Panamá, 9 de enero de 2004
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Nuestra vocación nacionalista

Panamá necesita hoy más que nunca del vigor y entusiasmo de su juventud. Por eso la juventud de nuestros días no debe vivir bajo la presión de los hechos consumados

Paulino Romero C.

Me veo precisado a repetir (como maestro de ciudadanos) algo que ya he formulado otras veces: nuestra vocación nacionalista se alimenta de una fe inconmovible en nuestro pueblo, de una total adhesión a su causa, de una absoluta confianza en su capacidad para ser el verdadero artífice del destino nacional. Tal es la razón de que sienta como uno de los imperativos panameños de hoy y de siempre la defensa de la libertad, la democracia y la moral, porque ellas representan el instrumento para que su voluntad pese de manera efectiva en la existencia de Panamá como nación.

Y esta existencia será auténtica en su resonancia más profunda, en la medida en que aquella voluntad no sea sofocada y pueda expresarse por los medios institucionales de que dispone, es decir, el ejercicio del sufragio y la libertad de opinión y de prensa. Tal es la explicación, asimismo, del interés que debe concederse a la educación de nuestro pueblo para el disfrute de sus derechos y el cumplimiento de sus deberes.

El nacionalismo debe ser una fuerza actuante y no una mera aspiración, debe ser algo efectivo y no una entelequia, debe ser una realidad tangible y no un esquema abstracto que se llena con palabras y buenas intenciones, pero en el que faltan los hechos cumplidos y los actos palpables. Panamá, pese al desgobierno que padecemos desde 1999 a la fecha, es la tierra de realizaciones que parecen milagrosas, aunque no sea tierra de milagros.

Todo Panamá, luego de pasar la pesadilla de este desgobierno mireyista, apunta a resolverse en una síntesis armoniosa. Los equívocos, las discordancias, las antinomias, los actos de corrupción generalizados, la deshonestidad, la codicia y la incapacidad en el ejercicio del poder público y las paradojas que han venido asignando su realizarse en la historia republicana centenaria, tienden a aclararse en esta etapa de reorganización definitiva en que estamos empeñados ahora los buenos panameños. En lo que se refiere al orden institucional, vamos decididamente hacia el rescate y afirmación moral de la República.

Panamá, hemos dicho, no es tierra de milagros. No lo fue durante las empresas de la conquista y la colonización; no lo fue luego en su larga lucha por la emancipación e independencia hasta constituirse en un Estado libre y soberano; ni en un cuarto de siglo del drama de su organización política; tampoco lo fue más de 70 años de lucha cívica, diplomática -y hasta sangrienta- por la recuperación de su Canal interoceánico, lo cual logró finalmente mediante los Tratados Torrijos-Carter; no lo es ahora ni lo será en lo venidero. Panamá es la tierra del hacer, del construir con inteligencia, del encuentro bolivariano, de la lucha y la creación constantes.

La juventud panameña, que ha escrito páginas gloriosas en sus luchas nacionalistas, con su sano ardor y su sana rebeldía, con su pasión generosa, debe tomar (mejor dicho, está tomando ya) un puesto decisivo en el quehacer panameño. El 9 de enero de 1964, por ejemplo (hace hoy justamente 40 años de aquella manifestación patriótica y nacionalista), es el testimonio más grandioso, glorioso y digno en la larga lucha del pueblo por la defensa de la soberanía y de la nacionalidad panameña.

Panamá necesita hoy más que nunca del vigor y entusiasmo de su juventud. Por eso la juventud de nuestros días no debe vivir bajo la presión de los hechos consumados. Esos son los hechos de la fatalidad, en tanto que los hechos por cumplirse son los de la inteligencia, y estos han de ser los que interesen a la gente joven. Pero esto envuelve una gran responsabilidad, un concreto y grave deber: el de que las nuevas generaciones se capaciten, se formen integralmente en un sistema educativo nacional bien planificado y mejor servido para la función a que las convoca la historia en defensa de los próximos 100 años de República.

Presidenta Moscoso (lo que no se ha dado en su desgobierno), recuérdelo ahora y siempre: ¡los panameños queremos que en Panamá habite la inteligencia y reine la justicia!

El autor es pedagogo, escritor y diplomático

Además en opinión

. PARLACEN: sello público de ladrones: I. Roberto Eisenmann, Jr.
. Nuestra vocación nacionalista: Paulino Romero C.
. Héroes olvidados del IN del 9 de enero: Honorio Bernal R.
. Justicia o intenciones subliminales: Anel González





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