Panamá, 14 de diciembre de 2003
 
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Acusaciones y pasteles

Hoy sé que Endara es precisamente lo que necesitaba Panamá para suavizar el tránsito a la democracia

Guillermo Sánchez Borbón

El domingo pasado el país entero escuchó, con una mezcla de estupor y fascinación, las gravísimas acusaciones que, desde el programa semanal de Luz María Noli, le formuló el contralor a Pérez Balladares. Aquel desfile de cheques, slips, documentos, fechas, etc. que respaldaban sus cargos, era abrumador. Es algo que no tiene precedentes en Panamá. Los ataques que hemos sufrido con anterioridad no pasaban de insultos y generalidades retóricas, que arrancaban en los tele y radioescuchas, bostezos de aburrimiento. Lo del domingo pasado fue otra cosa, algo que los panameños hemos visto y oído por primera vez en nuestras vidas.

Todos los que creemos en la presunción de inocencia debemos esperar los descargos que hará Pérez Balladares el próximo domingo, antes de emitir un juicio definitivo.

Si él me lo permite, le daré al ex presidente un consejo muy saludable. Limítese a refutar los cargos concretos y precisos que le formuló Alvin Weeden con razones, y con documentos que obren en su poder. No rebaje el debate al nivel de una colérica puja de insultos y amenazas huecas.

Esperemos, pues, con paciencia, el próximo programa de Luz María Noli.

**** De pronto se ha dado vuelta la tortilla en todas partes. Además del caso Alemán, de Nicaragua, está el de la República Dominicana, donde un ex presidente purga en la cárcel, desde hace años, las libertades que se tomó con los fondos públicos de su país. Y recordemos que Suiza, antaño paraíso de malversadores, devolvió al Gobierno de Perú los 50 millones que tenía, en una cuenta cifrada, el tenebroso Montesinos.

Si los estafadores y ladrones públicos ya no pueden confiar ni en Suiza, quiere decir que ha llegado el momento de mudarse a otro planeta.

****Eso de que en Panamá no se ganan ni se pierden reputaciones, no es cierto. La presidenta impuso a los santeños –desoyendo todas las advertencias y consejos– el orador oficial del 10 de noviembre. Personas de La Villa me contaron que en cuanto comenzó a hablar, se fueron retirando todos los asistentes al acto, hasta dejar solo al orador dialogando con la simulacrum de Rufina Alfaro, a quien parecía no agradarle la compañía, ni el monólogo, a juzgar por la mueca de repugnancia que le desfiguró el rostro y por el silencio de bronce que guardó frente a aquellas agresiones verbales.

****Con el sentido de la oportunidad que lo caracteriza, Guillermo Cochez la emprende contra Endara, basándose en un viejo libro de crónicas de Andrés Oppenheimer. Cita a su “ gran amigo” [de Cochez] Mario Rognoni, quien suministró a Andrés su información sobre los juegos electrónicos (en esas fechas, Rognoni se moría de nostalgia por Noriega).

Para rematar (porque Cochez es incapaz de ocuparse en cosas importantes y de generalizar. En cambio, lo apasionan las minucias y trivialidades), se tira a fondo con su argumento político de mayor peso: nos revela, horrorizado, que Endara dejó sus habitaciones en el Palacio de las Garzas llenas de manchones de grasa. Y que en su escritorio el toro halló un sobre de seguridad sin abrir (esto lo único que demuestra es que Endara no tiene alma de sapo).

Yo también jugué a ese juego. En la columna diaria que entonces servía en La Prensa, el lector curioso podrá encontrar numerosas bromas sobre el nintendo de Endara. Y en una conversación con una periodista salvadoreña de televisión, le dije que para enfrentar el momento tan dramático que estábamos viviendo, necesitábamos un Churchill, pero que la malaventura nos deparó a Pichulo.

Hoy sé que Endara es precisamente lo que necesitaba Panamá para suavizar el tránsito a la democracia. Asumió el poder en un país (arruinado física, moral y económicamente) crispado, calmó los ánimos y evitó las persecuciones políticas y la cacería de brujas que, de no haber sido por él, sin duda se hubiera desatado. Y, contrariamente a sus dos sucesores, trató de nombrar una Corte Suprema apolítica. En las circunstancias era inevitable equivocarse, y efectivamente en un par de casos se equivocó. Respetó escrupulosamente la separación de poderes, al extremo de gobernar con una Asamblea en contra. Y jamás trató de influir en ningún magistrado de la Corte, ni de comprar a ningún legislador. Puso orden en el caos hacendario que heredó de la dictadura, no pidió un centésimo de préstamo al exterior y cumplió su dos grandes promesas: no negociar bases (no tengo nada que discutir con el Gobierno de Estados Unidos: que cumpla al pie de la letra los tratados Torrijos-Carter, ni tocar el Código de Trabajo). Y presidió unas elecciones impecables.

¿Qué importancia tienen frente a todas estas realizaciones las manchas de pastel de manzana o de torta de maracuyá, que su sucesor mostraba victoriosamente a todos sus visitantes? En uno de los evangelios Jesús dice que hay quienes cuelan el mosquito, y se tragan el camello. ¿Qué relevancia tienen las benditas tortas de Endara comparadas con los dos tortones descomunales que nos dejaron en herencia los presidentes que vinieron después de él? Cochez –aficionado a lo diminuto– optó por colar el mosquito y tragarse el camello.


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