políticos y sus economistas neoliberales, estas no son más que puras pamplinas. Para esta gente, la idea de un pensamiento elementalmente autónomo, motivado por el humanismo o por el patriotismo, está totalmente fuera del menú. En sus mentes anidan la codicia perversa, el egoísmo del capitalismo salvaje, el entreguismo más antinacional. Y esto último que tanto aborrecen (el atreverse a plantear un rumbo socioeconómico independiente, basado en la soberana preeminencia de nuestros intereses) es algo absolutamente fundamental, cosa que no entenderán jamás. Como dice el economista mexicano Armando Labra: "...Los países más poblados y con más pobres, China e India, muestran los ritmos de crecimiento y abatimiento de la pobreza más altos del mundo. Y lo logran porque han sabido imaginar la forma de defender y resguardar sus idiosincrasias políticas, a pesar y por encima de las directrices de los organismos internacionales, combinando una inteligente incorporación comercial a la globalidad, y la de sus pueblos al bienestar...".
Por esto, muchos electores estamos cada vez más convencidos de que, para salir de esta crisis, nuestro futuro presidente debe ser sincero, honesto e inteligente, pero también tiene que ser muy firme y consistente, con un sentido realmente patriótico en su visión estratégica para conducir el Estado. Necesitamos un líder capaz de poner por delante los intereses del país, dispuesto a proponer alternativas económicas fuera de la cartilla precocinada que nos quieren imponer los falsos profetas del neoliberalismo, las agencias financieras internacionales y sus mezquinos lacayos del patio.
El autor es bioquímico y docente universitario
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