Panamá, 11 de enero de 2004
 
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La tragedia del puente

En 1971, con sólo nueve años de funcionamiento, el Puente de Las Américasas fue el escenario de la mayor tragedia de tránsito ocurrida en el país

En 1971 el bus no. 20 de la ruta La Chorrera - Panamá rompió la barandilla de protección del Puente de Las Américas y cayó al vacío. 38 personas fallecieron.

Así se vio la escena del accidenet el lunes 24 de mayo de 1971.

Ana Teresa Benjamín
abenjami@prensa.com

Crítica. Martes 25 de mayo de 1971.

"37 muertos y 6 heridos en la más terrible tragedia automovilística"

Un total de 37 personas, incluso dos niños, murieron el lunes como resultado de un accidente de tránsito en el cual un bus de servicio de La Chorrera a Panamá se salió del Puente de las Américas y cayó más de 160 pies en el área de depósitos de petróleo de Balboa. El autobús estaba completamente lleno con 43 pasajeros. Seis están todavía en condición grave en el Hospital Gorgas.

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Cándida guarda recortes de periódico en donde se relata su historia. El hierro que sostiene le sirvió de "fémur" durante meses.
Fulvia Silva vestía su uniforme de escuela. Tenía los ojos muy abiertos. La ventana del autobús le había quedado de techo. Sentía pánico. Los hierros retorcidos casi le tocaban el rostro. "No había nadie; puros muertos", recuerda.

Quiso moverse, salir de ahí, pero su cuerpo no respondió. Oía voces de mujer -tres distintas- que gemían y lloraban. Un hombre pedía que lo sacaran. Los gritos se habían ahogado cuando esa especie de estallido retumbó en los oídos de Fulvia y todo se redujo a un par de voces dolientes.

Poco después comenzó a sentir fogaje sobre su cara. Alzó el brazo derecho para protegerse, pero el calor seguía quemándola. Más que dolor, sentía espanto. Y esa luz que expulsaba calentura le abrasaba ahora el brazo. Era acetileno.

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Crítica. Martes 25 de mayo de 1971.

Equipos de rescate de emergencia compuesto de bomberos, policías y ambulancias de la Zona del Canal y de las Fuerzas Armadas de EU llegaron al lugar del accidente y dieron los primeros auxilios a los que estaban vivos y colocaron los cuerpos de los muertos en vehículos que los transportaron a la Morgue del Hospital Gorgas.

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Esta es, aproximadamente, la altura desde la que cayó el bus 20 el lunes 24 de mayo de 1971.

Alberto Rodríguez amanecía ese día en su trabajo como celador de Café Durán. Estaba por terminar el turno y se disponía a encontrarse con su esposa, Cándida, para desayunar juntos. Era lunes 24 de mayo de 1971 y el reloj todavía no marcaba las siete.

"Comenzaron a decirme que el 20 se había ido del puente... Yo les dije que dejaran de bromear, que no se jugaba así con la vida de la gente", cuenta. Rodríguez continuó en su jornada y, otra vez, y otra más, llegaban personas a decirle que un bus de la ruta La Chorrera-Panamá se había caído del Puente de las Américas.

Ya frío de puro nervio, Rodríguez escuchó la noticia por la radio. Entonces supo que era cierto. Que el mismo bus que su esposa tomaba cada mañana para venir a trabajar a la fábrica de pastillas El Empalme Industrial había caído en los tanques de reserva de petróleo de Balboa.

Lleno de pavor, Alberto dejó el puesto. Tenía que llegar hasta la Zona del Canal.

Como en un avión

Corría el viernes 12 de octubre de 1962. La Estrella de Panamá costaba cinco centésimos y su techo del día era la inauguración del Puente de las Américas. "En ceremonia sin precedentes será inaugurado en la mañana de hoy el Puente de las Américas", decía el titular de dos pisos. Roberto Chiari era el presidente. Joseph Farland, por su parte, ocupaba la embajada de Estados Unidos en Panamá.

