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Estallido de la democracia cruda: ¿hay algo malo en eso?

Si la democracia se define simplemente como un ejercicio de voluntad popular, el poder del pueblo de hecho pudiera denominarse como su forma más pura

Seth Mydans

TBILISI, Georgia. -"Democracia pura" es el término que algunas personas están usando para referirse a muchedumbres reunidas, pacíficas, de indignados ciudadanos que se levantan, con vítores y cánticos y una valentía extasiante, para obligar a un líder abusivo a bajar de su percha de poder.

Ocurrió en las Filipinas en 1986 con la expulsión de Ferdinand E. Marcos, cuando se ganó el mote de poder popular. Ha sucedido en repetidas ocasiones desde entonces, notablemente en Serbia cuando un movimiento de las masas obligó a Slobodan Milosevic a salir del poder, en el 2000.

Hace seis semanas ocurrió en Georgia, con la expulsión, inesperadamente acelerada, de Eduard A. Shevardnadze de la Presidencia, impulsada por la furia popular a causa de unas elecciones parlamentarias que, estaba convencido el pueblo, él les había robado.

Para aquellos que creen en la justicia, en la voluntad del pueblo, en el triunfo del bien sobre el mal, no hay un momento político más inspirador que el ocurrido cerca de la medianoche del 24 de noviembre, cuando Shevardnadze se desplomó y las calles de Tbilisi se llenaron de vivas y juegos pirotécnicos, y abrazos y lágrimas de alegría.

"`Ya siento algo similar a una nostalgia por esos tiempos, dijo Tiko Ninua, de 21 años de edad, estudiante en la localidad. "Fue difícil pararse ahí todos los días, bajo la lluvia. Sin embargo, de alguna forma prevalecía un sentimiento maravilloso de que nosotros estábamos juntos y estábamos haciendo algo por nuestro país".

Sin embargo, las revueltas populares como esa pueden crear nuevos problemas por cuenta propia. Romper las normas es una situación riesgosa, incluso en nombre de la mejor de las causas. Los precedentes son poderosos, como Filipinas ha descubierto desde entonces, y puede ser tentador romper las reglas cuando el proceso democrático se va a pique.

Al igual que en las Filipinas, una élite desposeída pudiera devolver el ataque para aferrarse a la influencia y la riqueza. La opinión pública, sintiéndose autorizada, pudiera buscar repetir su participación con miras a prevalecer sobre el gobierno. El ejército, que tiene la última palabra en cualquier cambio democrático en el poder, se torna más peligroso.

El día final de la insurrección en Georgia, comandantes militares optaron por no desplazar protección a las calles de la capital. Cuando manifestantes desarmados atacaron el edificio del Parlamento, persiguiendo a Shevardnadze hasta la puerta posterior, pasaron sin oposición a través de filas de maleantes organizados, fuerzas del Ministerio del Interior con escudos unidos, tropas de seguridad del Estado y la escolta de seguridad del presidente.

En las Filipinas, el ejército desempeñó un papel comparable para expulsar a Marcos del cargo, y el país ha estado inquieto desde entonces, sometido a persistentes amenazas golpistas, rumores e intentonas de golpes de Estado. El nuevo presidente de Georgia, Mijáil Saakashvili, de igual forma, estará en deuda con las fuerzas armadas.

Asimismo, se ha presentado un "poder popular 2" y un "poder popular 3" en las Filipinas, ambos en el 2001. Uno de estos obligó a salir al impopular presidente, aunque elegido por medios democráticos, Joseph Estrada, luego de que un proceso de impugnación del Senado no logró removerlo.

El sistema democrático le había retirado el apoyo, dijeron los filipinos, y necesitaban corregir el rumbo. Una vez más, fueron los generales quienes tuvieron la última palabra, y la sucesora de Estrada, Gloria Macapagal Arroyo, ha sido perseguida tenazmente por un inquieto ejército y por iracundos partidarios de Estrada.

"Aquí hemos tenido problemas de legitimidad desde la Edsa 1", dijo un politólogo, Alex Magno, en una conversación telefónica desde Manila, usando el nombre local para referirse al levantamiento de 1986. "Cada grupo cree que puede hablar por el pueblo, montando un motín o creando un disturbio en el palacio".

Si la democracia se define simplemente como un ejercicio de voluntad popular, el poder del pueblo de hecho pudiera denominarse como su forma más pura, como esos programas de concursos por televisión en los cuales se decide quién será el ganador a través de un medidor que registra el volumen de los aplausos.

También podría llamarse -como han hecho los que están del lado perdedor- el mandato de las masas o anarquía o golpe de Estado. A veces, esos líderes sitiados han sido considerados capaces de restaurar el orden con una masacre, como hicieron en Myanmar, la ex Birmania, en 1988 ó en la Plaza de Tienanmén, en Beijing, al año siguiente.

Una de las respuestas es que, si eso es un golpe de Estado, es un contragolpe, un último recurso después de que un líder ha privado de sus derechos al pueblo al reprimir sus libertades, silenciando sus voces y robando sus votos, como hizo Shevardnadze.

Empero, el volumen puede ser una cuestión engañosa. Las manifestaciones diarias que provocaron la caída de Shevardnadze después de apenas tres semanas, estaban compuestas generalmente por mil personas o menos. Nunca llegaron a ser más de 35 mil personas en esta nación con cerca de 5 millones de habitantes.

Saakashvili fue elegido este domingo, por ejemplo, cuando más de 1.5 millón de electores depositaron votos en su favor, y él elogió ese resultado como prueba de "la elevadísima unidad del pueblo georgiano" -algo que solamente se podría haber adivinado sin una votación formal.

Pudiera no haber sido un proceso constitucional que lo llevó al poder, pero había una estrategia realista, organización y trabajo duro detrás de las multitudes de personas que entonaban cánticos en las calles.

"Desconozco si se trata de una nueva ciencia política, pero sí sé que hay varias lecciones, surgidas de diversos casos, con respecto a qué funciona y qué no", dijo Sarah E. Mendelson, destacada integrante del programa en Rusia y Eurasia del Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales, en Washington.

En Georgia, dijo, "el pueblo tenía sondeos de opinión, tenía información, siguió un enfoque disciplinado para efectuar la observación electoral, obtuvo los resultados y se apegó a una receta que ha sido empleada en otros lugares".

Mendelson ha destilado los ingredientes de una exitosa insurrección popular: el entrenamiento, los fondos y el respaldo internacional de grupos opositores; la formación de una coalición unida con un claro mensaje; acceso a alguna forma de medios masivos de comunicación; la producción de un acelerado conteo paralelo de sufragios; y, al final del juego, la contención de las fuerzas de seguridad del gobierno.

Desde esta cercana perspectiva el proceso democrático involucrado fue algo más que puro. La misma creatividad y energía serán necesarias ahora para enfrentar los problemas especiales que generó.

The New York Times News Service

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