Panamá, 2 de febrero de 2004
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¿Costumbre de la violencia?

Aunque sea cierto que el hombre es un animal de costumbres, los panameños no podemos ser tan animales como para habituarnos a este modo vergonzoso de vida

Hernán A. De León Batista
nanchy@hotmail.com

En Panamá, la violencia es pan nuestro de cada día. Se siente en muchos lados. Se ha vuelto compañera de la vida. Nos hemos tenido que ir acostumbrando a ella, ya sea la violencia verbal, específicamente de los conductores, pasando por la violencia doméstica, hasta culminar en la violencia de las más graves como son los asesinatos y, por eso, hemos perdido la capacidad de escandalizarnos. En un mundo de muchos crímenes, uno más poco cuenta. Solo destacan los que son "fuera de serie"; ejemplo de ello, las mutilaciones del cuerpo humano, ya que los robos nos parecen normales e incluso la violencia autopersonal como es el suicidio.

Y aunque sea cierto que el hombre es un animal de costumbres, los panameños no podemos ser tan animales como para habituarnos a este modo vergonzoso de vida. La vida del panameño últimamente está rodeada de violencia. Primero, está en los medios de comunicación, a través de los cuales cada día nos enteramos de los crímenes espectaculares; a los comunes y corrientes ya nadie les presta atención. Pero todavía hay espacio para reportar infinidad de delitos.

Pero lo más insólito es observar muchos de estos delitos en los que los involucrados son parejas que recurren a la violencia para resolver un conflicto, sin tener el más mínimo grado de tolerancia. Es la ley de la selva: si no te quitas, yo te quito, y para siempre, que también se está volviendo costumbre. Como también es habitual ver en las calles de nuestras ciudades los saldos de la violencia: casas con bardas propias de fortalezas medievales, rejas carcelarias que protegen a nerviosos dependientes, infinidad de compañías privadas de seguridad, con sus respectivos agentes, situación esta que no sucedía en el Panamá de ayer. Este es el panorama costumbrista de la violencia en las urbes panameñas.

Lo peor de todo es que la violencia está cerca. Así es. Una cosa es verla por televisión o percibirla en la calle; otra es vivirla en carne propia, tal como tienen que hacer infinidad de ciudadanos en los barrios más humildes de nuestro país, tal como sucede en Curundú, San Joaquín, Tocumen, Veracruz, El Chorrillo, entre otros, donde hay fuertes bandas, muchas de ellas juveniles. Lo curioso es que la gente de esos lugares saben quiénes cometen los delitos, pero no se atreven a denunciarlos.

Las causas de la violencia en nuestro país son muchas y complejas. Es común hablar, por ejemplo, de la debilidad del Estado para proveer el bien público de la seguridad. Es cierto. Pero también debemos preguntarnos qué podemos hacer nosotros, los ciudadanos comunes y corrientes, para afrontar este flagelo. Me parece que un primer paso sería rehusarnos a la costumbre de la violencia. Combatir este terrible hábito cotidianamente. Dejar de encerrarnos en nuestros pequeñas fortificaciones y rescatar los espacios públicos que hemos entregado a los delincuentes. Levantar nuestra voz de insatisfacción por lo que está ocurriendo. Recuperar la capacidad de escandalizarnos por las fechorías, aunque no sean tan espectaculares. ¿Qué más nos tiene que pasar para reaccionar? ¿A qué más nos tenemos que acostumbrar para abrir los ojos y darnos cuenta de que la costumbre de la violencia nos está destruyendo lentamente?

El autor es abogado y docente

Además en opinión

. El código da Vinci: Xavier Sáez-Llorens
. ¿Costumbre de la violencia?: Hernán A. De León Batista
. A la Sala Penal: Roberto Arosemena Jaén
. Panameños del siglo XX en el siglo XXI: Eduardo Espino L.





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