El ferry , que por tantos años había servido para cruzar a las gentes y la mercancía de un lado a otro del país, efectuaría su último viaje el domingo 14 de octubre, a las cuatro de la tarde.

Colpan Motors publicó un anuncio para la ocasión: " You'll be doubly thrilled if you drive across the new Panama Canal bridge in a 1963 Ford ". Realmente cautivador... Eso de atravesar el puente en un Falcon Fairlane de 1963. De sentir el viento sobre el rostro -muy a lo marketing - y disfrutar de lo que un periodista hace 41 años describió como "un panorama similar al que se ofrece cuando uno se eleva en un avión".

Los estadounidenses le habían puesto el nombre de Thatcher Ferry Bridge en honor a Maurice Thatcher, un antiguo trabajador de la Zona del Canal que, para 1962, inauguraría la obra apoyado en otros brazos. Maurice era ya muy viejo y sus cejas blancas, gruesas y desordenadas empequeñecían sus ojos. A la ceremonia asistieron los ex presidentes Tomás Gabriel Duque, Ernesto De La Guardia, y el mismísimo Arnulfo Arias.

A las 3:02 de la tarde, cuando se abrió el tránsito de vehículos por el puente recién inaugurado, la avenida "A" estaba totalmente congestionada. Todos querían atravesarlo. Todos querían ver cuán alto era. Todos quería sentirse como en un avión.

Fulvia y Cándida vivirían algo parecido nueve años después.

"El bus iba para donde quería"

En 1971, el bus 20 de la ruta La Chorrera - Panamá rompió la barandilla de protección del Puente de Las Américas y cayó al vacío. 38 personas murieron.
Eran las 5:30 de la madrugada del lunes, 24 de mayo de 1971, y Cándida no estaba del todo lista. Apenas había terminado de hacer la comida que dejaba lista para sus siete hijos y estaba vistiéndose.

El bocinazo del bus número 20, conducido por Florentino Ramos Gutiérrez, le activó la adrenalina. Rápidamente tomó su cartera, abrió la puerta y la cerró, con una peinilla en la mano. Entró al bus arreglándose los cabellos y se sentó donde siempre, en el primer asiento a mano izquierda, detrás del conductor. Se sentaba en medio de Luis De Hoyos -a la derecha- y de Tomás Martínez -a la izquierda- que trabajaba en la Plomería Wright.

El bus número 20 entraba todos los días a la barriada San Antonio de La Chorrera, luego de que los residentes conversaran con los encargados de la piquera para solicitar el servicio expreso de transporte para las 43 personas que madrugaban para ir a trabajar a la ciudad de Panamá.

Florentino "Lucho" Ramos era el chofer del 20. Le tomaba unos 10 minutos recorrer la barriada que, para ese entonces, llevaba apenas un año de construida, y poco después de las seis de la mañana estaba ya atravesando el puente.

Fulvia tenía 17 años y estudiaba en la Escuela Profesional Isabel Herrera de Obaldía. Se sentó en el penúltimo puesto de la derecha, el de a dos. Todo iba como de rutina cuando, ya en el puente, dos autobuses de la misma ruta alcanzaron al 20 y quisieron sobrepasarlo.

"Todos los días hacían regatas cuando cogían la recta del puente", relata Cándida. "Los pasajeros se ponían a hacer como si fuera una carrera de caballos", añade, agitando las manos como para demostrar el movimiento.

Lucho vio venir a los buses haciendo regata por el retrovisor. El bus inmediatamente atrás del 20 asomó la nariz al otro paño y decidió sobrepasarlo. Lucho decidió entonces retirar el pie del acelerador para dar espacio a su colega. Luego, el bus de más atrás quiso hacer lo mismo, pero con la intención de sobrepasar a los dos autobuses y quedar en primer lugar. No pudo completar la maniobra. Un automóvil se asomó de imprevisto circulando por el paño contrario y el chofer del segundo bus giró el timón hacia la derecha buscando no chocar de frente, y se metió en el espacio que era del 20. Fue aquí donde Florentino perdió el control.

