Panamá, 11 de enero de 2004
 
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Dr. Jekyll and Mrs. Moscoso

En la práctica no pareciera haber una quinta papeleta sino una quinta candidata

Jorge Eduardo Ritter
jritter@cwpanama.net

La abierta participación de la presidenta Moscoso en la campaña política no encuentra paralelo histórico en Panamá, pero sí una referencia literaria en uno de los clásicos universales: El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson. La trama del cual es bien conocida: gracias a un pócima que él mismo inventó, el distinguido doctor Henry Jekyll se transforma de noche en el monstruoso asesino Edward Hyde, planteándose así la lucha entre ambas personalidades. Cualquiera sea la causa de su metamorfosis, a la presidenta le ocurre algo parecido: a veces es una mujer sencilla (parecida a la Mireya Moscoso elegida en 1999), que al tiempo que promete elecciones limpias guarda la sobria compostura que la majestad del cargo demanda; y a ratos es la dirigente partidista, agresiva y prepotente, que pregona sin ambages que habrá de imponerle la banda presidencial al candidato de su partido, y no se mide en la descalificación de sus adversarios.

No terminan allí las coincidencias. Jekyll se tomaba la pócima de noche, se convertía en Hyde, y a la mañana siguiente volvía a ser Jekyll. Algo así como la advertencia que nos hizo la señora Moscoso de que sería presidenta de 8:00 a 4.30, y de allí en adelante arnulfista (o sea, literalmente, Mr. Hyde). La presidenta, sin embargo, parece preferir este papel al engorro de gobernar, y desde el principio también incluyó en su transfiguración los fines de semana y fiestas de guardar. Es ella la que encabeza las caravanas, ella la que reparte las gorras, ella la que habla en los mítines. ¿Y su candidato? Bien, gracias. Así como Hyde no era del todo dueño de sus actos, la presidenta Moscoso no parece controlar los suyos cuando aparece como candidata en vez de presidenta. Es la única explicación que encuentro para un proceder tan desafortunado, que distorsiona por completo el panorama electoral, pues en la práctica pareciera haber no una quinta papeleta sino una quinta candidata, o en el peor de los casos cuatro: Martín, Endara, Martinelli y Mireya.

La tradición política había mantenido a los presidentes en ejercicio alejados de la militancia partidista. Sus preferencias eran conocidas, pero ellos guardaban cierta discreción para transmitirle al electorado la certeza de que el peso del gobierno no se iba a volcar a favor de un candidato. Y en los últimos años se habían extremado las precauciones, al punto que el Tribunal Electoral llegó a prohibir que en las oficinas públicas se exhibieran fotografías del entonces presidente Pérez Balladares durante el periodo en que se discutía la reforma constitucional para permitir la reelección inmediata. Ya se han roto todos los estándares: la presidenta no tiene problemas en entregar títulos de propiedad y repartir viviendas a las 4:00 y una hora más tarde pedir el voto para los candidatos de su partido. La disposición que les permite a los funcionarios participar en actividades políticas después de las horas laborables se ha convertido en una protección para que la presidenta y sus ministros utilicen la influencia gubernamental en la forma más descarada y grosera de que se tenga memoria.

Ese comportamiento amerita acciones drásticas por parte del Tribunal Electoral, pues la campaña comienza a parecer una reelección presidencial disfrazada: Pérez Balladares propuso una reforma constitucional para intentar la suya; a Endara, parece que se le ha aliviado la picazón de los pies y quiere también reelegirse transcurridos los 10 años que la Constitución dispone. Pero Mireya Moscoso, sin reformar la Constitución y sin esperar dos periodos, ha decidido reelegirse en la persona de su candidato, aunque viva opacándolo y a veces ignorándolo por completo. Allí es cuando el contraste entre la presidenta Moscoso y la arnulfista Mireya se hace tan grande como el que separaba al doctor Jekyll de las mañanas, del asesino Hyde de las noches.

En la novela, Jekyll no logra dominar a Hyde y termina suicidándose. Igual aquí: cada día resulta más evidente que la arnulfista Mireya se está imponiendo sobre la presidenta Moscoso. E inconscientemente se ha transformado en la asesina de la candidatura que ella misma impuso. No es de extrañar entonces que también termine suicidándose. Políticamente, por supuesto.

El autor es abogado y ex canciller de la República


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