¿Llorar después de 40 años?
El 9 de enero no es para llorar a quienes no están, sino para recordarlos, honrarlos y construir con el testimonio de su verdad un Estado con mayor dignidad
Eladio Ostia Pravia
eostiapravia@yahoo.com
Hace 40 años, unos jóvenes, valerosos y patriotas entusiastas, se aproximaron a donde les estuvo prohibido con el propósito inocente de tan solo izar una bandera, para unos un pedazo de tela, para ellos la reivindicación de un derecho que siempre nos asistió. En tan noble empresa muchos murieron, otros fueron heridos en los cuerpos y otros en sus almas.
El evento descrito tuvo trascendental importancia en la política exterior panameña y fue tema de caldeados debates entre muchos países, que por vivir circunstancias análogas, o por simple sentido de justicia, nos brindaron su apoyo. Seguramente, sin la valerosa actuación de quienes hoy ya no están, el 7 de septiembre de 1977 habría sido un día ordinario en la política exterior de nuestro país y no habríamos conocido el 31 de diciembre de 1999 que tuvimos hace ya mil 470 días.
Quienes caminaron, saltaron vallas, treparon cercas y alojaron balas en sus cuerpos, no deseaban gloria ni entierros con honores militares ni riqueza por sus acciones, solo hacían lo que creían correcto a fin de ver mejores días en un país libre y con beneficios para todos; hacían lo que consideraban conveniente para reivindicar los derechos nacionales ante quienes ellos consideraron forasteros; ellos solo fueron patriotas.
La conmemoración del 9 de enero no tiene por objeto agitar las pasiones ni revivir viejos resentimientos, sino reconocer el aporte que otros hicieron por lograr que nuestro país materializara una de sus tantas metas. Conmemorar esta fecha debe tener por objeto la evocación del valor de aquellos que estuvieron dispuestos -y de hecho lo hicieron- a enfrentar los intereses foráneos a fin de lograr días más justos, sin olvidar que algunas veces los intereses personalísimos locales también perjudican a la patria y tornan los días injustos.
Hoy, 40 años después de que esos estudiantes materializaran el máximo sacrificio que una persona puede hacer por su patria, hay quienes con sus actos irrespetan e imposibilitan la plena concreción del ideal de hace 40 años, un Estado efectivamente libre y accesible para todos, en igualdad de condiciones, y es sobre ellos que debe caer la más enérgica censura por parte de un pueblo noble que por tolerancia e inocencia no hallado el momento ni ha sabido imprimirles el más ejemplar de los castigos.
Es a esos malos panameños a quienes se dirige esta reflexión, para que en memoria de aquellos que sin esperar nada a cambio se sacrificaron, se solidaricen con el ideal de una patria íntegra y contribuyan a hacerla realidad, porque un día como el 9 de enero no es para llorar a quienes no están, sino para recordarlos, honrarlos y construir con el testimonio de su verdad un Estado con mayor dignidad.
El autor es estudiante de derecho
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