"El bus comenzó a zigzaguear; cogía para donde quería", cuenta Fulvia, una mujer trigueña de cabello negro y lacio, que supera ya los 40 años de edad.

Su primer impulso fue levantarse del puesto, dispuesta a lanzarse del bus. Lucho estaba allá adelante, intentando controlar el timón de ese armatoste de hierros con la mano izquierda, mientras que con la derecha sujetaba la palanca que mantenía cerrada la puerta.

Lucho comenzó a gritar, a decirle a los pasajeros que no lo hicieran, que no saltaran, "porque como no sabíamos tirarnos nos íbamos a matar". Fulvia, impotente, regresó a su puesto y se sujetó de la agarradera del asiento anterior.

"La barandilla la desprendió. Todo el mundo cogió para adelante para preguntarle a Lucho qué hacíamos... pero qué iba a hacer Lucho, si ya estaba todo golpeado", recuerda Cándida, con los ojos hechos unos pocitos, en el portal de su casa en la barriada San Antonio de La Chorrera.

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Semanario Policía. Año 1987. Testimonio de Delia Adames, una de las cinco sobrevivientes.

"El bus no fue al vacío inmediatamente, sino que quedó por breves momentos montado sobre el borde del puente. Yo, que iba en la tercera silla detrás del conductor, pude pararme y caminar hasta adelante y vi el vacío de abajo y me dio mucho miedo, porque también recuerdo al conductor con los vidrios del parabrisa sobre su cuerpo y creo que ya estaba muerto".

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Los 43 pasajeros quisieron salir por la puerta de adelante. A ninguno se le ocurrió utilizar la puerta de emergencia que estaba en la parte posterior del transporte durante esos segundos que el bus quedó tambaleándose.

"Yo nada más me la pasé gritando; después, ya no pude recordar más nada", dice Cándida.

Cuando Alberto, el esposo de Cándida, llegó a la zona del accidente, comenzó a mirar los rostros de algunos de los 38 que perecieron instantáneamente ese día. Vio a Martín, a Wilfred y a Fidelina; a Erlinda y a Ramiro; a Luis, el niño de 12 años, a Cristina y a Eloísa; a Rigoberta y César... y así a varios otros. Todos eran vecinos. De pronto se topó con un zapato. "Ese zapato es de mi mujer", dijo a las autoridades. Pero a Cándida se la habían llevado al hospital, inconsciente, con una enorme barriga que los médicos confundieron con un embarazo a término.

"Se me había roto el bazo y la barriga se me había llenado de sangre", explica Cándida. Del accidente, a Cándida -quien apareció inicialmente en la lista de muertos- le quedó una cicatriz que recorre su estómago y vientre, y otra que se dibuja, ya brillante, a todo lo largo de su muslo izquierdo.

Fulvia, por su parte, cayó los 160 pies con los ojos bien abiertos. Una altura equivalente a un edificio de 16 pisos. "Yo quedé como sorda. Quedamos como una cajetita deforme", cuenta. Cuando llegó al Hospital Gorgas, los médicos no dejaban de examinarla. Les parecía inaudita su lucidez.

¿Cómo te llamas?

Fulvia Silva.

¿Cuántos años tienes?

Diecisiete.

¿Sabes dónde estás?

En el hospital.

¿Qué desayunaste hoy?

Crema de avena, pan y mortadela.

Fulvia sufrió fracturas en la columna y quedó paralítica. En los siete meses que estuvo en el hospital, no había día en que no llegara algún periodista para preguntarle cómo es que el bus número 20 se había caído del Puente de las Américas. 32 años después, las preguntas continúan. "No sé por qué tenía que ser yo actriz de esa película", dice ahora, entre sonrisas.


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