Darién/Iraq II
Toca a la sociedad presionar a gobiernos y candidatos a gobernantes para que cumplan con la Constitución y además con la seguridad nacional, volviendo a lo que por 40 años nos ha funcionado con eficacia
I. Roberto Eisenmann, Jr.
El New York Times del 11 de enero trae un largo artículo del periodista Peter Maas, quien se pasó un buen tiempo en Iraq acompañando al mayor John Nagl, un militar con una hoja de vida imponente: graduado de West Point, siguió a Oxford; peleó en la Guerra del Golfo y se ganó una Estrella de Bronce. Luego de esa guerra volvió a Oxford a sacar su doctorado y se dedicó al tema de la contrainsurgencia. Allí se estudió todos los libros y documentos sobre el tema, desde los escritos por Carl von Clausewitz hasta los de Mao. Terminó sus estudios con una tesis doctoral titulada "Contrainsurgencia: lecciones desde Malaya y Vietnam"; el subtítulo de la tesis es aleccionador: "Aprendiendo a tomar sopa con un cuchillo". Hoy Nagl está en Iraq nuevamente, sirviendo a su país como tercero en jerarquía de un batallón de tanques. Está hoy procurando pasar todo lo aprendido a la praxis.
"Entre otras cosas he aprendido -escribe Nagl- que la contrainsurgencia no puede ser efectiva si no cuenta con una fuerza pública doméstica, debido a las enormes limitaciones a las que someten a los soldados de un ejército regular". Esto lo aprendieron los ingleses en Malaya, los franceses en Argelia, los turcos y los kurdos, los ingleses en Irlanda del Norte, los israelitas en Palestina, y los estadounidenses en Vietnam y ahora en Iraq. El bendito chocarse con el mismo tronco una y otra, y otra vez, al pensar que las insurgencias se destruyen simplemente con fuerza bruta militar. Estas son guerras políticas que requieren de inteligencia y mucho cuidado sobre a quién se le dispara, y a quién se mata, ya que es vital el apoyo de la población civil. Para este tipo de guerra las peores armas son el avión y la artillería, que no discriminan entre sus víctimas.
El ejército de EU hizo un trabajo eficaz en tomarse Iraq; una guerra entre dos ejércitos formales...pero ahora es una insurgencia para la cual los soldados no tienen preparación. Parece imposible para ellos lograr seguridad y paz; ellos solo saben ejercer poder excesivo, que produce todo lo contrario a lo que se busca.
¿A qué viene toda esta historia?...a procurar educar a aquellos panameños que en busca de "seguridad" proponen la vuelta de fuerzas militares estadounidenses en nuestro territorio, principalmente para protegernos de la "amenaza de Darién". Lograríamos importar una insurgencia que no puede ser combatida con fuerza bruta militar -aun cuando esa fuerza sea la más poderosa del mundo.
Igualmente escribo esto para convencer a la presidenta, al director de la Policía y a los "países amigos" que los ayudan, que es un monstruoso error estratégico, táctico, militar y político el haber formado soldados cara-pintadas para atender el "problema de Darién". Las razones están en todo lo escrito por el militar Nagl y por un hecho panameñísimo, cual es que nuestro país aprobó en dos asambleas contrarias una reforma constitucional que indica claramente "Panamá no tendrá ejército". Nos declaramos unánimemente el segundo país desmilitarizado de América Latina. Este mandato de la Ley fundamental de la nación tiene que ser respetado por la Policía...y, sobre todo, por países que se dicen amigos.
Termino con la última frase del mayor John Nagl: "históricamente, nunca se ha logrado vencer una insurgencia con un ejército"...y, reitero yo, ni con militares cara-pintadas.
Toca a la sociedad presionar a gobiernos y candidatos a gobernantes para que cumplan con la Constitución y además con la seguridad nacional, volviendo a lo que por 40 años nos ha funcionado con eficacia. En inglés se dice "if it ain't broke don't fix it!"...sobre todo si el fix it además nos está creando al próximo Noriega, (y ¡vuelta al bendito tronco!).
El autor es presidente de la Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana
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